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Chapter 3

Encuentro con Adrián

Capítulo 3 Encuentro con Adrián

El aire en el vestíbulo se tornó denso, casi electrificado, como si las paredes mismas contuvieran la respiración. Valeria sintió cómo el corazón le golpeaba con violencia contra el pecho, cada latido un martillo que retumbaba en sus oídos.

Adrián avanzó un paso, apenas suficiente para acortar la distancia entre ellos, pero fue como si el espacio se comprimiera hasta hacerla sentir atrapada en una jaula invisible. Sus ojos —oscuros, profundos y calculadores— la atravesaron, despojándola de todas las defensas que había construido con tanto esfuerzo.

«Tengo que mantener la calma», se dijo una y otra vez, mientras la punta de sus dedos se crispaba contra el borde de la mesa de mármol. La superficie helada contrastaba con el calor que subía por su cuello, extendiéndose como una ola que amenazaba con arrastrarla.

—No esperaba verte tan pronto —musitó Adrián, su voz baja, con ese tono velado de burla que no alcanzaba a decidir si era cruel o simplemente inquietante.

Valeria no respondió de inmediato, midiendo cada palabra que debía salir de su boca. Sabía que en aquella habitación no había lugar para el error o la indecisión.

—No vine por coincidencia —contestó con firmeza—. Sabes bien que los Mendoza nunca huyen cuando la verdad los alcanza.

En ese instante, una ráfaga de viento deslizó una hoja seca a través de la puerta entreabierta, su crujido resonó como un susurro cercano, robando de sus labios un estremecimiento imperceptible. Adrián percibió la reacción y esbozó una sonrisa sutil, esa sonrisa que podía iluminar un salón o anunciar una tormenta.

—Las verdades, Valeria, son como las máscaras en un baile. Solo cambian de lugar, nunca desaparecen.

Ella apretó la mandíbula. Cada palabra de Adrián era un filo que intentaba penetrar su armadura. No podía permitir que lo lograra: aquel encuentro no era solo un choque de egos, sino la contienda de mundos opuestos, de pasados enterrados y futuros en jaque.

—¿Qué quieres entonces? —lanzó la pregunta con el deliberado filo de quien se protege tras un muro invisible.

La sonrisa de Adrián se amplió, como si disfrutara ese juego de nervios.

—Quiero saber qué estás dispuesta a sacrificar para salvar ese secreto… ese juramento que te ata sin posibilidad de escape.

Un silencio pesado cortó el aire, y las sombras en las esquinas de la habitación parecían acercarse, cómplices de aquel oscuro duelo.

Valeria sintió un nudo encerrándose en su garganta. No podía soltar nada, ni una pista. Su familia y su nombre pendían de ese hilo tenue, frágil.

De repente, la luz osciló, y un destello de su rostro fue arrancado por la penumbra. Adrián la observó como quien examina una obra de arte inquietante.

—Sé que el pasado no te deja dormir —dijo por fin, con voz suave que escondía una amenaza—. Pero quizá es momento de despertar, Valeria. El mundo no espera a quienes llevan cadenas invisibles.

Ella respiró profundo, intentando anclar cada fibra de su ser a ese momento, a esa realidad.

—No me subestimes —advirtió—. No caeré. Nunca.

En ese intercambio, el tiempo pareció detenerse. Pero un sonido inesperado sacudió la quietud: el eco de un teléfono vibrando desde el bolsillo de Adrián.

Él sacó el dispositivo con parsimonia, sus dedos rozando la pantalla antes de mirarla con una expresión impenetrable.

—Tienes algo más importante que tu juramento esta noche —murmuró, dejando ver sólo un ápice de inquietud en sus ojos.

Valeria quiso indagar, lanzarle ese interrogante directo y punzante, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, Adrián guardó el teléfono y se dispuso a retirarse.

Su última mirada fue un desafío transparente, una promesa oscura.

—Cuidaré mis secretos tanto como tú los tuyos —dijo, y salió sin mirar atrás.

El silencio regresó, pero en la piel de Valeria ardía el fuego de la intriga y la sospecha. ¿Qué ocultaba Adrián detrás de esa sonrisa carismática y fría?

Y mientras la puerta se cerraba con un golpe sordo, supo que aquel encuentro era apenas el primer acto de un juego que ninguna de las dos partes podría permitirse perder.