Chapter 16
Capítulo 16: Juego de Poder
El eco de aquella pregunta no pronunciada flotaba denso en el aire, como un veneno aéreo que Valeria inhalaba a cada instante. Sus ojos, húmedos y desencajados, se negaban a apartarse del rostro de Adrián Santoro. Él permanecía inmóvil, con esa sonrisa fría y satisfecha que parecía pintada con la precisión de un puñal invisible.
La habitación, bañada en sombras, olía a madera antigua y a tabaco rancio. La única fuente de luz era la lámpara de araña, que pendía del techo con sus cristales luminosos temblando al menor movimiento. Un silencio pesado saturaba el ambiente, roto únicamente por el tic tac implacable del reloj de pared.
Valeria sintió cómo la garganta se le apretaba. De repente una ráfaga de frío la recorrió, desde la punta de los dedos hasta el fondo del pecho. No era solo la traición, era la caída. El abismo del que su alma ya había empezado a resbalar.
—¿Así que me viste venir? —la voz de Adrián era un susurro cortante—. Siempre pensé que quien juega con fuego termina quemándose, pero nunca imaginé que tú serías la primera en prender la mecha.
Ella no contestó, porque sabía que cualquier palabra podría ser un arma de doble filo. En vez de eso, apretó los puños debajo de la mesa de caoba, el nudo en sus manos temblando apenas perceptiblemente.
Algo en el aire cambió. Esa tensión eléctrica que se acumula como presión antes de la tormenta.
Adrián se levantó con una calma calculada. Sus pasos resonaron sobre el suelo de mármol, cada golpe un latido asesino que prometía el próximo movimiento del tablero invisible.
—Las piezas están en juego, Valeria —dijo, y sus ojos eran dos carbones desnudos—. La ciudad no olvidará quién tiene el control. Ni siquiera tú, con tu santo juramento, podrás detener lo que viene.
Ella se incorporó también, firme, sintiendo que ese encuentro era más que un duelo personal. Era la guerra larvada que ambas familias mantenían en silencio, una batalla de estrategias y traiciones que se extendía como la sombra venenosa de un rey muerto.
—Somos más que sombras, Adrián —replicó Valeria, sin temblar—. Somos recuerdos y juramentos. Y mientras respire, tu dominio no triunfará.
Un brillo inesperado cruzó la expresión de Santoro. Tal vez respeto. O quizás reconocimiento ante la determinación férrea que alumbraba el rostro de aquella mujer que se alzaba sin rendirse.
En ese instante, un sonido sutil, casi imperceptible, interrumpió la escena. Un leve crujido detrás de la puerta, un paso contenidamente apresurado. Los dos se miraron con precisión quirúrgica y sin apartar la mirada, un guardia apareció en el umbral.
—Señor Santoro, tenemos una llamada urgente —informó con voz queda.
Adrián asintió sin perder la compostura, pero la sombra de la inquietud amagó en sus ojos.
—Muy bien. Díganle que lo espero en mi despacho.
Cuando el guardia cerró la puerta tras de sí, Valeria no pudo evitar preguntar en voz baja, pero suficiente para resonar entre ellos:
—¿Qué esconde esta ciudad bajo su piel?
Santoro soltó una risa amarga, esa risa de quien conoce secretos demasiado oscuros para ser pronunciados.
—Una red de pactos invisibles. De sangre derramada en silencio. Y ahora, un movimiento que podría cambiarlo todo.
Se acercó hasta la ventana. Afuera, la ciudad vibraba en luces doradas y sombras inquietantes, como un tablero de ajedrez interminable.
—No te lo diré —concluyó mientras extendía la mano para apartar una cortina—. Porque el poder no se regala. Se toma. Y yo voy a tomarlo por completo.
Valeria comprendió entonces que no había marcha atrás. El juego de poder estaba en marcha, con reglas marcadas por la traición y la ambición.
Cuando el teléfono sonó de nuevo, el aire se enrareció. Silencios dolorosos llenaron la habitación.
Y la pregunta que consumía sus mentes era la misma, aunque callada:
¿Qué jugada maestra decidirá el destino de todos?
El cristal de la ventana tembló ligeramente con un golpe seco contra el lado exterior —el primer aviso de lo que estaba por venir.
El juego había empezado de verdad.