Chapter 14
Capítulo 14 Fragmentos de Confianza
El eco de aquella mirada quemaba en el aire, suspendido como un fantasma imposible de ahuyentar. Valeria cerró los ojos un segundo, convulsiva, como si el peso invisible de la traición le estrujara el pecho. La casa permanecía en un silencio agudo, roto solo por el retumbar de su propio corazón, que martillaba con una urgencia nauseabunda.
Abrió los ojos. En el pasillo, las sombras se alargaban y retorcían, jugando con la tenue luz amarillenta que caía desde el candelabro antiguo. El olor a madera húmeda y a cera quemada le agarró la garganta, recordándole la fragilidad del hogar que juró proteger. Su respiración comenzó a acelerarse, recordándole que cada segundo sin respuestas la hacía más vulnerable.
—¿Quién podía ser? —murmuró para sí misma, una pregunta afilada como un puñal.
Cada nombre en su familia resonaba con ecos distintos de promesas, secretos y cicatrices. No había espacio para la duda, porque esa duda podía ser su sentencia de muerte.
La puerta del despacho se cerró de golpe abajo, un golpe seco que la hizo sobresaltar. Valeria contuvo el aliento, el instinto le ordenaba esconderse, pero su cuerpo se plantó firme, decidido a enfrentar lo que viniera.
Poco a poco, sus pasos la llevaron hasta el salón barroco donde las sombras parecían acumularse como nubes negras. Allí, frente a la chimenea apagada, apareció Tomás, su primo y la persona más inesperada en ese momento. Su rostro era una máscara casi impenetrable, pero sus ojos destellaban con una urgencia encubierta.
—Valeria —dijo con voz baja, casi quebrada—, las cosas están fuera de control.
Ella lo miró sin parpadear, buscando señales entre sus gestos, la verdad escondida tras esa confesión silenciosa. Tomás se acercó, demasiado cerca para ser casual, lo que emitía un mensaje claro: necesitaban hablar, y rápido.
—Todo esto —él agitó las manos con frustración—, este juego macabro que Adrián ha iniciado, no solo amenaza nuestra familia, destruye todo lo que hemos construido.
Valeria tragó saliva, sus dedos temblaban ligeramente. La última vez que confió en Tomás, las piezas cayeron en su contra. La advertencia estaba escrita en cada línea dura de su expresión: ya no podían permitirse errores.
—¿Y tú? —preguntó con voz áspera—, ¿estás de mi lado o eres parte del problema?
Tomás apretó la mandíbula, sus ojos bajaron un instante, aunque luego se levantaron con decisión —Me convenció que buscaba el poder para sí, pero no es así. Quiere eliminar a cualquiera que no nos apoye, pero yo quiero salvar esto, a nuestra gente.
Ese “nosotros” dolía y a la vez calmaba, como un hilo fino tendido sobre un abismo infinito. Fue un instante delicado y peligroso.
—Entonces necesitamos saber en quién confiar —musitó Valeria—. Porque si alguien dentro del círculo quiere destruirme...
Un ruido seco la interrumpió. Alguien estaba abriendo la puerta principal con cautela.
Ambos se giraron apresuradamente hacia el origen del sonido. El corazón de Valeria golpeaba contra su pecho como un tambor frenético, un ritmo que anunciaba peligro inminente.
La puerta se abrió apenas un poco, revelando la sombra alargada de alguien que no esperaban.
—Valeria —dijo una voz suave, grave, cargada de una mezcla imposible: alivio, miedo y una determinación oculta—, tenemos que hablar. Ahora.
El mundo se detuvo en ese preciso momento. La pregunta más desgarradora volvió a su mente, punzante, sin una respuesta clara aún:
¿Podrá Valeria reconocer en quién puede apoyarse realmente?