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Chapter 13

Traiciones Cercanas

Capítulo 13 — Traiciones Cercanas

El eco punzante de las pisadas se desvaneció dejando un aire tan denso que cortarlo parecía imposible. Valeria quedó paralizada un instante, con el corazón martillando contra sus costillas, como si quisiera romperlas para escapar de la jaula opresiva en la que se había convertido su pecho. La promesa rota, el desafío lanzado, todo giraba en remolino dentro de su mente.

Por un segundo, la mansión Mendoza pareció contener el aliento, como si supiera que ese instante decidiría algo irreversible.

—¿Viste eso? —murmuró un eco detrás de ella, cercano, sutil, casi cargado de veneno—. No fue una simple irrupción.

Valeria giró con rapidez, la mirada buscando el origen de la voz sin precisar. Un rastro helado le recorrió la espalda cuando reconoció el tono casi burlón de Luis, su primo. La sonrisa en sus labios era un filo afilado, forzado para parecer camaradería.

—Luis —dijo con voz firme, intentando calcificar la inseguridad que amenazaba con deslizarse—, ¿qué sabes de ella? ¿Quién es?

Él ladeó la cabeza, jugueteando con un viejo encendedor de plata que había heredado de su abuelo y que siempre le provocaba algún recuerdo oscuro.

—Más de lo que querrías saber. —La mirada de Luis se volvió intensa, implacable—. Es alguien que viene a reabrir heridas que creíamos selladas. Y no está sola.

El nombre no dijo nada, pero el gesto sombrío de Luis le reveló que aquello no era un juego. Había un fantasma agazapado, paciente, aguardando el momento exacto para atacar.

Valeria sintió un nudo formarse en su estómago, ese mismo nudo de hielo que desde niña la acompañaba cuando las sombras de su familia se volvían demasiado densas.

—¿Y tú? ¿Qué papel juegas en todo esto? —la voz le salió con dureza, pese a su confusión.

Luis rió sin humor, girando el encendedor entre sus dedos—. No soy el enemigo que buscas, Valeria. Pero cuidado. Mucho cuidado. Porque la amenaza no siempre viene de fuera.

El aire entre ellos se cargó de tensión. En sus ojos, un brillo casi inhumano denunciaba secretos demasiado pesados para compartir en ese momento.

—¿Traiciones dentro de Mendoza? —musitó ella, sintiendo que un torrente de terror se colaba en sus venas—. Eso significaría que nada ni nadie está seguro.

Sin aviso, la puerta del estudio donde se encontraban se abrió silenciosamente. Una figura femenina apareció al umbral, su silueta recortada contra la luz tenue del pasillo.

—Luis tiene razón —dijo con voz baja, aterciopelada pero gélida—. La verdadera amenaza está más cerca de lo que pensamos.

Valeria entrecerró los ojos. El rostro de Celeste Mendoza, su tía, emanaba esa calma calculada que sólo alguien acostumbrado a las intrigas podía mostrar. Había algo en el modo en que caminaba, en esa impecable elegancia, que la hizo retroceder mentalmente.

—¿Celeste? —balbuceó—. Pero, ¿por qué...?

Celeste se adentró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo. La temperatura parecía bajar varios grados.

—Porque no todo es lo que parece en esta familia —replicó, apoyando suavemente la palma contra la madera del escritorio, sus uñas largas brillando bajo la luz tenue—. Y tú, Valeria, no eres la única guardiana de un secreto.

Las venas del cuello de Valeria se tensaron, como si un puño invisible apretara su garganta. Recordó entonces las palabras de su padre muerto, el susurro cansado que una vez le advirtió: “El enemigo más cruel siempre está dentro.”

Un estremecimiento la recorrió cuando, por un segundo, las miradas de Celeste y Luis se cruzaron. Había una alianza tácita, una conspiración formada en sombras que ella no comprendía aún.

—¿Qué quieren realmente? —preguntó, tratando de sonar firme, a pesar de la alarma que desataba cada palabra en su interior.

—El control absoluto —respondió Luis con esa sonrisa amarga—. Y para eso, la caída de Valeria es indispensable.

Celeste apoyó los dedos sobre el libro viejo que reposaba en el escritorio. Un volumen carcomido por el tiempo, gastado por manos que habían revelado y ocultado la historia de su familia.

—Nuestra supervivencia depende de eliminar cualquier obstáculo —dijo con voz firme, pero una sombra de tristeza cruzó sus ojos fugazmente—. A veces, incluso ese obstáculo se llama sangre.

El silencio que siguió fue un abismo.

Valeria sintió que el mundo se le derrumbaba bajo los pies. La promesa que había jurado, la lealtad que mantenía a paso firme, ahora temblaban como un cristal a punto de romperse.

El sonido distante de una campana le hizo saltar en el asiento. El reloj en la pared marcaba la medianoche, y con ella, el inicio de un juego que ya no podría controlar.

Inesperadamente, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez, una presencia alta, imponente, se reveló en el umbral.

—Así que por fin están reunidos —dijo con voz grave y burlona Adrián Santoro, cruzando el umbral con seguridad felina.

El choque eléctrico en el aire fue palpable.

Valeria se levantó de un salto, mirando a su enemigo con ojos llenos de fuego. Pero detrás de él, una sombra más sutil se movió. Una figura que, entre las luces y los susurros, parecía esconderse entre la propia sangre de Valeria.

Un estremecimiento le recorrió la columna vertebral, helada.

—¿Quién dentro de mi propia sangre planea destruirme? —pensó, mientras la habitación se llenaba de silencios mortales y secretos a punto de estallar.

Y en ese instante, la falsa seguridad se quebró para siempre.

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Las paredes parecían estrecharse, el aire se volvía denso y cada aliento contenía un preludio de traición. Valeria supo que ese juego apenas comenzaba y que la verdadera batalla no estaría en las calles de la ciudad, sino también en los laberínticos recovecos de su propia familia.

El juramento que la había sostenido hasta ahora se resquebrajaba, y con él, su fe ciega en quienes alguna vez consideró su sangre.

Adrián sonrió con malicia, disfrutando la grieta que acababa de abrir.

Celeste y Luis intercambiaron una mirada cargada de complicidad. Silenciosa, pero demoledora.

Valeria se quedó sola, rodeada de ecos, promesas rotas y una pregunta que la perforaba sin tregua:

¿Quién, dentro de su propia sangre, estaba dispuesto a destruirla?