Chapter 10
Capítulo 10
El Regreso del Amor Perdido
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La lluvia golpeaba con violencia el vidrio de la ventana mientras Valeria se recostaba contra el respaldar del sillón. La ciudad afuera, empapada y oscura, brillaba con reflejos distorsionados de neón y farolas. Un peso familiar aplastaba su pecho, como si aquella tormenta, violenta y errática, se clavara en sus venas.
«¿En quién podemos confiar cuando el enemigo puede ser un aliado?»
Las palabras resonaban en su mente con una cadencia implacable, martilleando el silencio de la habitación. Su cuerpo temblaba, pero esta vez no era por frío. Era por la urgencia palpable de decisiones que ya no podía posponer.
El filo del cuchillo estaba ahora sobre ella, invisible pero cortante.
El timbre sonó repentino, estridente, rompiendo esa tensión tan densa que parecía volverla sólida.
Un mensaje tácito: alguien la buscaba.
Con el corazón acelerado, cruzó el salón y abrió la puerta.
No esperó más que aquel rostro que el destino le había negado durante años.
Allí, de pie bajo la débil luz del pasillo, estaba Gabriel.
Sus ojos, profundos y oscuros, contenían ambos: la tormenta y la calma del mar que alguna vez prometieron navegar.
Un silencio pesado se extendió: ni saludos ni preguntas, solo la electricidad de una historia inconclusa clavándose de nuevo en el presente.
—Gabriel... —Valeria juró que su voz se quebró entre el alivio y la incertidumbre.
Él le tendió una mano abierta, como la ofrenda de un pasado que no murió, pero tampoco se rindió.
—Tenemos que hablar —dijo con la voz grave, un susurro que parecía arrastrar los secretos de una ciudad entera.
Sin pensarlo, Valeria lo hizo entrar.
La atmósfera en su apartamento se volvió sofocante, entre el olor a lluvia y el aroma olvidado del jazmín que siempre usaba.
Gabriel caminó hacia la mesa, dejó una carpeta negra, gruesa y sellada, cuyo peso era más que papel: era promesas y advertencias.
—Esto... puede romper el juramento —su afirmación era una espada, un límite trazado en el aire.
La miró a los ojos, esperando evitar la tormenta que sabía que desataría.
—Un plan para liberarte. Para que no tengas que pagar más.
Valeria la observó. Los recuerdos, esos con sabor a miel y heridas, se enredaban con la esperanza que a duras penas intentaba conservar.
—¿Y qué precio tendría?
Gabriel alzó la mirada, su rostro tenso, revelando en cada línea el peso de una verdad enterrada.
—Todo. Te podría costar la libertad o la vida... Pero quizá valga la pena arriesgarlo.
Ella sintió cómo el juramento se retorcía en su interior, un nudo que amenazaba con romperse.
El silencio se llenó de una amenaza implícita y un deseo prohibido.
Mientras la lluvia seguía cayendo, la ciudad fuera seguía ocultando sombras.
Pero Valeria sabía que, esta vez, apenas comenzaba a jugar.
Y en esa partida, o ganaba su libertad, o la perdía para siempre.
El precio, aunque peligroso, ya no parecía tan lejano.
La pregunta latente era: ¿estaría ella dispuesta a pagarlo?