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Chapter 5

La Traición Más Cercana

Capítulo 5 La Traición Más Cercana

El pomo giró una vez más con un crujido apagado, mientras la puerta se abría apenas, como un ojo entreabierto en plena oscuridad. Valeria sintió que su cuerpo se congelaba, el corazón dando un vuelco que intentaba clavarse en su garganta. Todo su ser se tensó en un silencio que retumbaba a su alrededor, flotando como un eco efímero.

Pero no hubo ningún intruso, sólo el hueco oscuro del pasillo, oscuro y vacío. La sombra de la puerta proyectó una línea inamovible y cruel a sus pies, recordándole que la verdad acechaba allí afuera, golosa y peligrosa. Cerró el puño con fuerza, el sobre aún tibio contra su palma, el papel casi quemándole como una advertencia.

—No… No puedo fallar —murmuró, respirando profundo para no dejarse vencer por el vértigo de la incertidumbre.

El peso de la sospecha era una corona invisible que se clavaba en su nuca. Había algo podrido en su círculo, un veneno lento que se filtraba gota a gota con cada confidencia que ella misma creía segura. Cada palabra, cada gesto, parecía un posible disparo a sus espaldas.

Se acercó al ventanal de su estudio, junto al despacho de la familia Santoro, mirando la ciudad extendida abajo, una telaraña de luces tibias y sombras. El olor a tabaco frío se colaba desde ese viejo encendedor de plata que Dante siempre llevaba, recordándole que el enemigo estaba más cerca de lo que deseaba admitir.

—¿Quién podría... quién...? —susurró, y su garganta se cerró en un nudo.

Por instinto, Valeria se dirigió a la sala donde se reunía a menudo con sus confidentes y aliados más cercanos, aquella especie de refugio temporal que servía también de campo de batalla clandestino. Sabía que entre ellos –colaboradores, amigos, más familia– había una serpiente acechando con hiel.

Cada paso resonaba en el suelo de madera, amplificando la eco de sus incertidumbres internas. No sabía cuándo había empezado la filtración. Si fueron palabras dichas con descuido, o un plan puesto en marcha desde antes, un malicioso engranaje que podía destruir todo lo que juró proteger.

Cuando llegó, el grupo no sospechó nada. Conservaban la compostura habitual, miradas cruzadas entre el cuero y el cristal de sus copas. Dante Montalvo, el enemigo de sangre disfrazado de aliado, siguió ausente, pero su sombra se palpaba en el aire denso que saturaba la estancia.

—¿Alguna novedad? —preguntó Valeria, con voz firme, mientras sus ojos no dejaban de buscar indicios febrilmente.

Ricardo, alzado contra la pared con una sonrisa irónica, se encogió de hombros. Fue hasta la mesa, acarició un sobre y lo dejó caer con un golpe tan seco como un portazo. —Sólo rumores. Nada que valga la pena.

Pero Valeria sabía que los rumores eran como fósforos en la pólvora.

Ese día, las palabras bailaron entre ellos, crípticas y tensas. Hablaron de movimientos, de alianzas, de posibles traiciones, sin mencionar nombres. Valeria sintió que los ojos estaban puestos sobre ella y a la vez atravesándola.

Horas después, se retiró al despacho para revisar mensajes y archivos digitales. Buscaba un patrón, una pisada fresca que la guiara a la verdad oculta. El misterio era un enigma envuelto en siluetas y voces apagadas.

Mientras trasteaba con el ordenador, un chat privado parpadeó en la pantalla. Un mensaje cifrado, el mismo código utilizado para comunicarse con sus informantes más confiables. La curiosidad le ardió en las venas.

“La operación seguirá según lo planeado. Ella está cerca de descubrirlo todo. —M.”

Valeria sintió el aire faltarle. Las letras parecían lanzas atravesando la pantalla. M. Una sola inicial, pero suficiente para romper sus últimas certezas.

Deslizándose hacia el rincón, su mirada se posó en la puerta lateral del despacho. Un suave cliquetear, casi imperceptible, hizo que el pulso se le acelerara. Entonces recordó la conversación durante la reunión, cómo Ricardo había insistido en permanecer ‘por seguridad’, aunque todo indicaba que quería darle la espalda a los hechos.

Sin pensarlo, se introdujo rápidamente en el pequeño salón adyacente al despacho, sabiendo que allí guardaban un audio cerrado. Era el único lugar donde nadie se atrevía a entrar sin permiso.

Activó el dispositivo, y el murmullo de voces llegó como un puñal ahogado.

—Sí, el plan está intacto. Nadie sospecha nada. Valeria cree que todos estamos juntos, pero es una ilusión. Pronto se romperá. —La voz era grave, con un eco de satisfacción perversa. —¿Y tú? ¿Sigues con ella? —preguntó otra voz temblorosa. —Por ahora. Pero si llega el momento de traicionarla, no dudaré. Las Santoro ya no serán intocables.

Valeria sintió la sangre hervir y el mundo girar bajo sus pies. Envió un mensaje urgente a Dante, esa alianza sombría que nunca confiaba del todo, pero que ahora necesitaba más que nunca. El riesgo estaba más cerca que nunca.

Un crujido detrás de la puerta. Pasos lentos que se acercaban con cautela.

—¿Quién anda ahí? —ordenó con voz firme, pero el eco sólo devolvió un silencio cortante.

El juramento era más que palabras. Era sangre, lealtad, y en esas paredes se había roto una cadena más fuerte que la traición misma.

Valeria estaba sola ahora. Lo sabía con certeza brutal.

Y la guerra, esa guerra invisible que marcaba a cada familia en la ciudad, apenas comenzaba a mostrar sus dientes afilados.

Un teléfono vibró. Un mensaje entrante.

“No confíes en nadie. La traición está dentro.”

Su corazón se detuvo un instante.

Justo cuando la puerta se abrió lentamente de nuevo, una sombra fugaz cruzó el umbral.

—Valeria... tenemos que hablar. Ya no hay tiempo.

Corte abrupto.