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Chapter 4

El Pacto Invisible

Capítulo 4 El Pacto Invisible

El eco de la sonrisa de Dante aún retumbaba en el pasillo oscuro mientras Valeria se apoyaba contra la fría pared de mármol. Sus pulmones parecían comprimidos por un peso invisible, la piel de sus antebrazos brotada en pequeñas líneas de tensión que se extendían bajo la fina tela de la blusa.

—¿Es esto un juego? —susurró, clavando la mirada contra las sombras que la rodeaban.

Desde la última frase de Dante, un frío taladraba sus venas, como un veneno lento infiltrándose donde creía tener control. Cada palabra de ese hombre, incisiva, cargada de amenaza, había traspasado la coraza que había construido durante años.

El largo pasillo parecía estirarse infinitamente, atrapando sus pasos torpes y acelerados que retumbaban con una urgencia desesperada. No podía darse el lujo de ceder ahora. El juramento, su promesa de sangre, ardía en su interior con un fuego que no quería extinguir.

Sacudió la cabeza, intentando disipar el rastro de duda que comenzaba a enquistarse en sus pensamientos. Desde que mataron a su hermano, sabía que la verdad no era un espejo claro, sino un laberinto difuso lleno de espejismos y trampas.

Pero ese juramento… ¿podía ser manipulado? ¿Una guerra invisible gestándose en las sombras de un compromiso sellado con sangre?

Sus dedos temblaban cuando las luces tenues del vestíbulo reflejaron, de repente, una figura en el espejo opuesto. Un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza y giró con rapidez, alertando cada músculo.

Nada. Sólo su imagen, pálida, con ojos que se negaban a retractarse de la feroz determinación que ahora la secuestraba.

Caminó hasta la pequeña mesa de madera en la entrada, donde halló un sobre blanco, inmaculado salvo por la firma garabateada que brillaba en tinta negra: Dante Montalvo.

El sobresalto apretó su garganta como una mano de hierro. La etiqueta oficial, la marca de aquel que había convertido su sangre en una prisión invisible.

Valeria respiró hondo, notando el sabor metálico de la tensión en su boca. Cada pulso latía con fuerza, como un tambor que anunciaba una batalla inevitable.

Abrió el papel con dedos que apenas sostuvieron la emoción contenida.

Las líneas escritas eran tan crípticas como envolventes:

> *“Valeria, > El juramento que nos une es más que tinta y memoria; es el tejido de un destino que aún no entiendes. > Que no te engañe la sombra de la verdad aparente; la intriga quizá sea nuestro verdadero enemigo. > El legado de tu familia podría desaparecer si te niegas a ver más allá del odio. > Recuerda… a veces, la lealtad es pacto y condena al mismo tiempo.”*

Una corriente helada rodó desde la nuca hasta la punta de los dedos.

Una amenaza velada, como el filo de una daga que no se ve, pero que duele en el alma.

Valeria cerró lentamente el puño sobre la carta, sintiendo la vibra invisible de aquella guerra que estaba justo delante y, sin embargo, en un terreno que aún ignoraba.

—¿Cuál es tu juego, Dante? —musitó apenas un hilo de voz, el eco de la desesperación y el desafío latiendo juntos.

La noche se tragó sus palabras.

No hubo respuesta que no fuera el silencio ensordecedor de la casa Santoro, testigo mudo de un pacto desdibujado por la traición y el deseo de sobrevivir.

Porque el juramento que creía sólido comenzaba a perderse entre la niebla del engaño.

Y en medio de esa confusión trágica, una pregunta le destelló con la fuerza de una gota de ácido cayendo en su sangre:

—¿Y si Dante y ella estaban destinados a ser prisioneros del mismo pacto invisible?

Un golpe seco en la puerta la sobresaltó.

Valeria giró con el corazón atrapado en la garganta.

Esa sola palabra retumbaba en su cabeza mientras la mano temblorosa empujaba el sobre dentro de su bolso.

El destino no perdonaba.

Y la guerra apenas comenzaba.

El pomo de la puerta se giró con lentitud.

El silencio se hizo más denso que nunca.

Y justo cuando la puerta comenzó a abrirse...

Corte abrupto.