NoveliqaJuramento Inquebrantable: El Pacto que Rompió Historias / Enemigos en la Niebla :0%
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Chapter 3

Enemigos en la Niebla

Capítulo 3 Enemigos en la Niebla

Valeria sintió el aliento helado de la noche pegado a su nuca, como si la ciudad misma la vigilara, expectante, lista para quebrarla con una sola palabra mal dicha. El papel arrugado aún temblaba entre sus dedos, sus esquinas clavándose más hondo en la palma, un recordatorio punzante de que aquella guerra invisible acababa de abrir un nuevo frente.

El ruido bajo y mecánico de los tacones reverberaba en la acera empedrada, mientras las luces ambarinas de los faroles dibujaban sombras caprichosas en las paredes. Un auto negro, reluciente como un espejo oscuro, frenó en seco frente a la entrada del edificio donde se realizaba la reunión. Pointu, elegante, imponente. El tipo de llegada que no requería anuncios, solo respeto o miedo.

Valeria ajustó la chaqueta —demasiado fina para la noche, pensó, pero necesaria— y se obligó a caminar con la osadía de quien no tiene más opción que ganar. Al empujar la puerta, el aire cambió: el olor a maderas finas combinadas con el perfume ambarino que inundaba el salón, las voces que caían en un susurro de poder, la tensión palpable que hacía latir su corazón contra su pecho como un tambor de guerra.

Entre las figuras acomodadas, todas elegantemente vestidas y marcando espacios con miradas y silencios cortantes, surgió él. Dante Montalvo. La silueta se recortaba contra la luz tenue de la lámpara de araña, un rey en su trono invisible.

Tal vez por un segundo, que Valeria juró que duró más, el tiempo se detuvo. Sus ojos se encontraron; fríos, profundos, desafiantes. La amenaza se deslizó como una daga invisible en el aire, clavándose sin necesidad de palabras.

—Valeria Santoro —su voz sonó tan suave como un acero afilado—. Finalmente nos vemos fuera del altar del sacrificio.

Ella logró no vacilar. Respondió con un tono tan frío como su mirada.

—Dante. El destino parece empeñado en un duelo sin tregua.

Un silencio palpable cayó entre los presentes que notaron la electricidad en el intercambio, algunos ocultando sonrisas satisfechas, otros apenas conteniendo su intriga.

Dante se acercó, sus pasos una marcha calculada. Cuando apenas faltaba un suspiro para tocarla, la mueca en su boca se transformó en una sonrisa ampulosa.

—¿Y qué esperanza te impulsa aún? —su voz bajó un decibelio para que solo ella la escuchara—. Debes saber que esto no es una guerra de bandos, sino de secretos enterrados demasiado profundo.

Valeria alzó una ceja, sutil pero evidente; ningún signo de intimidación debía mostrarse, ni siquiera ahora.

—Hablas como si tuvieras la verdad absoluta, pero la memoria familiar no es una cueva sombría solo para ti, Dante.

En respuesta, una carcajada seca escape de sus labios. Su mano se deslizó hacia el bolsillo del pantalón, buscando algo que parecía un fetiche más que una herramienta.

—Lo que tengo podría destruir tu mundo, Valeria —declaró, sus ojos brillando con una mezcla de amenaza y desafío—. Un secreto que ni tu juramento puede proteger.

El murmullo en el salón comenzó a crecer, como truenos animales ante una tormenta inminente. La piel de Valeria se erizó mientras el peso de esa promesa caía sobre ella como un guante de plomo.

Antes de que la tensión explotara, la puerta detrás de ellos se abrió con un golpe seco. Todos volvieron la mirada, pero Valeria sintió un nudo aún más oscuro en el estómago. El juego apenas comenzaba, y era ella quien sostenía la pieza más peligrosa sobre el tablero.

—¿Quieres escuchar la verdad? —Dante bajó la voz hasta convertirse en un susurro punzante—. Está justo aquí, en esta sala. Solo que no todos están listos para enfrentarla.

Sus palabras, cargadas de veneno y promesas, retumbaron en el silencio tenso que siguió.

Valeria comprendió, sin duda alguna, que aquella noche no era el final, sino la antesala de una tormenta que sacudiría los cimientos de todo lo que conocían.

Y en medio de la niebla, dos enemigos se delineaban con la destreza de un pintor maldito, dispuestos a destruir o morir en la mitad del camino.

Un secreto oculto, un juramento roto y la guerra invisible más letal que jamás hubiera existido.

El destino de los Santoro pendía de un hilo.

Y Dante, con una sonrisa que podía matar, acababa de tirar del cable.