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Chapter 15

El Verdadero Poder

Capítulo 15 El Verdadero Poder

El disparo perforó la sombra como un dardo venenoso, cortando el aire con un siseo agudo que aún retumbaba en los oídos de Valeria. El segundo parecía detenido, atrapado en un silencio de muerte que supuraba tensión desde cada rincón del pasillo.

Sus dedos, temblorosos e inconscientes, se cerraron con violencia sobre la manilla fría, mientras el cuerpo que había buscado proteger se desplomaba en una lluvia silente de cristales rotos y ecos apagados.

—¡No...! —su voz se quebró, quebrándose igual que la promesa frágil que sostenía en su pecho.

El suelo, manchado ahora con un tinte oscuro y brillante, parecía absorber su grito ahogado, como si la misma casa conspirara para tragar las vidas que aquí discutían su destino. Dante estaba tendido en el suelo, su ojo entreabierto reflejando la luz irregular de las lámparas, la sombra de la muerte asomándose en sus rasgos marcados.

—Valeria... —balbuceó, con un hilo de voz rasgado—, esto... no termina aquí.

La reverberación de esas palabras fue un disparo interior para ella; encendieron una llama fría que surgía en sus manos y los huesos, un juramento que crepitaba.

A tientas, se lanzó hacia él y agarró su muñeca, buscando el pulso rebelde de la vida entre sus dedos.

Estaba débil, tambaleante —pronto podría extinguirse como una vela al viento—, pero no había tiempo para el duelo ni para la duda.

—¿Quién...? —tartamudeó Dante antes de cerrar los ojos, pero entonces su mirada se fijó en la garganta de Valeria, ahogando una última advertencia—. El verdadero poder... está más cerca... de lo que crees.

Un carraspeo ronco interrumpió el instante, como un filo cortando el aire. Valeria giró el rostro a medio impulso y vio una sombra desplazarse hacia la puerta al fondo, cubierta bajo la máscara inadvertida y una gabardina. Un movimiento rápido, casi imperceptible, definido por la frialdad de un asesino.

El corazón le latía a toda prisa, un tambor desbocado. No, no podía fiarse ni un segundo. Todavía envuelta en la urgencia de salvar a Dante, su mente comenzó a tejer la maraña de sospechas y traiciones.

—¿Estás segura? —una voz rasposa y cuarentosa cortó la tensión. Era Elías, el viejo consejero de los Santoro, que apareció entre el humo y la penumbra con un gesto grave, casi aterrador.

Sus ojos no eran los de un aliado, sino de alguien que ha visto demasiadas fosas abiertas por la arrogancia de la verdad.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Elías sin más, casi arrojándola hacia la escalera que conducía a las cámaras bajas—. No es sólo una guerra entre familias, Valeria. Esto supera todo lo que has imaginado.

El silencio cayó denso, colmado de pesadas preguntas silenciadas por el correr de los segundos.

Valeria sabía que aquella noche cambiaría todo.

Subieron los peldaños con la urgencia de quien huye de un destino fatal, pero al llegar arriba, un resplandor rojizo los saludó. El vestíbulo principal ardía en llamas, como si un demonio furioso pretendiera engullirlos. La madera crujía y se partía con un calor abrasador que quemaba la piel y la esperanza.

—No... —murmuró Valeria, paralizada frente a la visión de lo que quedaba de la entrada, ahora una boca de fuego incansable.

—Alguien nos vio venir —dijo Elías, tensándose. Su mirada se endureció; no era solo rabia, era miedo—. Un atentado. Y no es de cualquiera.

El frío mortal de la realidad la atravesó con un punzón.

—Si esto es un mensaje... —susurró Valeria, sintiendo cómo la piel se erizaba— es que no hay aliados en este juego.

De pronto, un ruido seco como el de una botella estallando la sacudió. Un sobre cayó desde lo alto, rozando su rostro con un susurro. Lo atrapó con un movimiento instintivo y, entre las llamas que danzaban como bestias hambrientas, desenredó el contenido.

Sus ojos se abrieron en incomprensión y terror.

Una fotografía.

Era una imagen tomada en secreto, captando a quienes deberían ser sus aliados: Elías, junto a un hombre desconocido con sonrisa huidiza y ojos fríos, estrechando una mano cargada de un símbolo inconfundible: la marca de los Montalvo, pero en un tono más oscuro, obsceno, como un sello de traición grabado con hierro candente.

—¿Qué es esto? —preguntó ella sin aliento.

Elías desvió la mirada, su máscara de impasible anciano resquebrajándose por primera vez en años.

—El verdadero poder nunca estuvo en las familias que creímos poseer —respondió—. Es un pacto sellado en la sombra, detrás de esta falsa guerra.

Entonces la puerta tras ellos vibró bajo un estrépito terrible, y la voz de alguien rompió la noche.

—¡Entramos en el juego, Valeria! Nadie está a salvo ahora.

Era la voz de Dante.

El ecosistema de lealtades, juramentos y traiciones mutó en un instante.

El temblor de la puerta amenazó con ceder, dejando entrar no solo a la oscuridad, sino a la certeza enterrada: el ataque no había terminado.

El filo del abismo se había acercado demasiado.

Valeria apretó el sobre contra el pecho, sintiendo cómo una guerra invisible, tejida con nombres ocultos, comenzaba a devorar todo a su paso.

Y supo que, esta vez, no solo protegía a su familia.

Protegía la última línea de una verdad que debía salir.

—Esto... —susurró, más para sí que para ellos—, es solo el comienzo.

Una ráfaga de disparos golpeó la puerta, y la madera astillada comenzó a ceder.

El juego final había comenzado.

[FIN DEL CAPÍTULO 15]