Chapter 12
Capítulo 12 Cadenas de Honor
El estruendo de la puerta cayendo en pedazos resonaba en sus oídos como un martillo golpeando un yunque. Valeria apenas sintió el aroma acre del polvo mezclado con el hedor metálico de la pólvora suspendido en el aire. Su pecho latía desbocado, como si intentara arrancarse de su jaula cadavérica. Frente a ella, Dante Montalvo, con la camisa levemente rota y los ojos oscurecidos por la furia, respiraba agitadamente.
—¿Quién... quién nos atacó? —Su voz quedó atrapada en un hilo, vibrando entre la adrenalina y la incredulidad.
Dante frunció el ceño, evaluándola con una mezcla de desdén y urgencia. —No queda tiempo para dudas, Santoro. Esto no fue un accidente ni un simple acto de venganza. Quieren que nos destruyamos entre nosotros, y aquellos que lo hicieron saben que al final... solo quedarán cenizas.
El silencio se volvió insoportable mientras ambos se miraban, comprendiendo, sin palabra, que sus destinos habían sido entrelazados en ese instante por algo más que ambición o resentimiento.
—¿Entonces qué propones? —la voz de Valeria resonó firme, pese a la punzada hiriente que le atravesaba el alma.
—Una tregua temporal —dijo Dante, bajando el tono pero no la intensidad. Los músculos de su mandíbula dibujaron una línea dura—. Nuestras familias están en juego, y si seguimos enfrentándonos, ellos se aprovecharán. Este ataque es solo el comienzo.
Valeria tragó saliva, el sabor amargo del orgullo combatiendo con el peso de la realidad. Su lengua se aferraba a cada palabra pronunciada, mientras sentía el frío del mármol bajo sus pies, como si sus cimientos se desmoronaran al tomar esa decisión.
—Estoy escuchando —musitó, aún dudosa.
—He reunido información —continuó Dante, sacando un pequeño dispositivo de su bolsillo mientras caminaba hacia un antiguo escritorio destruido—. Quieren involucrarnos en un juego macabro. Alguien dentro de nuestras propias filas está filtrando secretos, manipulando piezas para que intentemos extinguirnos mutuamente.
Valeria tomó el dispositivo. Sus dedos temblaban. La pantalla mostraba una serie de videos codificados, imágenes borrosas de reuniones secretas y un documento plagado de nombres tachados.
—Esto... —dijo, incapaz de ocultar la mezcla de miedo y cólera—... podría destruirnos a todos.
Dante asintió lentamente. —Por eso debemos unir fuerzas. Debemos descubrir quién es el verdadero traidor antes de que sea demasiado tarde.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de años de enemistad y aquella sombra pesada que jamás logró disiparse. Pero había algo más esta vez: un entendimiento tenso, la fragilidad de un pacto que quizás ni ellos mismos deseaban firmar.
—¿Y confiar en ti? —la pregunta fue un susurro.
—No —respondió Dante con una sonrisa cortante—. Pero ahora, confiar no es una opción: es una obligación.
Un crujido seco alzó su atención al pasillo. Ambos se giraron al unísono, armas desenfundadas como extensiones de sus brazos.
De entre las sombras emergió Victoria, la mano derecha de Valeria, con el rostro desencajado y el ceño fruncido. —Tenemos un problema —soltó, sin rodeos—. Alguien ha entrado en nuestro sistema. Y no es cualquiera.
La mirada de Valeria se endureció de inmediato. Sentía la sangre hirviendo en sus venas. —¿Quién?
Victoria tragó saliva, buscando palabras que no encontraba. —Es... es alguien dentro del pacto.
Un silencio helado se posó sobre ellos como una losa. Dante apretó los puños, la mandíbula perfilando una línea inquebrantable. —Una traición —susurró—.
Valeria sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Ese golpe interno, esa daga invisible, era más letal que cualquier amenaza externa. Porque ahora, no solo su vida y la de su familia pendían de un hilo, sino también su frágil alianza con quien siempre había sido su peor enemigo.
—Si uno falla —dijo, con la voz rota pero firme—, perderemos más que el honor. Perderemos todo.
Detrás de ellos, la ciudad latía entre luces sangrientas y sombras que parecían acechar con malicia. La guerra invisible apenas comenzaba, y las cadenas de honor que los unían estaban al borde de romperse—para siempre.
Entonces, un mensaje apareció en sus dispositivos: un único nombre, una amenaza velada y una foto que heló la sangre en sus venas.
—Es... alguien que conocemos.
Y antes de que pudieran reaccionar, un disparo silencioso rasgó el aire.
Un grito, un cuerpo cayendo, y la inevitable certeza de que nada volvería a ser igual.