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Chapter 10

El Enemigo Interno

Capítulo 10 El Enemigo Interno

*

El peso de la noche seguía clavado en sus hombros, más denso que la humedad que se colaba por las rendijas de la ventana. Valeria apretó los puños, sintiendo la tensión recorrerle hasta las yemas de los dedos como un latido frenético que se negaba a detenerse.

No era solo la guerra contra Dante. Era la traición que se arrastraba entre las sombras de su propio círculo. La sospecha, esa serpiente silenciosa, se enroscaba en su mente con cruel persistencia.

La habitación parecía más pequeña, asfixiante. Su respiración era un temblor contenido, el frío recorrido desde la nuca, que la hacía erguirse aún más rígida en el borde del sofá.

—¿Quién traiciona? —la voz rasgada de Tomás rompió el silencio, aproximándose sin que ella lo advirtiera.

Valeria giró la cabeza a media vuelta. Su mirada la recibió: ojos cansados, pero alertas, como un vigía al acecho del peligro.

—Lo hemos sentido todos —dijo, -alguien cercano... alguien que sabe demasiado.

Tomás soltó un suspiro áspero, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo. Su presencia no relajaba la tensión, sino que la alimentaba.

—He revisado los mensajes interceptados, y hay patrones que no cuadran —continuó, junto a ella en la penumbra—. Alguien filtra información a Dante.

Valeria exhaló con fuerza, el aliento levantando una cortina invisible de polvo en el aire. El mundo parecía girar demasiado rápido, demasiado enredado.

—¿Y sabes quién? —preguntó, con la voz apenas un susurro, temerosa de su propia respuesta.

Tomás negó, pero sus ojos esquivaron los de ella, evitando el peso de la verdad.

—No... pero sé dónde buscar. En las pequeñas inconsistencias, en las llamadas secretas, en las miradas que se desvían cuando alguien nombra a Dante.

Valeria sintió un golpe frío en el pecho, como si una daga invisible la atravesara. La idea de la traición no era abstracta ni lejana: respiraba, comía, dormía, vestía a su lado.

—Hagamos una lista —ordenó, con la determinación que nacía del pacto sagrado que llevaba en la sangre—. Los que han estado en contacto con él, los que tienen acceso a nuestros planes—.

El roce del viento que entraba por la ventana le secó abruptamente la piel del rostro. Afuera, la ciudad seguía con su pulso implacable, ignorando el drama que se enroscaba entre las paredes de una casa marcada por la sangre y la verdad enterrada.

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En la cocina, bajo la tenue luz amarillenta, Valeria puso sobre la mesa un conjunto de fotografías, recortes de mensajes y notas diseminadas. Cada pieza era una grieta en el muro de confianza.

—Aquí está Lucía —murmuró, señalando la imagen de la joven asistente que había ingresado a la familia apenas hacía meses. Su expresión en la foto era tan glacial como una estatua. Pero en la noche, esa fachada parecía hacerse trizas.

—Nunca me pareció completamente leal —Tomás asintió—. Demasiado cercana a Dante en las pocas reuniones que tuvimos.

—Y su teléfono —continuó Valeria—, intercepté un mensaje anoche que no puede ser casualidad. Hablaba de "encontrarnos para hablar del futuro de ambos".

Un silencio incómodo llenó el cuarto, sólo interrumpido por el zumbido lejano de un motor que partía.

—¿Vamos a confrontarla? —preguntó Tomás, con la boca apretada.

—No —contestó Valeria sin pestañear—. Primero, la observaremos. La traición no se revela con palabras dulces sino con acciones desesperadas.

Sus ojos se encontraron, compartiendo la urgencia de un enemigo común invisible y letal.

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El reloj marcó la medianoche cuando Valeria deslizó la llave con suavidad, despertando los ecos huecos de la casa que se negaba a descansar.

En el pasillo enfrente de la habitación de Lucía, se detuvo. Podía oír el murmullo casi inaudible de la voz femenina al otro lado de la puerta.

Se acercó sin hacer ruido, hundiendo las uñas contra la madera para fortalecerse. La pérdida, la traición y la lealtad se enfrentaban en un instante cristalizado.

Entonces escuchó a Lucía pronunciar su nombre con un filo venenoso:

—Dante, no puedo seguir así. Si nos descubren, todo está perdido, pero tengo un plan para derribar a los Santoro… y a ti.

El silencio anterior a la revelación se fracturó con un ruido sordo: la llamada terminada.

Valeria retrocedió con el corazón encogido, dándose cuenta de que la verdadera guerra no era solo contra Dante ni contra el destino, sino contra aquel que había jurado protegerla.

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Cuando la pantalla del teléfono encendió y mostró “Voz de Dante”, sus dedos temblaron antes de deslizar el mensaje.

—Lucía tiene un plan —escribió—. Debemos estar preparados… porque esta vez, la sombra viene de dentro.

Un nudo apretó su garganta mientras enviaba el mensaje a Dante. No había segundos para dudas.

La traición estaba en marcha. Y las llamas del juramento podrían quemarlos a todos.

*

Corte.