Chapter 8
Capítulo 8 Susurros en el Pasillo
La puerta se detuvo a medio abrir, la madera chirrió apenas, un jadeo casi imperceptible se escapó del otro lado. Lucas contuvo el aliento, sus dedos se cerraron en un puño firme, clavando las uñas en la palma con un dolor que lo volvía más presente, más vivo.
—No hay nadie —susurró una voz rasposa, casi ahogada, desde la penumbra del pasillo.
Lucas parpadeó, adaptándose a la sombra que se extendía más allá del marco de la puerta. La penumbra escondía secretos, pero también ofrecía oportunidades. Esa voz, ¿era un eco de su paranoia o un aviso velado? Se arriesgó a asomarse.
Una silueta, imprecisa y encorvada, se deslizó con fluidez hasta apoyarse contra la pared opuesta. Los ojos, reflejos diminutos de luz en la oscuridad, lo escrutaron con dedicación casi felina.
—¿Quieres jugar a esconder secretos, Ríos? —murmuró el desconocido—. Esta noche, el imperio se desnuda. Solo hay que saber dónde mirar.
El corazón de Lucas golpeó con fuerza, un ritmo desbocado que le quemaba el pecho. Sabía que la madrugada era cuando los monstruos corporativos se sacaban las máscaras. Y él estaba en el epicentro.
—¿Quién eres? —inquirió, susurrando para no romper el hechizo del silencio.
—Un aliado, —dijo, y la voz se volvió más grave—, aunque en este juego, las lealtades se compran con un precio que pocos pueden pagar.
Lucas retrocedió un paso, el frío nocturno le entró en el cuerpo como cuchillas. No podía permitirse confiar, no ahora.
Pero la reunión que había interceptado minutos antes—esas conversaciones robadas, los nombres, las traiciones silenciosas—alimentaban una llama voraz de verdad que corría bajo la ciudad, invisible para los desprevenidos.
Un golpeteo agudo resonó a lo lejos: alguien caminaba con pasos apresurados por el corredor. Lucas apretó la mandíbula, y el desconocido extendió una mano hacia él, bajo la tenue luz fluorescente que hacía vibrar las sombras en las paredes.
—Tengo información sobre Victoria Mendoza. Lo que oculta cambiará para siempre el imperio que pensabas conocer —susurró, el hálito frío acercándose, la voz como un suspiro embriagador—. Pero solo puedo dártela si estás dispuesto a hacer un trato.
Lucas fijó los ojos en esa mano, esta vez temblorosa, la duda carcomiendo cada nombre que había amado, cada verdad enterrada.
—¿Qué clase de trato? —preguntó, la tensión clavada en la garganta.
—Uno que implica cruzar líneas —replicó el confidente—. Estamos en guerra, Lucas. Y la única forma de sobrevivir es ser más oscuro que la sombra que te persigue.
Desde aquel instante, el eco del silencio se quebró con un chasquido, un pacto invisible sellado bajo la luz mortecina del pasillo.
Y entonces, un susurro helado rompió la calma.
—No confíes en nadie.
El escalofrío recorrió su espalda, mientras la figura se desvanecía en la noche como humo entre los dedos.
Al otro extremo del pasillo, una puerta se abrió con un crujido distinto. Alguien más estaba vigilando. Alguien que sabía que Lucas había dado el primer paso hacia la verdadera oscuridad del imperio.
La noche nunca prometió clemencia.
—Ahora comienza la partida —susurró Lucas, con los ojos brillando bajo la luz mortecina, mientras el eco de pasos firmes se le acercaba rápidamente.
FIN DEL CAPÍTULO 8