Chapter 7
Capítulo 7 Alianza Frágil
Lucas pestañeó varias veces, como si despejar la vista pudiera disipar el torbellino interno que había dejado clavadas sus uñas en la madera. El punzante dolor en las yemas de los dedos se volvió un ancla incómoda, recordándole que ya no había vuelta atrás. El silencio de la oficina se espesaba, casi sofocante, solo interrumpido por el leve tic-tac del reloj desgastado sobre la pared.
Un suspiro escapó de sus labios. Los trozos de su mundo roto parecían brillar con una luz cruel, más cortante y desorientadora que tenue y esperanzadora. La verdad… ese enemigo invisible que acechaba en cada sombra, estaba saliendo a cazarlo. Pero esta vez, había que jugar con las reglas del enemigo.
El sonido frío del ascensor interrumpió esa breve tregua. Era un eco mecánico que rasgaba la atmósfera, anunciando la llegada inevitable que Lucas esperaba —y temía— en igual medida.
La puerta se abrió mostrando a Alejandro Castillejo, el rival de años, con esa sonrisa arrogante que siempre le había quemado la piel. Su traje impecable y la mirada de acero visible en la penumbra del pasillo parecían denunciar que no venía en son de paz.
—¿Así que todavía respiras, Ríos? —su voz goteaba sarcasmo y desdén, pero había una chispa nueva, una urgencia que trastocaba su habitual indiferencia.
El cuero de la silla crujió cuando Lucas se reincorporó, intentando enderezar algo más que su cuerpo maltrecho. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Alejandro.
—Respirar o respirar tranquilo son cosas diferentes —replicó Lucas, sin perder la compostura aunque su corazón latía con intensidad—. Nos necesitamos, Castillejo. Aunque te duela admitirlo.
Un instante de silencio se deslizó, pesado, como si ambos midieran cada palabra con la precisión de un cirujano. La tensión entre ellos era densa, tangible: décadas de rivalidad abonaban un campo minado de sospechas, heridas abiertas y resistencia a ceder.
Alejandro dio un paso al interior, cerrando la puerta con un clic definitivo.
—¿Qué te hace pensar que puedo confiar en ti? —preguntó, dejando entrever una vulnerabilidad apenas disfrazada.
Lucas hizo un gesto cansado y cortó el aire con la mano.
—Porque esto no es un juego de ego ni de rencores personales —dijo—. Victoria Mendoza está moviendo fichas que ni siquiera imaginamos. Ha empezado a eliminar a quienes se le oponen porque sabe que su secreto nos enterrará a ambos si lo dejamos pasar.
Alejandro frunció el ceño, la sombra de incredulidad cruzando su rostro curtido.
—¿Secretos? Ya han matado a su propio hermano en la sombra de esta guerra. ¿Y pretendes que sus trampas me convoquen a una alianza? Eso suena… suicida.
—Suicida sería jugar solos y no llegar nunca a la verdad —intervino Lucas, acercándose, bajando la voz como si escupiera un conjuro prohibido—. Tenemos datos, pistas, testimonios escondidos. Lo que falta es tiempo y respaldo. Solo juntos podemos destaparla sin que nos reduzca a cenizas.
Un leve temblor inundó la mandíbula de Alejandro, fue apenas una sombra de duda y necesidad. Los años de competencia feroz se enfrentaban a una realidad ineludible: la amenaza de Victoria era demasiado grande. Más allá de sus diferencias, la supervivencia dictaba pactar un armisticio.
—Muy bien, Ríos —dijo entonces, aprentando los dientes—. Pero mi reloj no se detiene por ti. No trates de traicionarme, o no habrá próxima vez.
Lucas asintió, el gesto era seco, sin flores ni falsas promesas.
—Ni yo lo haré contigo.
La alianza estaba sellada, pero palpaba la fragilidad como una grieta en el cristal que podría romperse en cualquier instante. Ambos lo sabían, sus miradas se clavaban con esa mezcla de desconfianza y una urgencia mutua que erosionaba años de rencor.
El aire en la habitación pareció condensarse en un silencio incómodo, interrumpido solo por el tintineo de la notificación en el móvil de Lucas. La pantalla iluminó su rostro con un tono frío e impersonal.
—Es un mensaje —murmuró, casi con un hilo de voz—. De alguien que no quiere que esto avance.
Con manos que temblaban apenas, deslizaba el dedo para abrirlo. El texto aparecía sin remitente, pero el contenido era una amenaza clara, incisiva.
"Dejen de caminar juntos o el próximo paso será su tumba. No podrán esconderse ni con sus pactos baratos."
Un escalofrío helado ascendió desde la nuca hasta los dedos. Alejandro volvió a mirar, la expresión de incredulidad tornándose en alerta absoluta.
—Esto es más serio de lo que pensaba —sentenció, la voz ronca.
Lucas levantó la mirada con una mezcla de determinación y la sombra de un presagio oscuro.
—Si alguien quiere que nos destruyamos desde dentro, ahora no solo tenemos que protegernos… sino estar listos para pelear como si fuera la última vez.
El silencio volvió a caer, esta vez cargado con el peso de la amenaza invisible que pendía sobre ellos. La alianza se había forjado en desconfianza, pero ahora el juego había cambiado: la sombra que ambos necesitaban cazar ya conocía sus movimientos y estaba abriendo sus fauces para devorarlos.
Un sonido seco, como un golpe sordo en la puerta, cortó el aire con un abrupto crescendo. Los dos hombres se quedaron paralizados.
¿Quién estaba ahí, dispuesto a irrumpir en su pacto frágil?
Un nuevo enemigo. Una cuenta regresiva en aumento.
Y la noche, apenas iniciaba.
—¿Quién es? —Lucas apretó los puños, el eco de la amenaza martillando en cada vena.
Ninguno respondió. Solo el latido acelerado de la incertidumbre mientras la puerta comenzaba a abrirse…
—
Fin del Capítulo 7.