Chapter 4
Capítulo 4: Prueba Desaparecida
El eco del portazo reverberaba todavía en la sala cuando Lucas se derrumbó en la fría butaca de cuero negro, apenas consciente del peso aplastante que oprimía su pecho. La voz de Victoria —su tono suave, venenoso, y tan cerca de la verdad oculta— se le había clavado como un puñal invisible. Un nudo traicionero se enredaba en su garganta: esa conversación era la frontera entre su mundo roto y el abismo de incertidumbre que se abría frente a él.
Levantó la mirada hacia la ventana. La ciudad latía allá afuera, indiferente, iluminada por la luz fría de los neones que se colaban en la habitación. Esa ciudad, su imperio, le recordaba cuán frágil era todo: una maraña de mentiras, traiciones, y secretos enterrados bajo capas de acero y cristal.
Pero algo vibraba en su mente, algo que debía enfrentar antes de dejarse caer.
Sacó de la chaqueta el pendrive de memoria, un pequeño artefacto que contenía la evidencia crucial que podría limpiar su nombre. Aquella prueba, aquel archivo secreto, era el último resquicio tangible hacia la justicia. No podía permitir que desapareciera, no ahora.
Su teléfono sonó quebrando el silencio pesado. La pantalla mostraba un número desconocido. Respiró hondo y respondió.
—¿Diga? —su voz sonó ronca, tensa.
Una voz distorsionada apenas murmuró unas palabras:
—No confíes en nadie.
Y la línea colgó.
Un escalofrío recorrió su espalda.
De repente, la puerta se entreabrió; volvió a tensarse en su asiento, alerta.
—Lucas —susurró Carla, su asistente, con ojos apagados—, tenemos un problema.
—¿Cuál? —preguntó él, intentando ocultar el pánico que trepaba.
Ella le entregó una carpeta carbonada. Lucas la abrió con velocidad medida y leyó —un disparo frío atravesó su pecho—. La carpeta estaba vacía, solo su nombre tachado con rojo.
—El expediente con la evidencia... desapareció del archivo digital y físico.
La luz fluorescente parpadeó sobre sus cabezas, enviando sombras fugaces al techo. Lucas se levantó de un salto, con el corazón martillando contra sus costillas.
—¿Cómo es posible? —exigió saber, mientras avanzaba hacia la ventana.
—Garret, el guardia de seguridad, dice que no hubo movimientos sospechosos. Pero eso no explica nada —murmuró Carla, mordiendo el labio.
Lucas golpeó la mesa con el puño. Un ruido seco y resonante cortó el aire, un grito contenido.
—Esto no es un accidente. Alguien ha entrado y se ha llevado la única prueba que puede salvarme.
Sintió la presión aumentar, como una tormenta que se desata sin aviso. La imagen de Victoria, sentada con esa sonrisa tranquila y peligrosa, apareció nítida en su mente.
—¿Y tú qué crees? —preguntó con voz áspera, sin mirarla.
Carla apartó la mirada; sabía que cualquier palabra podía ser una trampa mortal.
—Creo que ese alguien está más cerca de lo que imaginas —dijo finalmente—. Las cámaras del edificio mostraron a un limpiador entrando fuera de horario, pero no hay más información.
Lucas cerró los ojos, intentando calmar la vorágine en su interior.
—Debemos revisar todo, paso a paso. No puedo permitirme ni un error más.
Miró su despacho, ahora un campo minado de dudas y sospechas.
Un ruido sutil, como un susurro contra la puerta, lo alertó. Volteó justo a tiempo para ver una silueta que desaparecía por el pasillo.
Sus dedos temblaron.
—No estás solo, pensó, con la certeza helada de la traición.
Sintió un peso terrible en el pecho mientras la verdad comenzaba a deshacerse en su propia casa.
Y entonces, un mensaje vibró en su teléfono: “Sé que sabes. No vuelvas a confiar. Victoria te observa.”
El silencio que siguió pesaba más que mil gritos.
Lucas apretó la mandíbula. En aquel imperio de sombras, la lucha apenas comenzaba.
Pero la pregunta era: ¿quién estaba trabajando a favor de Victoria desde su círculo más cercano?
Un golpe seco contra la puerta, abrupto y decidido, le heló la sangre.
—Lucas, responde. Ya saben que el expediente desapareció.
La voz venía del otro lado.
—¿Quién? —susurró, con el corazón en llamas, listo para enfrentarse a la verdad.
La lápida de mentiras acababa de abrirse.
Y alguien estaba a punto de cruzar esa línea.
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Fin del capítulo cuatro.