Chapter 3
Capítulo 3 El Enemigo en Casa
La lluvia golpeaba con furia los enormes ventanales de la sala de juntas, cada gota un tambor sordo que parecía marcar el latido acelerado en el pecho de Lucas. Sus ojos permanecían fijos en la pantalla, la imagen de la grieta oculta del imperio grabada en la retina como una cicatriz ardiente.
—Esto apenas comienza —se repetía mentalmente, mientras el frío sudor le empapaba la espalda, pegándole la camisa al torso.
Los murmullos cautelosos de los ejecutivos aún resonaban, pero en el fondo de la sala, la figura de Ignacio Ortega se mantenía inexpresiva, con esa sonrisa torcida que Lucas no había logrado descifrar en toda la noche.
Ignacio, el hombre que solía confiar— o a quien creía confiar.
El caos que había explotado en aquella reunión era apenas la punta del iceberg. Ahora, con la cabeza gacha y las manos apoyadas en la mesa, Lucas luchaba por encontrar el siguiente movimiento. La traición estaba infiltrada como un virus sigiloso, pero la pregunta que ardía en sus pensamientos era clara: ¿quién estaba detrás de todo esto? Y peor aún, ¿quién se estaba dejando manipular?
Un súbito ruido a sus espaldas lo hizo girar con brusquedad, casi derramando el café frío que sostenía. Era Mariana, su asistente, con el rostro pálido y los ojos inyectados de preocupación.
—Lucas... encontré algo. —Su voz era apenas un susurro, pero con la firmeza suficiente para que se le erizara la piel—. En el servidor privado del despacho de Ignacio. Creo que deberías verlo.
Sin mediar palabra, la condujo a la pequeña sala de servidores, un cubículo espectacularmente frío, donde zumbaban máquinas haciendo eco al ritmo de sus respiraciones contenidas.
Mariana se conectó rápidamente, sus dedos bailando sobre el teclado mientras dejaba correr líneas de código y carpetas ocultas que el ojo común jamás descubriría.
—Aquí —dijo finalmente—, carpetas cifradas que sólo un ejecutor de alto nivel podría abrir. Y mira esto... mensajes codificados enviados a un remitente llamado "V".
Lucas sintió que el aire se volvía pesado, como si el ambiente mismo conspirara para asfixiarlo.
—V... —musitó. La letra resonaba con una familiaridad amarga. Victoria Mendoza.
El silencio que siguió fue absoluto, apenas roto por el tic-tac penetrante de un reloj en la pared.
—¿Crees que Ignacio está filtrando información? —preguntó Lucas, clavándole la mirada a Mariana.
Ella asintió sin dudar.
—Es la única explicación. Pero eso no es todo. —Su voz bajó un poco, casi como un secreto prohibido— Hay documentos con cifras que no cuadran. Movimientos financieros que parecen diseñados para desestabilizar a la empresa desde adentro.
El corazón de Lucas empezó a tambalear, no por miedo, sino por la certezade que estaba a punto de tropezar con una verdad más oscura.
En la penumbra del despacho, volvió a la pantalla y abrió uno de esos documentos. Nombres, fechas, transferencias de capital. Todo estaba allí. Pero había algo que no encajaba. Un detalle que lo hizo fruncir el ceño.
—Esto... esto no tiene sentido —dijo en voz alta, arrugando la frente—. La ruta del dinero está escrita en varios lugares, sí. Pero esta transacción ha sido alterada digitalmente. Alguien ha manipulado las pruebas para incriminar a Ignacio.
Mariana lo miró, sorprendida.
—Entonces... ¿quién?
El silencio volvió a adueñarse del cuarto, pero la tormenta afuera parecía intensificarse, como queriendo ahogar los recuerdos y la verdad.
Lucas sabía que lo que tenía en sus manos era un arma de doble filo. Si las autoridades o la junta directiva encontraban esos documentos sin saber del detalle de la falsificación, sería el golpe final para Ignacio.
Pero, ¿y si la información era un señuelo? ¿Una trampa meticulosa para dividir y controlar?
Sus dedos temblaron al cerrar los archivos, y se secó el sudor frío que ahora le recorría la sien.
—Hay alguien más —susurró—, alguien que quiere que Ignacio caiga, mientras se oculta en las sombras.
Su mirada se clavó en la puerta de la sala de servidores.
—Ya no puedo confiar en nadie. Ni siquiera en los que llamaba aliados.
Un golpeteo seco en el pasillo llamó su atención. Lucas se tensó, girando hacia la entrada con la respiración en pausa.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, con la voz baja.
Nadie respondió.
La puerta se abrió lentamente, dejando entrar una sombra esbelta que desplegó una sonrisa casi invisible bajo la luz mortecina.
Victoria Mendoza.
Su mirada era un filo congelado que atravesaba el silencio.
—Lucas —dijo con voz suave, venenosa—. Creo que tenemos mucho de qué hablar.
El reloj marcó el segundo justo en que la puerta se cerraba detrás de ella.
Y el mundo, otra vez, pendía de un hilo invisible.