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Chapter 2

Sombras en la Junta

Capítulo 2: Sombras en la Junta

El eco del portazo reverberaba aún en sus oídos cuando Lucas se detuvo un instante y cerró los ojos. La lluvia azotaba con furia la imponente torre de vidrio, las gotas dibujaban senderos serpenteantes sobre las ventanas, como lágrimas invisibles que resbalaban sin tregua. El frío de la tormenta se infiltraba en la piel a través del fino traje que ahora empezaba a humedecerse levemente.

Por un instante, sus dedos temblaron, no tanto por el frío sino por la mezcla discordante de miedo y rabia que le estrujaba el pecho; una tensión nerviosa que le había acompañado toda su vida, y que ahora se sentía más densa que nunca.

—No puedes fallar —susurró para sí mismo, con voz áspera.

La sala de juntas esperaba. Imponente y silenciosa, contenía más enemigos que aliados. Era su primer enfrentamiento oficial con los ejecutivos que, desde hacía meses, lo miraban como un intruso, como un perro desplazado que todavía no entendía dónde estaba su lugar.

El ascensor se detuvo en el piso 42 con un resoplido metálico que pareció interminable. Lucas ajustó la corbata, respiró profundo, y pisó la alfombra gris oscuro que amortiguaba sus pasos hacia el gran salón. Las luces blancas caían en cascada, reflejándose con nitidez en la mesa ovalada de madera oscura, rodeada por sillas de cuero negro donde ya se acumulaban figuras con poses variadas: desde la arrogancia descarada hasta la fría indiferencia.

Victoria Mendoza estaba allí. En el extremo opuesto de la mesa. Sus ojos negros como ónix se fijaron en él sin pestañear, un valor frío que se clavó en la piel de Lucas como un aguijón afilado. Su sonrisa, apenas perceptible, no pretendía cordialidad. Era un desafío envuelto en seda.

—Bienvenido, Lucas —dijo ella, la voz dulce pero veneno puro—. Espero que estés listo para enfrentar la realidad.

El murmullo de asientos que se acomodaban y papeles que se pasan con cuidado llenaron la habitación, mientras los otros ejecutivos lanzaban miradas rápidas, midiendo cada movimiento, evaluando su juego. Lucas los reconoció al instante: el implacable director financiero, Elena Moreno, con su actitud de acero; Raúl Santana, experto en relaciones públicas, siempre con una sonrisa calculada; y el resto, una fauna rara, desdoblada y lista para atacar.

Alrededor de la mesa, las tensiones se palpaban en el aire, como una corriente eléctrica invisible pero poderosa que amenazaba con chocar en cualquier segundo.

—Propongo que empecemos —dijo Lucas, forzando a su voz una firmeza que apenas sentía. Su mirada recorrió la sala, buscando aliados, pero encontró nidos de serpientes escondidas en rostros neutros.

—Antes de comenzar, debo recordar que estamos aquí para discutir el plan de expansión para el próximo trimestre —intervino Victoria, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Quiero que todos estén preparados para aportar.

Lucas sintió un nudo en la garganta. Desde que la compañía empezó a caer en desgracia, cada reunión se había convertido en un campo minado, y descubrir quién estaba detrás de la campaña de difamación contra él era su prioridad.

—Empecemos entonces —dijo él, desdoblando unos papeles y levantando la mirada.

Mientras Lucas hablaba, exponiendo con detallada precisión las proyecciones para penetrar nuevos mercados —mercado asiático, avances en biotecnología, posibles alianzas estratégicas—, notó cómo Victoria le lanzaba miradas cortantes, como si cada palabra que pronunciara fuera un ladrillo que insistía en derribar su mundo cuidadosamente construido.

—Interesante, Lucas, pero —interrumpió Elena Moreno—, debemos considerar la situación actual de liquidez. Su propuesta arriesga demasiado cuando aún no se han solucionado los problemas internos.

El debate se enredó en tecnicismos, cifras y estrategias. Sin embargo, en mitad de esa vorágine, algo rompió la superficie.

Un tono sutil, ajeno al ambiente profesional, vibró en el bolsillo interno de la chaqueta de Lucas. Sacó el móvil discretamente, con el ceño fruncido. Un mensaje encriptado, sin remitente, que decía: "La información que crees protegida ya está en manos equivocadas."

La presión en su pecho subió violentamente. Su discurso se detuvo por un instante mientras sus ojos se entrecerraban.

—¿Todo bien, Lucas? —preguntó Victoria, con una sonrisa crispada, irradiando una sospecha venenosa.

Lucas guardó el teléfono con un movimiento enérgico y respondió con una sonrisa tensa:

—Sólo un distracción.

Pero entonces la proyección en la pantalla cambió repentinamente: cifras sensibles, datos estratégicos confidenciales que ninguna persona ahí debería ver, se mostraban en rojo brillante, señal de alerta automática del sistema.

—¡¿Qué demonios es esto?! —exclamó Raúl Santana, mientras todos giraban la cabeza hacia la pantalla con ojos llenos de incredulidad y alarma.

El salón, hasta entonces cargado de tensión contenida, explotó en un silencio caótico: todos sabían la gravedad de semejante filtración.

Lucas sintió que la habitación se cerraba a su alrededor, como si las paredes se estrecharan, y detrás de cada mirada se escondiera ahora una sospecha mortal.

Victoria fijó su vista en él, sus palabras resonaron con la calma cortante de una sentencia:

—Parece que alguien en esta sala está jugando con fuego... y está a punto de quemarse.

Antes de que Lucas pudiera responder, su móvil vibró nuevamente en su bolsillo. Esta vez, un nuevo mensaje apareció en la pantalla: "Te están tendiendo una trampa. Cuida tus pasos."

La lluvia seguía golpeando furiosa el vidrio, reflejando en su rostro la sombra implacable de un enemigo invisible.

Y en esa sala donde el poder se disputaba con cuchillos afilados, Lucas comprendió que no solo tenía que salvar el legado de su padre.

También debía descubrir quién, entre esas caras frías, estaba listo para apuñalarlo justo en la espalda.

El eco de una risita apagada y un zumbido de alerta electrónica inundaron la sala. Todos los ojos se clavaron en la pantalla. Lucas sudaba frío, mientras la imagen revelaba la grieta oculta del imperio.

—Esto apenas comienza —pensó, y en su interior, la tormenta no hacía más que crecer.