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Chapter 16

Fuego Cruzado

Capítulo 16 Fuego Cruzado

El brillo frío de la pantalla era la única luz en la habitación que Lucas había convertido en su última trinchera. La sombra de la ciudad se colaba por las cortinas entreabiertas, proyectando líneas oscuras sobre el parquet gastado. Afuera, los cláxones invisibles y el pulso incesante de neones construían la banda sonora de una metrópoli despiadada. Pero él estaba atrapado en un silencio más profundo, uno que quemaba la garganta y clavaba agujas en cada latido.

Los titulares se multiplicaban como virus. “Ríos en caída: ¿fin del legado familiar?”, “Imperio Mendoza-López fracturado, crisis inminente”, “Filtraciones incendiarias sacuden los cimientos corporativos”. Cada palabra era un golpe ensordecedor; cada línea, un puñal afilado con tinta negra sobre papel digital. La prensa no solo olfateaba sangre: danzaba alrededor del cadáver político de Lucas.

El sabor amargo del café frío le quemaba la lengua. Dejó el vaso con mano temblorosa, intentando recuperar el aliento. La tensión le clavaba los pulmones, como si un martillo invisible martillara en el pecho. Se frotó el rostro, palpando el rastro de sudor y la barba que había dejado crecer a la fuerza para no enfrentarse al espejo.

Entonces, el teléfono vibró con un tono seco, cortante, distinto a la constante notificación de mensajes irrelevantes. En la pantalla, un nombre desconocido titiló: “Anónimo”.

Lucas apretó el pulgar contra la pantalla para abrir el mensaje. Un video empezó a reproducirse.

La imagen era nítida pero inquietante. Un despacho que le resultaba familiar, sin embargo con una iluminación más cálida y relajada, imposible de coincidir con la frialdad de su oficina. El sonido era bajo, pero claro.

—Si esto sale a la luz —una voz firme, entintada de amenaza y certeza, cortaba la escena— no habrá imperio que aguante la tempestad.

Una figura apareció en cuadro, de espaldas. La cadencia de sus pasos, la postura, el gesto al quitarse unas gafas oscuras con un movimiento lento y calculado: Victoria Mendoza.

Lucas se quedó sin aire mientras observaba cada segundo. La cámara capturaba el momento en que Victoria deslizaba un sobre grueso y lacrado sobre una mesa de caoba. Un segundo individuo apareció de inmediato, tomando el sobre con mirada voraz.

“¿Qué estás haciendo?”, preguntó Lucas en voz baja, la mandíbula crispada por la mezcla de miedo y furia.

Victoria giró la cabeza, mordiendo el labio inferior con una sonrisa ladina que helaba la sangre.

—Protegiendo lo que debe ser mío —dijo, casi en susurros—. No tienes idea de hasta dónde estoy dispuesta a llegar.

El video terminó tan rápido como empezó. Lucas quedó clavado, paralizado, el corazón galopándole dentro del pecho. La habitación parecía adelgazar en un vertiginoso efecto de túnel. Afuera, los ecos del tráfico chocaban contra los vidrios, pero ahora todo se sentía distante, ensordecido.

Un temblor eléctrico recorrió sus dedos y un rugido interno subió desde sus entrañas.

La guerra ya no era solo interna. Era un fuego cruzado donde cualquier respiro podía ser el último.

Sintió el peso del imperio doblando sus hombros, la opresión de cada mirada invisible apuntando, el acecho silencioso de enemigos que jugaban en la obscuridad. Recordó la mirada de sus aliados traicionados, la duda en sus propias palabras y el frío en la espalda cuando anticipaba una emboscada.

Pero en sus ojos aún brillaba la llama imposible de extinguir.

La pantalla del teléfono quedó inerte, mostrando solo la última imagen fija: el sello lacrado, un símbolo que podría desclasificar todo, destruir o construir futuros.

Lucas sabía que esa pieza era más que un archivo o una amenaza. Era la llave que podía abrir la puerta al secreto más oscuro del imperio, el nudo que apretaba la madeja de poder y traición.

Afuera, la ciudad seguía respirando, inconsciente del peligro que carcomía sus entrañas.

Él tenía una decisión por delante, una flecha envenenada apuntando justo al corazón de la verdad.

Pero justo cuando intentó levantar la mirada hacia la ventana, un ligero golpe resonó en la puerta. No era el viento, ni el vecino de siempre.

Era alguien que llamaba a entrar, con un pulso tan firme como su propia respiración acelerada.

Lucas contuvo el aliento, consciente de que el siguiente paso podría no solo cambiar el rumbo de su batalla, sino definir quién sobrevivirá entre sombras.

El sonido volvió a sonar, más insistente, implacable.

Lucas apretó el teléfono contra el pecho, y la sombra de una sonrisa desafiante apareció en sus labios.

La puerta estaba a punto de abrirse.

Fin del capítulo 16.