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Chapter 15

Secretos Bajo Cierre

Capítulo 15: Secretos Bajo Cierre

El golpe seco resonó en la entrada principal, como un disparo que estremeció hasta los cimientos del edificio. El aire se volvió denso, cargado de electricidad contenida.

Lucas sintió que el tiempo se contraía: el latido de su corazón retumbaba en los oídos, sus pulmones secándose a cada inspiración. Los músculos tensos, la mente alerta.

Victoria Mendoza estaba ahí, tan imponente y gélida como siempre, parada bajo la parpadeante bombilla que lanzaba sombras caprichosas sobre su rostro impasible. Su sonrisa era una cuchilla invisible, afilada para herir sin necesidad de voz.

—Tarde, pero puntual —murmuró Victoria, con una voz que destilaba sarcasmo envuelto en control absoluto—. Pensé que habías empezado sin mí.

No importaba cuánto hubiese soñado con ese momento, ver a su enemigo jurado materializado a unos metros le produjo un escalofrío que hizo erizar cada pelo de sus brazos.

Sin apartar la mirada ni un instante, Lucas pisó firme. Su voz salió firme, cargada de determinación y un dejo de desafío:

—Aquí no empieza nada sin mí. Pero esta vez, tu juego termina antes de que empiece.

Victoria arqueó una ceja, sus ojos brillando con un destello cruel.

—¿De verdad lo crees? Tu nombre está manchado, Ríos. Cada paso que das, te hundes más en la oscuridad.

Lucas dio un paso adelante, acortando la distancia, consciente de que, pese al peso de sus propios fantasmas, no podía permitir que ella lo dominara.

—Entonces me hundiré hasta lo más profundo si hace falta. Pero no dejaré que destruyas lo que queda de este imperio.

Había rabia contenida en cada palabra, pero también un hambre insaciable de justicia.

Victoria se giró lentamente y avanzó hacia el ascensor. Su figura esbelta desapareció entre las sombras del pasillo, dejando tras de sí un silencio que crujía como hielo bajo la piel.

Lucas respiró hondo, sintiendo el peso de la batalla que apenas comenzaba.

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En la sala de control, las pantallas mostraban montones de datos, alertas y accesos. Lucas se unió a ese universo de cifras y códigos con la prisa de quien sabe que el enemigo no se detendrá.

—Marta, necesito que bloquees todos los accesos en las áreas de riesgo. Ahora mismo.

Ella asintió con ojos que gritaban la misma preocupación.

—¿Qué áreas exactamente?

Lucas recorrió mentalmente los departamentos donde habían detectado las filtraciones de documentos confidenciales.

—Archivo central, Red de Datos, Área Legal, y sobre todo, el Laboratorio de Investigación de Proyectos Especiales. Quiero que ningún archivo pueda salir sin mi autorización.

Las teclas resonaban contra el silencio quebrado sólo por el murmullo de la lluvia golpeando los ventanales gigantescos del edificio.

Mientras Marta trabajaba frenéticamente, Lucas caminó hacia la ventana. La ciudad se extendía a sus pies, una colmena de luces y secretos ocultos entre sus grietas.

Una desesperación sorda se instaló en su pecho. Sabía que cada segundo contaba. Alguien de su entorno estaba filtrando información. Alguien con acceso privilegiado, con motivos tan profundos como oscuros.

De repente, el teléfono de la sala lanzó un pitido agudo.

—Lucas, tenemos un problema —dijo Marta, sin quitar la vista de las pantallas—. Hay actividad inusual en el servidor central. Alguien está subiendo documentos masivos a una nube externa.

Su voz temblaba, apenas disimulando la alarma.

—¿Quién? —preguntó Lucas, el puño cerrándose con violencia hasta que los nudillos se tornaron blancos.

—No podemos identificarlo aún. Es un acceso anónimo, cifrado.

El sudor frío descendió desde su nuca hasta la espalda.

—Corta la conexión ya —ordenó seco—. Que se active el protocolo de lockdown informático.

Los segundos parecían estirarse como gomas al borde de romperse. El monitor parpadeó. La subida continuaba.

—¡No se detiene! —exclamó Marta—. Están enviando todo: contratos, listas internas, documentos de clientes, hasta las investigaciones privadas.

Irónicamente, la lluvia se intensificó, plagando las ventanas de gotas que corrían desesperadas por escapar.

Lucas apretó el borde de la mesa, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor.

—¿Qué se está filtrando? —preguntó, la voz ronca de tensión.

—Todo. Todo el imperio. La familia, los negocios, hasta tu destitución aparece aquí...

Un golpe seco resonó en la puerta de la sala. Los dos se quedaron paralizados.

Lucas se volvió lentamente.

La manilla giró. La puerta se abrió antes de que pudiera pedir quién era.

Una figura encapuchada entró apresuradamente.

—¡Hay que cortar la conexión en el nodo central del sótano! —jadeó, con el rostro cubierto por una sombra impenetrable—. Si no, perdemos todo.

Lucas no dudó. Su mandíbula se tensó, sus ojos ardían con un fuego helado.

—Llévame.

El pasillo, el ascensor, los escalones de servicio: cada paso resonaba con un eco de urgencia y miedo.

Al final, frente al nodo, la figura encendió una linterna. Las luces del panel centellaban con códigos y barras rojas.

—Aquí está —indicó.

Lucas no perdió tiempo. Sus dedos volaron sobre los botones, buscando fallos, puntos vulnerables.

Cada acceso de seguridad parecía sublime, casi impenetrable.

Pero la traición era más brutal aún.

De pronto, una alerta nueva vibró en la pantalla: “Acceso remoto autorizado”.

Lucas tragó saliva.

—¿Quién diablos...?

La figura encapuchada levantó la cabeza, por fin visible bajo la luz tenue.

Su sonrisa era terrible, implacable.

—No podrás detener esto, Lucas.

La linterna iluminó un rostro que Lucas conocía demasiado bien.

—Victoria.

Antes de que pudiera reaccionar, los sistemas comenzaron a crujir, emitir pitidos agudos.

La filtración era masiva.

El legado del imperio se estaba desangrando hacia el mundo exterior.

Un frío mortal invadió cada poro de su piel.

Y en ese instante, Lucas supo que nada sería igual. El Imperio de Sombras estaba a punto de revelarse en toda su brutalidad.

De la puerta, un susurro helado coronó la escena.

—¿Preparado para que la verdad salga a la luz?

El eco de aquella frase retumbó dentro de la mente de Lucas mientras la pantalla se llenaba con titulares y nombres, con secretos que podían destruirlo todo.

Y el cierre definitivo aún no había llegado.

Fin del capítulo 15.