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Chapter 14

El Doble Juego

Capítulo 14 El Doble Juego

El crujido seco de la puerta retumbó en la vastedad negra del pasillo, como un disparo que desata una ola de frío interior. Lucas Ríos permaneció inmóvil, cada músculo crispado, mientras la respiración le llegaba entrecortada y pesada. Algo más allá de la oscuridad se agitaba, invisible pero presente, con una amenaza líquida que goteaba sobre su piel como ácido.

Sus ojos se acostumbraron lentamente a la penumbra, y entonces lo vio. Una sombra fugaz se deslizó a su derecha, con un movimiento tan rápido que casi parecía un espejismo. El corazón le latía con fuerza ensordecedora, el rostro pegado a la pared helada, buscando un refugio que no existía en aquel laberinto de traiciones.

Sin pensar, apretó el puño. La voz quedó atrapada en la garganta, cargada de todas las preguntas que se negaban a salir. ¿Quién estaba allí? ¿Qué vínculo secreto podía estar tejiendo en la oscuridad?

Pero no llegó respuesta. Sólo un silencio denso, cortado por el lejano ruido mecánico de los ascensores. Lucas bajó la vista y vio un pequeño sobre en el suelo, apenas visible bajo la luz parpadeante de un farol de emergencia en el techo. Lo recogió con dedos temblorosos, el papel áspero entre sus palmas como un presagio. Dentro, varias hojas llenas de anotaciones y fotografías veladas, donde reconoció sin dificultad la fachada de la sede central, planos de oficinas y una serie de nombres subrayados con tinta roja.

Su mente se aceleró, un torbellino de conspiraciones y traiciones. Aquello no era una casualidad. Había alguien jugando un doble juego dentro de su círculo más cercano. Alguien en quien confiaba.

El reloj marcaba un minuto más hacia la medianoche cuando decidió que no podía permanecer estático. Necesitaba respuestas y las necesitaba ya.

*

Una lluvia ligera tamborileaba contra los ventanales del penthouse de la Torre Mendoza, la silueta urbana cubierta por una neblina que mimetizaba luces y sombras en un juego sin fin. Lucas cruzaba la estancia con pasos cortos y repetitivos, mientras hojeaba una vez más el dossier que acababa de encontrar.

—No puede ser —murmuró para sí, la mandíbula apretada como si quisiera fracturarse el cráneo—. ¿Tú?

Su mirada se clavó en la foto cenital de una cámara de seguridad: una figura conocida estrechando la mano con Victoria Mendoza, bajo la luz amarilla de un pasillo restringido.

En ese momento, su teléfono vibró con insistencia sobre la mesa. La pantalla mostraba un nombre que dejó helado su pulso: Camilo Díaz.

Lucas apretó el móvil contra la oreja con la urgencia de quien necesita un rescate. Pero no hubo saludo, ni tiempo para palabras amables.

—Lucas, ¿puedes escucharme? —la voz era baja, urgente, casi un susurro controlado—. Estoy en problemas. Necesito que no confíes en nadie. Ni siquiera en mí.

El tono se quebró y la línea se cortó. Un pitido frío inundó sus oídos. Frustración y desconfianza se enredaron en su pecho.

¿Podría acaso el hombre que le había sido leal desde el principio estar jugando en las dos balanzas? El peso de esa posibilidad fue un puñal girando lento dentro de su estómago.

Sin pensar en las consecuencias, Lucas salió disparado hacia la calle mojada, donde la niebla abrazaba con su manto de duda y corrupción aquella metrópoli indomable.

*

El club nocturno “El Recoveco” palpitaba con luces estroboscópicas y música tecno en un ritmo hipnótico. Era el lugar donde las identidades se diluían en el humo y las mentiras tomaban forma humana.

Lucas no había preguntado a nadie dónde encontraría a Camilo. Aquel contacto en clave, una intuición que había latido con fuerza desde la aparición del sobre, lo había llevado hasta allí.

Sobre la barra, la silueta encorvada de Camilo le volvió visible apenas un instante. Un hombre de traje impecable, el rostro conocido recortado por la penumbra, le lanzó una mirada fugaz. El brillo en sus ojos era esquivo, cargado con una mezcla venenosa de miedo y calculada frialdad.

Lucas se aproximó con paso firme, sin permitir que la duda degenerara en titubeo.

—Camilo —dijo, la voz irradiando una mezcla poderosa de reproche y desesperación—. ¿Por qué?

Camilo levantó la copa hacia la boca, demoró demasiado en responder. Cuando lo hizo, sus palabras cortaron la música del ruido exterior como cuchillas en el viento:

—¿Quieres saber toda la verdad? No soy el único con doble cara, Lucas. Victoria mueve piezas que ni siquiera tú imaginas.

El aire se cargó con electricidad, y en ese instante apareció un grupo de hombres vestidos de negro, cerrando el círculo alrededor de ellos.

Lucas percibió la peligrosidad, el peligro petrificándolo en el sitio, cuando Camilo le susurró una advertencia, una última confidencia rota en el murmullo del caos:

—Corre. Antes de que sea demasiado tarde.

Su mirada fue lo último que vio Lucas antes de que el hombre desapareciera en la marea humana, tragado por una salida secreta que nadie le había mencionado, dejando tras de sí una estela de misterio y temor.

Una llamada podía romperlo todo, un paso en falso hundirla en la sombra eterna de un imperio corrupto.

Lucas apretó los puños con el sudor frío recorriéndole las sienes. Sabía lo que debía hacer, aunque la oscuridad acechara con garras listas para destrozar.

—Voy a encontrarte, Camilo. Pase lo que pase.

El eco de su promesa resonó en la noche violenta, mientras las puertas del club se cerraban tras la figura escurridiza que se desvanecía en la negrura.

Y entonces, un golpe seco resonó en la entrada principal.

Ambos se giraron, y bajo la bombilla parpadeante del vestíbulo, la figura inconfundible de Victoria Mendoza se materializó con una sonrisa de hielo.

El doble juego apenas comenzaba.

Fin del capítulo 14.