Chapter 13
Capítulo 13 Sombras al Acecho
Lucas emergió del eco de su propia respiración agitada, los pasos retumbando aún en su cabeza como un tambor que no lograba silenciar. La acera mojada reflejaba la aridez de su alma: goteras brillantes que distorsionaban las luces de neón, cada destello un recordatorio cruel de cuánto había cambiado todo en cuestión de horas.
Sintió cómo el frío le mordía las mejillas, un aire cortante que no solo venía del invierno de la ciudad, sino del espiral de paranoia apoderándose de sus nervios. Cada sombra que rasgaba el parabrisas de su mente tenía un nombre: Victoria. Pero ella era solo la punta del iceberg. Había algo más, algo invisible y monstruosamente paciente que apretaba el lazo en torno a su cuello.
—Lucas —su voz emergió desgarrada como el último hilo de cordura—. No puedo hacerlo solo.
La voz de Marcos, su socio de confianza y único aliado sincero entre las traiciones, resonó a través del móvil mientras Lucas daba un giro brusco en la calle desierta, esquivando un conjunto de papeles volando con el viento.
—Te dije que me siguieron —susurró, sin dejar de mirar por encima del hombro, la tensión en sus ojos parecía un fósforo a punto de prender—. Saben que volví. Lo que quieren es que desaparezcas, de nuevo.
El crujido metálico de una puerta a su izquierda lo paralizó. El cuerpo se le tensó como un resorte. Apenas pudo reaccionar cuando un hombre emergió de la oscuridad, un perfil sombrío con una sonrisa que ni siquiera sus ojos podían soportar.
—¿Lucas Ríos? Qué sorpresa verte por aquí. Tan… vulnerable. —la voz era un cuchillo, gélida y venenosa—. ¿Piensas que esconderte servirá de algo?
Lucas tragó saliva mientras sentía cómo las piernas querían ceder. Pero una chispa de rabia quemaba bajo la superficie, encendiendo su mirada.
—No busco esconderme. Solo quiero respuestas.
El desconocido soltó una carcajada contenida, y en un movimiento rápido puso algo en la palma de Lucas. Un sobre negro, pesado, con el sello del imperio Mendoza impreso en tinta carmín.
—Aquí están tus respuestas. Pero advertencia, amigo: no todas las verdades liberan. Algunas matan.
Antes de que Lucas pudiese decir palabra, el hombre desapareció entre las calles como un espectro, dejándolo solo con la amenaza suspendida en sus manos.
El corazón golpeaba en su pecho, cada latido una alarma.
—¿Qué hiciste? —la voz de Marcos estaba tensa, expectante detrás de la pantalla—. ¿Quién era?
Lucas negó con la cabeza, abriendo el sobre con dedos temblorosos.
Dentro, un USB y una nota corta: “Mira donde nadie se atrevió a buscar. Allí yace la corrupción real.”
Un mensaje críptico que pesaba como una losa.
No había tiempo que perder. Sabía que debía llegar a la oficina principal antes que oscureciera el verdadero peligro.
Las calles parecían un laberinto de miradas invisibles y susurros arrastrados en el viento. Cada paso era vigilado, cada esquina una posible emboscada.
Al finalmente entrar al rascacielos, los muros de cristal reflejaban un mundo que Lucas sentía ahora completamente ajeno, hostil.
Sus dedos se enredaron en el auricular que conectó al receptor de la oficina de seguridad.
—Marco —llamó con voz firme, cargada de urgencia—, necesito acceso a las cámaras desde ayer por la noche hasta hoy al mediodía. Busco algo que no debería ver.
El operador con la voz monótona tardó en responder, pero cuando lo hizo, había un ligero temblor sutil.
—¿Estás seguro? Algunas grabaciones fueron eliminadas por protocolos especiales, señor Ríos. Solo los directivos tienen autorización para recuperarlas.
Lucas apretó los dientes. Cada palabra era un golpe contra la pared invisible que trataba de frenarlo.
—Es imprescindible. No hay otra opción.
Los minutos se crecieron en eternidades hasta que, finalmente, la pantalla parpadeó y comenzaron las imágenes. Un frío azul envuelto en estática capturaba el ascenso y caída de sombras dentro del edificio. Pisadas, conversaciones a susurros, movimientos contenidos.
Hasta que, en un ángulo olvidado, una figura familiar apareció en escena. No era la figura altiva y controladora de Victoria, sino alguien que hasta hacía días Lucas creía un aliado.
Los ojos de Lucas se abrieron desmesuradamente cuando vio la mano deslizar un objeto que parecía una llave USB en el bolsillo del pantalón de Diego, el jefe de seguridad.
El corazón le retumbaba en la garganta mientras la escena se aceleraba, y la sombra desaparecía detrás de una puerta secreta.
Un suspiro seco escapó de sus labios. Había encontrado lo imposible. La evidencia que podría derribar el imperio desde dentro.
Pero justo cuando una esperanza áspera se colaba, un sonido tras la puerta de la sala de seguridad rompió el silencio. Un golpe fuerte, seco, inconfundible.
Lucas giró en dirección al ruido.
Los ojos se le nublaron de miedo frío y furia contenida. Algo estaba aquí, junto a él. Alguien que no quería que viera la verdad.
El pulso le retumbó en las sienes mientras la pantalla frente a él parpadeaba y se oscurecía abruptamente.
La oscuridad llenó la sala, y en el silencio solo quedó el eco de sus propios pensamientos atrapados en sombras al acecho.
—Quién está ahí —musitó, sin que nadie respondiera, mientras la puerta detrás de él crujía lentamente, como un susurro letal que anunciaba el inevitable desenlace.
Fin de capítulo.