Chapter 10
Capítulo 10 Jaque a Victoria
La sombra parecía absorber toda la luz del corredor, proyectando un frío inesperado en el ambiente asfixiante de la oficina. El latido en las sienes de Lucas era tan fuerte que casi podía oírlo rebotar contra las paredes acristaladas.
—¿Quién anda ahí? —musitó, con la voz rasgada, mientras la mano se posaba instintivamente sobre el pulsador del teléfono.
La puerta se deslizó con un suspiro metálico, revelando la figura alargada de Marcos, el jefe de seguridad, sin una palabra. La tensión que llevaba horas apretando el pecho de Lucas no cedió ni un milímetro.
—Venía a avisarte —susurró Marcos, mirando hacia ambos lados, como buscando sombras disfrazadas de amenazas—. Victoria... sabe que hoy intentas revertir la mesa en la junta. Preparó algo.
Lucas tragó con dificultad, sintiendo la arena movediza de la paranoia hundirse más bajo la superficie. No podía permitirse un fallo, ni un solo respiro para ella en esa sala. Si Victoria salía intacta, la caída sería irreversible, un agujero negro que engulliría el imperio y la verdad.
Cuando el gran reloj sobre el lobby marcó la hora exacta, Lucas ajustó el nudo de la corbata con dedos temblorosos, su traje impecable contrastando con la inquietud que le martillaba en las entrañas.
—Hoy, o todo termina —murmuró, como un preámbulo invisible, mientras atravesaba el pasillo hacia la sala de juntas.
Las paredes de cristal reflejaban la determinación grabada en su rostro. Dentro, las sillas estaban ocupadas en un círculo cerrado: ejecutivos, abogados, y, por supuesto, Victoria Mendoza, impecable y fría como siempre, fingiendo indiferencia.
—Buenos días, señores —la voz de Victoria desplegó una cortina helada que envolvió la estancia—. Adelante, Lucas. Sorpréndanos.
El silencio segmentó la sala en fragmentos afilados. Lucas sacó la carpeta que guardaba el enemigo invisible: pruebas, documentos, grabaciones. Todo iba a caer sobre la mesa con la fuerza de un huracán.
—He descubierto irregularidades en las cuentas del último trimestre —dijo, dejando el recogido expediente delante de todos—. No son simples errores contables, sino movimientos destinados a desestabilizar la empresa desde dentro. Hoy, lo detendremos.
Un murmullo inquieto cruzó la sala. Algunos miraron a Victoria, otros se cruzaron de brazos. Ella, sin embargo, deslizó una sonrisa estudiada, esa que no revela nada pero dice todo.
—¿Irregularidades? —intervino con una voz afilada—. Quizá alguien confunde resultados negativos con conspiración. Creo que debemos revisar eso con calma.
Pero Lucas no se iba a detener. Pulsó un botón en el mando de la tablet. La pantalla proyectó un video donde aparecían manos manipulando documentos confidenciales de la empresa, deslizando transferencias, ocultando movimientos. El rostro de Victoria apareció interceptado, solo sus manos firmando los transferidos.
—¿Negará entonces que son sus firmas? —apuntó Lucas—. ¿O tendrá que responder por estas acciones?
El impacto fue sonoro. Se rompió la rigidez, pero no cayó el trono. Victoria mantuvo la compostura, aunque un destello oscuro cruzó su mirada, tan fugaz que sólo Lucas lo pudo ver.
—Es un montaje, Lucas —dijo, firme—. Tú eres quien ha estado desviando fondos para cubrir sus propios errores.
El juego de piedras comenzó a rodar cuesta arriba. La sala se llenó de opiniones divididas, cuchicheos. Lucas sentía los ojos clavados, como alfileres invisibles.
Entonces la luz parpadeó. Una tensión eléctrica se instaló con fuerza. El sistema de sonido falló por completo. Las tablets se congelaron. La proyección desapareció.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Lucas. No era un fallo cualquiera, era un sabotaje.
Victoria aprovechó el vacío. Se levantó suave, segura.
—Parece que alguien más quiere que esta reunión termine sin respuestas —dijo con veneno contenido—. Pero así no se gana, Lucas.
La puerta se abrió finalmente con un portazo. Un asistente entró con un sobre en la mano, lo dejó sobre la mesa y se marchó sin mediar palabra.
Victoria recogió el sobre y deslizó los dedos sobre el papel con tranquilidad. Luego, con una sonrisa gélida, lo dejó caer frente a Lucas.
—Dentro está la grabación completa de tu conversación con aquel informante que asegura “tener pruebas”. Me temo que no es más que una farsa.
Lucas sintió que la gravedad lo jalaba hacia abajo. Pero no solo eso: una voz en su mente gritaba que alguien, algún traidor invisible, había destruido la única oportunidad para darle jaque a Victoria.
Ella, erguida, ahora dominaba la sala con una fuerza renovada, imparable. Su mirada de acero aplastaba cualquier resquicio de duda.
—No subestimes el poder de quien controla no solo los hilos del imperio, sino también los secretos mejor guardados —precisó con una calma que rugía—. Hoy, Lucas, quien queda bajo jaque eres tú.
Un silencio brutal cayó como un manto mientras las cámaras grababan cada palabra, cada gesto.
Lucas entendió que la partida acababa de cambiar, y que él había perdido una ficha vital.
Entonces, el sonido seco de un cierre: alguien apagó las luces, dejando la sala sumida en una oscuridad absoluta.
En aquel instante, un teléfono vibró contra la mesa. Lucas lo vio encenderse. Un mensaje apareció, breve y devastador.
“No confíes en nadie”.
El pulso del reloj volvió a llenar la habitación, marcando el inicio de un juego mucho más peligroso.
La partida, sin duda, seguía. Pero Lucas estaba atrapado en jaque… y el asesino podía estar demasiado cerca para verlo venir.
---
La oscuridad era densa cuando la puerta volvió a abrirse. Esta vez, nadie entró. Solo un susurro, un rastro de traición oliendo a muerte.
Victoria salió de la sala, más fuerte que nunca. Y Lucas, hundido pero no derrotado, supo que el verdadero enemigo no era solo ella... sino el espectro invisible que había saboteado su última esperanza.
El tablero estaba puesto. El jaque no era para ella, sino para él.
Y en el juego de sombras, un paso en falso puede costarte la vida.