Chapter 6
Capítulo 6 La amiga leal
La puerta se cerró con un golpe seco que retumbó en el vestíbulo, dejando tras de sí un aire denso, como si el silencio mismo hubiera quedado suspendido, conteniendo la respiración. Clara sintió un temblor recorrer su espalda, un frío que se coló bajo la piel y le encendió los sentidos. Afuera, la ciudad seguía con su ritmo caótico, indiferente al huracán que acababa de penetrar en su mundo.
Sus dedos se aferraron al borde del sillón donde se había desplomado, las uñas clavándose en la tapicería sin que ella fuera consciente. Los párpados, pesados y con salpicaduras de lágrimas no derramadas, luchaban contra la fatiga y el vértigo de esa revelación que se había vuelto una daga que sangraba en silencio.
—¿Estás bien? —La voz llegó suave, cálida, como un refugio inesperado en medio de la tormenta—. No me digas que estás a punto de desmoronarte, Clara.
Detrás de ese tono cómplice, había un mundo entero de comprensión construido a lo largo de años. Se volvió y encontró a Sofía, su mejor amiga desde que ambas podían recordar, sentada con las piernas cruzadas, los ojos brillantes, pero clavados en ella con una intensidad que solo la verdad podía justificar.
Clara respiró hondo, tratando de ordenar el caos que le arrastraba la mente. “¿Es Alejandro? ¿Qué oculta ese hombre?” La sombra que había acechado en aquella última confrontación ahora se manifestaba en cada recuerdo que venía a atormentarla.
—Necesito contarte todo —murmuró, voz baja, quebrándose justo en el borde—. Alejandro del Valle no es quien parece, Sofía. No solo se trata de poder ni de dinero. Es algo más oscuro... algo peligroso.
Sofía inclinó la cabeza, el ceño marcado por la preocupación sincera.
—¿Por qué nunca me habías dicho nada? ¿Qué ha pasado?
Clara dio un paso hacia la ventana, apoyando las palmas contra el frío vidrio. La luz de neón de la ciudad filtraba reflejos erráticos que se entremezclaban con la sombra que la envolvía. Quiso huir, correr sin mirar atrás, pero el peso de la verdad la contenía.
—No fue fácil —admitió—. Alejandro... siempre ha estado vigilando, manipulando. No puedo confiar ni en un solo movimiento. Siento que si hago un paso en falso, todo se desmoronará. Y no solo para mí... para toda la herencia que debería reclamar.
Sofía se levantó con decisión, se acercó y tomó sus manos entre las suyas.
—¿Quieres que te ayude? Sabes que sí. Nunca has estado sola en esto.
El alivio mordió la garganta de Clara, quien dejó caer la cabeza sobre el hombro de su amiga. Durante un instante, esa certeza femenina fue el único ancla en el vértigo que la amenazaba con engullirla.
Pero entonces, el timbre del teléfono rompió la calma inesperada.
Sofía desvió la mirada, y con un dedo tembloroso deslizó la pantalla para contestar.
—¿Diga? —su voz era firme, aunque el ceño se frunció con creciente inquietud.
Al otro lado, un silencio cortante precedió a una voz masculina, grave y velada.
—No te involucres… no sabes con quién estás jugando.
Sofía tragó en seco y apretó los labios, sin decir nada por unos segundos que parecieron eternos. Cerró el móvil con brusquedad, un destello de miedo mezclado con desafío cruzando sus ojos.
—Fue alguien… extraño. No dije nada, pero… no me gusta.
Clara la miró, agudizando la percepción.
—¿Un aviso?
—Más que eso. Un mensaje. Nos están observando, Clara. Esto es mucho más grande de lo que creíamos.
El corazón de ambas latía con una sincronía tensa, conscientes de que, a partir de ese instante, la red que las envolvía se había cerrado aún más, apretando sin piedad.
El crepitar del teléfono en la mesa parecía eclipsar hasta el bullicio lejano de la ciudad.
Y en aquel pequeño apartamento, entre confidencias y miedos, se gestaba una alianza con un destino marcado por la traición y la lealtad al filo del abismo.
Por un instante, nadie habló. Solo el eco sordo de un peligro invisible que avanzaba, silencioso, como un depredador al acecho.
Clara apretó las manos de Sofía, decidida.
—Lo haremos juntas. Pases lo que pases.
Un pequeño ruido —un leve clic perdido entre las sombras— les indicó que la noche apenas comenzaba su juego letal.
Y entonces… el teléfono volvió a sonar.