Chapter 5
Capítulo 5 Máscaras y susurros
El fragor de la gala no disminuía, pero a Clara Estévez le parecía que el aire se había hecho más denso, como si el peso invisible de secretos enterrados comprimiera cada respiro en su pecho. El eco lejano de risas perfectamente ensayadas mordía su mente con una punta de inquietud. La música seguía, vibrante y envolvente, pero algo—o alguien—había acabado de desatar una tormenta silenciosa.
Clara apretó el pequeño sobre marrón que escondía bajo su abrigo de seda negra. Sus dedos temblaban, apenas conscientes, mientras su mirada se perdía en el mar de rostros estratégicamente iluminados por la cálida luz de los candelabros. No podía evitar sentir que cada máscara era una pantalla, cada sonrisa un espejismo detrás del cual se escondían intenciones letales.
A lo lejos, Alejandro del Valle conversaba animadamente con un grupo selecto de empresarios y políticos, su sonrisa firme, casi calculadora. Desde la última vez que sus ojos se cruzaron, una guerra muda había estallado entre ellos. Pero ¿cómo enfrentarse a un hombre que controlaba no solo la fortuna, sino también el destino de quienes osaban desafiarlo?
Clara decidió avanzar, refugiándose en la multitud, permitiendo que su vestido largo y sobrio le brindara la gracia suficiente para mezclarse sin llamar la atención. Su objetivo: encontrar a Martina, la asistente personal del desaparecido tío Ernesto, la única que podría tener pistas claras sobre la herencia que le habían ocultado.
El murmullo de conversaciones se filtraba en la penumbra, como un coro apagado de secretos.
—¿Crees que ella sabe más de lo que dice? —susurró una voz masculina detrás de un biombo adornado con terciopelo rojo.
Clara congeló el paso. La voz era ronca, reconocible.
—No lo sé —respondió otra, femenina, con un tono grave y medido—. Pero Alejandro no dejará que esa niña saque nada a la luz. Lo destruirán si es necesario.
Un escalofrío recorrió su espalda. No podía permitirse ser destruida. Más bien, debía ser invisible, intocable.
Decidió cambiar de rumbo hacia la enorme biblioteca, un santuario de silencio en medio del bullicio. Allí, se encontró con Martina. Sus ojos se juntaron en una mirada que hablaba más que mil palabras.
—¿Has leído esto? —Martina deslizó una carta amarillenta, con la caligrafía conocida de su tío, hasta el extremo de la mesa.
Clara tomó el papel con manos casi temblorosas. El olor a tinta y papel viejo inundó sus sentidos y, al leer las primeras líneas, la verdad comenzó a atar sus cabos sueltos.
—Hay un pacto —murmuró Martina, tumbando una lágrima que intentó disimular entre las sombras—. Algo que absoluta nadie debía descubrir.
En ese instante, un susurro más se infiltró entre las columnas de libros, como serpiente deslizándose en la calma:
—"El secreto de la herencia no es solo dinero, sino poder. Y ese poder está ligado a un pacto que Alejandro hizo para asegurarse el control eterno. Pero si Clara lo descubre, todo el imperio se derrumbará".
La habitación pareció absorber cada átomo de aire mientras Clara y Martina se miraban. El tiempo se suspendió en un instante de silencio y comprensión.
Un golpe seco contra la puerta anunció que no estaban solas.
Clara escuchó sus nombres pronunciados en un tono bajo, amenazante.
—¿Quién está ahí? —preguntó con voz firme, pero su corazón galopaba en un tamborileo que parecía anunciar la llegada de la tormenta definitiva.
La figura detrás del umbral permanecía oculta en la penumbra.
Las máscaras no solo ocultaban rostros, sino ahora también destinos.
Y Clara sabía que la verdadera guerra apenas comenzaba.