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Chapter 3

Sombras del pasado

Capítulo 3 Sombras del pasado

El eco de sus propios latidos retumbaba en sus oídos mientras se abrazaba a sí misma, temblorosa, en medio del silencio punzante de su cuarto. Afuera, la ciudad no dormía; un coro de ambulancias distantes, el sonido metálico de coches que frenaban en la esquina, y el aleteo lejano de las luces de neón. Pero dentro de esas paredes austeras, sólo había un vasto vacío que hasta hacía minutos contenía un secreto velado en el archivo cifrado.

Sus dedos temblorosos repasaban una vez más la pantalla del móvil, esa misma que le había salvado de la oscuridad absoluta, ese brillo azul que prometía respuestas desconocidas. “El comienzo es solo el umbral”. Las palabras flotaban en la habitación, etéreas y pesadas al mismo tiempo, marcando un horizonte que no pretendía ignorar.

Clara apartó la vista de la pantalla y se recostó lentamente sobre la cama, dejando que la oscuridad la envolviera sin reservas. Los ecos del pasado parecían moverse justo detrás de sus párpados, sombras tenues que formaban destellos ambiguos: una mujer con cabello trenzado, un perfume a jazmín, una risa contenida que apenas rozaba sus recuerdos infantiles.

Entonces, sin preámbulos, la imagen rompió la barrera nebulosa de su mente.

Un día de lluvia, años atrás. Recuerdos fragmentados de una mano cálida deslizando una pequeña caja de madera sin llave. La voz de su madre, trémula, acurrucándola con un “tú siempre serás fuerte, Clara.” Pero luego la ausencia, el silencio que helaba más que cualquier tormenta.

Su pecho se apretó con la fuerza de esa verdad que siempre había escapado a sus dedos pero nunca la dejó ir. La caja, pensó, debía estar allí. Alguna pista, algún vestigio que le arrojara luz entre las sombras que Alejandro del Valle se empeñaba en ocultar.

Saltó de la cama, la urgencia prendiendo un fuego vigoroso en sus venas. En el rincón del armario, entre prendas viejas y polvo que danzaba en los rayos ambarinos de la lámpara, notó un objeto sobresalir débilmente. No recordaba haberlo guardado allí, nunca con tanto cuidado.

El corazón le dio un vuelco. Al apartar la tela, apareció la caja.

El tacto de la madera, áspero y frío, despertó una mezcla de ansiedad y esperanza. En la tapa, grabadas unas iniciales casi borradas: L.E.

Con delicadeza, abrió la caja. Dentro había varias cartas amarillentas, un mechón de cabello rubio y, bajo todo eso, una fotografía.

La foto era antigua. El papel tenía los bordes desgastados, pero la imagen estaba viva en sus ojos: una mujer joven, rostro radiante pero con una sombra oscura bajo la mirada, posando junto a un hombre que Clara no reconocía. Pero lo que más la sacudió fue la figura diminuta que la abrazaba del brazo—aquel niño que parecía ella, aunque el rostro estaba parcialmente difuminado.

Un suspiro quebrado escapó de sus labios. La pieza final: una pista concreta sobre su madre y su origen, sobre la verdad que había estado escondida bajo capas de mentiras.

—¿Quién eres? —murmuró, la voz quebrada, como si la fotografía misma exigiera respuestas.

En ese instante, el teléfono vibró con una intensidad abrupta, arrastrando a Clara de regreso al presente. En la pantalla, un mensaje sin remitente: “No todos los secretos deben ver la luz.”

El pulso acelerado, una sospecha aterradora comenzó a colarse dentro. Alejandro no estaba dispuesto a ceder ni un centímetro. El peso de la herencia se volvía más denso, las sombras mucho más largas y peligrosas.

Pero Clara ya había cruzado el umbral.

Afuera, la ciudad seguía girando, indiferente a la batalla silenciosa que apenas comenzaba entre secretos y traiciones.

Y la fotografía... iba a cambiarlo todo.