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Chapter 17

Redescubriendo el amor

Capítulo 17 Redescubriendo el amor

El golpe resonó en el pasillo, una vibración lúgubre que parecía hacer temblar las paredes del salón. Clara contuvo el aliento, sus dedos se enroscaban en el borde de la mesa como si buscaran anclaje. Alejandro, de pie frente a ella, apretaba la mandíbula con una mezcla de tensión contenida y una sombra de vulnerabilidad apenas perceptible.

La puerta, robusta y sigilosa, vibró otra vez bajo un segundo golpe, más insistente, más amenazante. Clara sintió que el miedo se colaba en su pecho, helándole la sangre—no el temor al ruido en sí, sino al contenido de ese golpe, al mensaje que podría traer.

—¿Quién…? —musitó, su voz casi una sombra.

Alejandro desvió la mirada un instante, la luz de la lámpara delineando el contorno de su rostro. Y en ese detalle, Clara pareció ver más allá del hombre firme, el enemigo que siempre había creído que era. Vio un hombre cansado, marcado por sus propias batallas internas.

—Lo que sea que llegue —dijo con voz dura—, tenemos que estar listos para enfrentarla.

Un paso mesurado se escuchó en el otro lado de la puerta. Los segundos se estiraron, pesados y densos. Clara notó cómo sus pulsaciones se aceleraban, cómo el calor repentino le subía al rostro, y algo diferente, algo inesperado, hacía que la distancia entre ella y Alejandro comenzara a estrecharse. No era confianza... aún no. Era la certeza incómoda de compartir un peligro común.

—Clara —susurró Alejandro, y en su tono había un filo de sinceridad que no pudo ignorar—. Yo nunca quise que estuvieras sola en esto.

Ella arqueó una ceja, una mezcla de sorpresa y escepticismo brillando en sus ojos.

—¿Entonces por qué ocultarme todo? ¿Por qué me trataste como si fuera un peón en tu tablero?

Él se acercó un paso, y el aire entre ambos pareció comprimirse, cada palabra cargada de historia no contada.

—Porque temía perderte.

Un estremecimiento cruzó su espina dorsal. La pared de hielo que ella misma había construido comenzó a resquebrajarse.

—¿Perderme? —repitió, casi para sí misma, con la voz quebrada—. Esto no es un juego, Alejandro. No es solo poder o dinero. Es mi vida.

—Lo sé. —Sus ojos, profundos y serenos, se posaron en ella con una intensidad que desarmaba—. Y por eso no puedo seguir siendo tu enemigo. Ni que tu secreto se muera entre mentiras.

Por un instante, el mundo pareció quedarse en silencio. Sólo dos almas heridas rozándose en una línea delgada entre la desconfianza y el anhelo.

—¿Entonces qué quieres?

Alejandro exhaló lentamente, su expresión aliviada y cansada a la vez.

—Quiero que trabajemos juntos. Que me dejes ayudarte a proteger lo que te pertenece... y a ti también.

Clara sintió una punzada: era la misma oferta que en el pasado habría rechazado con fiereza. Pero ahora, el miedo había cambiado de forma, y la posibilidad de una alianza le resultaba extrañamente… tentadora.

El silencio se rompió con un sonido desconocido: el eco metálico de un teléfono deslizando sobre una superficie. Ambos voltearon la mirada hacia la mesa donde una nota, escrita con una caligrafía que a Clara le helaba la sangre, reposaba bajo el cristal.

Alejandro fue el primero en desdoblarla.

Las palabras saltaron a la luz fría del salón:

«No confíen el uno en el otro. Porque ninguno guarda toda la verdad.»

El corazón de Clara se disparó, y el tic tac del reloj ahora retumbaba en su pecho.

—¿Quién nos observa? —musitó, la sombra del miedo reviviendo cada una de sus dudas—. ¿Cuánto saben?

Alejandro alzó la vista, el brillo en sus ojos mezclaba amenaza y desafío.

—Y lo más importante —replicó, con voz firme—. ¿Pueden realmente confiar el uno en el otro?

El juego cambió de repente. La alianza que apenas comenzaba a formarse se tambaleaba ante la revelación.

Clara sintió la necesidad imperiosa de huir, de esconderse tras el velo de su antigua inocencia. Pero esa puerta, esa pared entera de secretos, estaba demasiado cerca.

Ella y Alejandro se enfrentaban ahora a un enemigo desconocido fuera, y a otro para adentro, uno que podría destruirlos con apenas una mentira.

Un paso firme se acercó del otro lado de la puerta.

La cerradura chirrió al girar.

Y justo cuando los ojos de ambos se encontraron en un reflejo de pura incertidumbre, la puerta empezó a ceder…

Un rostro en sombras irrumpió en el umbral.

—Necesitamos hablar… ahora.

El silencio explotó en un grito ahogado.

—¿Quién eres? —Clara preguntó, aferrándose a la última chispa de coraje.

La figura permaneció inmóvil.

Y entonces pronunció un nombre que hizo que el mundo de Clara girara en mil pedazos.

—Soy alguien que sabe toda tu verdad.

El aire se volvió denso, irrespirable.

El velo estaba a punto de levantarse por completo.

Y ninguno estaba preparado para lo que vendría.