Chapter 15
Capítulo 15 Jugadas peligrosas
El eco de esa voz retumbó en la oscuridad, reptando bajo su piel como un frío seco que erizaba cada poro. Clara se quedó paralizada, los dedos crispados sobre el respaldo de la silla, intentando darle forma a ese aliento atrapado que la ahogaba.
—¿Tú? —musitó, sin atreverse a quebrar el silencio que inundaba la sala.
Las luces del pasillo justo en frente parpadearon débilmente, arrojando sombras erráticas sobre las paredes. Un cosquilleo en la nuca le avisó que no estaba sola. Y sin embargo, la sensación era distinta: no era una amenaza directa, sino un juego sutil, una danza entre dos piezas moviéndose cautelosas en un tablero invisible.
—Ah, Clara… —la voz se deslizó, suave pero cargada de veneno—. Creí que disfrutarías más la incertidumbre.
Se apoyó contra el marco de la puerta, la silueta estilizada recortada bajo la penumbra, con esa sonrisa que no alcanzaba a ser cálida. Alejandro del Valle tenía un juego en la mirada: la invitación a una contienda en la que solo uno podía ganar, o al menos sobrevivir.
Clara sintió la sangre clamar por salir de sus venas, pero el aire comenzó a llenar sus pulmones con un ritmo que ella misma imponía. No iba a ser presa. No hoy, no ahora.
—¿Qué quieres? —logró finalmente, la voz firme pero con el filo quebrado de la tensión.
Alejandro dio un paso adelante, la distancia entre ellos se estrechó sin un movimiento brusco, casi hipnótico.
—Quiero que sepas que cada movimiento tuyo está vigilado. Que este juego que llaman herencia… no es más que una partida de ajedrez en la que solo un rey puede quedar en pie.
Clara apretó el puño bajo la mesa, sintiendo los nudillos tornarse blancos, un fuego en el pecho amenazando con prenderse. ¿Cuánto sabía realmente? ¿Hasta dónde había penetrado en su mundo sin que ella siquiera se diera cuenta?
—¿Y qué pasa con la verdad? ¿No te interesa? —honestamente, esperaba una respuesta diferente, algo menos frío, menos calculador.
—La verdad… —murmuró Alejandro con una sonrisa torcida—. La verdad es relativa cuando se trata de poder. Pero la tuya, Clara, es la más peligrosa de todas.
Sus ojos brillaron con una luz que no se atrevía a pronunciar, pero se escuchaba en el tono de su voz: aviso y desafío en una sola frase.
Un silencio denso cayó entre ellos, como un muro invisible que separaba años de mentiras no dichas, secretos ocultos y el peso de las máscaras.
—Hagamos un trato —dijo la voz de Alejandro, repentinamente dulce, casi seductora—. Dejemos que este juego siga, pero con reglas claras. Ni tú, ni yo, saldremos lastimados… por ahora.
Clara sintió el vacío de la traición acechando detrás de esa invitación. Sabía que aceptar sería abrir una puerta hacia la oscuridad, pero rechazarlo significaba enfrentar una guerra que apenas comenzaba.
Sus ojos se encontraron en un choque de voluntades.
—No quiero jugar con fuego contigo —respondió finalmente—. No porque tema quemarme, sino porque sé que tú eres con quien más puedo arder.
Él sin embargo, aflojó una sonrisa irónica, moderna y despiadada.
—Entonces, que comience la siguiente jugada.
Antes de que ella pudiese responder, el teléfono sobre la mesa vibró con insistencia, cortando la tensión como un cuchillo caliente.
Estiró la mano con cuidado, tomando el aparato. La pantalla mostraba un número desconocido. No era común recibir llamadas sin identificación, y menos a altas horas de la noche.
—¿Quién llama a esta hora? —musitó sin esperanza, presionando para descolgar.
Una voz distorsionada surgió del auricular, ausente de emoción pero cargada de significado.
—No juegues con la verdad, Clara. Alguien sabe lo que ocultas. Y si no quieres que todo sea revelado… será mejor que escuches.
La línea se cortó, dejando solo un zumbido habitual. Como si el silencio hubiese tragado el aire de la habitación.
El pulso en sus sienes se volvió un tambor insistente. El secreto que guardaba tan celosamente estaba a punto de romperse, y no por su voluntad.
Clara apretó el teléfono contra su pecho, los dedos temblando ligeramente mientras la piel se erizaba nuevamente.
Alejandro se acercó un poco más, observándola con una mezcla de satisfacción y peligro.
—Así que no solo me tienes a mí contra las cuerdas —dijo en un susurro—. Esto se está poniendo más interesante de lo que esperaba.
Clara apretó los dientes y levantó la mirada con una determinación que amenazaba con romper todas las cadenas invisibles.
—No dejaré que destruyan lo que soy. Ni siquiera tú.
Él rió, esa risa seria y afilada que parecía contener mil secretos.
—Eso solo hará que la caída sea más espectacular.
El aire se espesó, cada palabra parecía echar combustible al fuego que crecía silenciosamente en ambos. En el centro de aquella habitación lujosa, con la ciudad brillando abajo como un tablero de luces y sombras, dos fuerzas opuestas se preparaban para la batalla.
Pero justo cuando Clara estaba a punto de responder, un nuevo sonido traspasó la tensión: un segundo mensaje vibró en su bolsillo. Esta vez un texto.
“Tu identidad ya no es solo tuya, Clara. Decide rápido: ¿juegas con fuego, o te escondes para siempre?”
El pulso se aceleró al máximo. La verdad había comenzado a salir de la penumbra.
Y en esa amenaza invisible, Clara entendió que las jugadas peligrosas apenas comenzaban.