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Chapter 8

El Juego de las Apariencias

Capítulo 8 El Juego de las Apariencias

El eco de aquellas palabras retumbó en el vestíbulo vacío, mientras el intruso hacia ellos desaparecía hacia el interior de la mansión con paso decidido. Elena sintió que la piel se le erizaba en oleadas; como si el frío de la amenaza acabara de instalarse a su espalda y se negara a partir.

—¿Quién podría ser? —musitó Álvaro, sus ojos oscuros iluminados por una mezcla de enfado y cautela. Su mandíbula se tensaba con violencia, casi como si quisiera apretar hasta quebrarse él mismo.

Elena se mantuvo firme, con la mirada clavada en las sombras que se agigantaban en el pasillo. No había miedo, aunque el temblor le tallaba un surco invisible dentro del pecho. Sabía que la guerra apenas comenzaba y que esa visita inesperada podía tener consecuencias inimaginables.

—No importa quién sea —respondió, con un filo que cortaba la tensión—. Lo importante es que hemos llegado hasta aquí. Ahora nadie nos detendrá.

La mansión se había vestido para la ocasión: el comedor, con su enorme mesa de caoba pulida hasta reflejar cada rastro de luz, exhibía vajilla de porcelana fina y cubiertos que parecían obras de arte. Los candelabros lanzaban sombras errantes que temblaban en la opulencia de las telas bordadas.

La noche prometía ser un teatro donde la elegante sonrisa oculta cuchillos y alianzas rotas al filo de la lengua. Elena ya sentía el peso de mil miradas envenenadas clavándose en su nuca desde el instante en que cruzó la puerta del comedor familiar.

Ricardo Márquez, el patriarca, se había instalado en su trono habitual a la cabecera. Su semblante, impecable y arrogante, no delataba su nerviosismo, aunque las líneas de agotamiento se tejían tejedoras junto a sus ojos. Se sirvió sin prisa un sorbo de vino tinto, mientras su mirada se fijaba inexorable sobre Elena.

—Veamos cuánto aguanta esta tempestad que has desatado, Elena —susurró, en un tono que apenas podía oír alguien distante, pero que para ella fue un latigazo directo a la moral.

Elena inspiró profundo, sintiendo la presión comprimirse en su pecho. No había lugar para debilidades ni para titubeos. Su turno había llegado.

—He venido a hablar sobre el futuro del imperio, no del pasado —respondió ella, acercándose con pasos firmes, pero controlados, como una bailarina que conoce la coreografía de cada instante—. Quiero que se me escuche, que se me tome en cuenta. No puedo quedarme en el olvido mientras otros dictan lo que debo ser.

Un murmullo corrió entre los invitados, susurros que parecían cuchillas invisibles rasgando la atmósfera. La hermana de Álvaro, Sofía, ladeó la cabeza con una sonrisa venenosa que apenas ocultaba el desprecio.

—¿De verdad crees que este espectáculo cambiará algo? —inquirió con un tono cargado de sarcasmo, su voz un suspiro helado—. Aquí todo está decidido desde hace mucho. Tú solo eres un peón más en un tablero que no comprendes.

Elena sostuvo la mirada sin dejarse amedrentar, aunque sentía cómo el cuerpo le urgía escapar de aquel nido de víboras.

Entonces, algo sucedió. Ricardo frunció el ceño, apartando la copa con un movimiento brusco.

—¿Una carta? —musitó sorprendido, al recibir un sobre que un criado acababa de depositar a su lado—. ¿Quién la ha dejado?

El silencio se hizo absoluto, como si la mansión misma contuviera el aliento. Los dedos de Ricardo temblaban apenas mientras rompía el sello, rehaciendo fragmentos de una confianza que parecía evaporarse en el instante.

Los ojos de Elena se aguzaron sin poder apartar la vista. Cada segundo se deslizaba con la lentitud y la violencia de un vendaval, mientras la tensión crecía, expandiéndose implacable, llenando cada rincón con presagios de ruina y traición.

—Esto cambia todo —pronunció por fin Ricardo, elevando la carta con una mano que amenazaba con caer en puño cerrado—. Han puesto en jaque nuestro imperio. Y no sé si sobreviviremos a esta tormenta.

El rostro de Álvaro se endureció, pronto calando en un odio oscuro que parecía manar de sus entrañas. Elena lo percibió como el primer movimiento de una partida donde nadie cedería sin luchar hasta la última gota de sangre.

El juego de las apariencias había arrancado un nuevo acto, y ahora, más que nunca, la verdad latía entre sombras, esperando que cada uno decidiera qué máscara usaría para ocultarla… o para destrozarla.

Un seco golpe en la puerta interrumpió el instante, un sonido afilado que no dejaba lugar a dudas: algo, o alguien, estaba a punto de entrar y alterar para siempre el destino de esa familia envenenada.

Las miradas convergieron en la entrada.

La batalla continuaba.

Fin del capítulo.