Chapter 16
Capítulo 16 El Doble Juego de Adriana
El eco agudo del monitor se desvaneció, pero en la habitación, la imagen distorsionada seguía quemando las pupilas de Elena. La pantalla azulada lanzaba sombras fantasmales sobre su rostro, donde se dibujaba una mezcla de incredulidad y frío acero.
Un nombre. Una cara. Alguien que creía enterrada bajo capas de olvido y silencio.
Elena llenó un vaso con agua, sus manos temblorosas apenas podían sostener el cristal. La garganta se le cerraba, no por miedo, sino por la rabia que le carcomía las entrañas, esa rabia venenosa que surge cuando alguien te roba la esperanza y te miente sin pestañear.
“¿Por qué ahora?” murmuró al vacío, notando que cada segundo de la noche parecía prolongarse como una eternidad.
Un golpe seco la sobresaltó. Alguien tocaba la puerta de su apartamento con insistencia, interrumpiendo su momento de revelación. El corazón le saltó al pecho.
—¡Elena! —la voz familiar de Adriana retumbó en el dintel—. Necesito hablar contigo. ¡Es urgente!
Elena dudó, sus ojos midieron la oscuridad tras la puerta. Se frotó el rostro, todavía humedecido por la tensión.
—¿Ahora? —contestó sin abrir.
—Por favor. Solo unos minutos.
Algo en el tono de Adriana era distinto; no era el usual disfraz de alegría o indiferencia. Había una urgencia implacable, casi desesperada. Elena captó el matiz y, pese al desconcierto, la dejó pasar.
Adriana entró con pasos livianos pero seguros, cerrando la puerta detrás de ella.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena, apoyándose contra la pared mientras buscaba recomponer su voz.
—Tú… tú deberías saberlo. —Adriana evitó sus ojos. Posó un sobre manchado sobre la mesa—. Esto no es solo la batalla por el legado, Elena. Es un juego mucho más sucio.
Elena tosió, el peso del sobre fue un puñetazo contra su intuición. Lo abrió. Fotografías, extractos de correos, grabaciones. Todo evidencias de que Adriana había estado jugando en dos frentes.
—¿Manipular a Álvaro? ¿Y a mí? —la pregunta salió como una bala.
Adriana bajó la mirada, sus labios temblaron como un secreto a punto de romperse.
—No era solo por poder, Elena. Era… para sobrevivir.
Una riada de sensaciones invadió a Elena: traición, alivio, confusión. El corazón se le desbocaba, la noche se espesaba alrededor del silencio que quedó tras esa confesión.
—¿Cuánto tiempo? —la voz de Elena era un susurro helado, casi descompuesto—. ¿Desde cuándo juegas conmigo y con Álvaro?
Adriana alzó la vista con una mezcla de desafío y miedo.
—Desde siempre. Pero no imaginaba que todo se iba a desmoronar tan rápido.
En ese instante, un ruido metálico llegó desde el pasillo. Ambas se tensaron. Elena sacó el teléfono y encendió la linterna. Luz fría atravesó la estancia mientras la puerta se abría lentamente.
Una sombra avanzó, nítida y ominosa.
—Pensé que estaba claro que no eres bienvenida aquí, Adriana —dijo Álvaro con una sonrisa amarga, los ojos fulminando como cuchillas de hielo.
La mandíbula de Adriana se apretó, no retrocedió.
—Yo hago lo que sea necesario para sobrevivir. ¿Y tú? ¿Cuánto tiempo llevas engañándolos a ambos?
Elena absorbió la escena, como un volcán a punto de estallar. Esa lucha, ese doble juego, se extendía como una telaraña que atrapaba todo a su paso.
—Entonces… —empezó Elena, sin saber si debía odiar o agradecer—. ¿Eres mi aliada o mi enemiga?
Adriana la miró directo a los ojos, la máscara de sinceridad rota, dejando entrever algo más oscuro.
—Eso, querida Elena, depende de cuánto estés dispuesta a pagar el precio.
Un golpe seco en la puerta. Todos giraron al unísono.
La presión aumentó. La noche ya no permitía medias tintas.
Y en ese instante, una voz desconocida se coló por el umbral, densa como el humo:
—¿Creían que podían jugar sin que lo supiera?
Un disparo cortó el aire.
La oscuridad se tragó los secretos.
---
La bala perforó el silencio, viajando lenta pero segura hacia la mirilla del misterio.
Adriana se lanzó hacia Elena, estrechándola en un abrazo decidido, casi protector. Álvaro se lanzó al suelo, buscando a tientas algo bajo la mesa. Los tres compartieron un instante suspendido en una tensión que electrificaba cada fibra de sus cuerpos.
El olor a pólvora quemada se mezclaba con algo más, un perfume conocido; el olor a traición que impregnaba la noche y las promesas rotas.
Adriana escupió una frase, afilada y certera:
—Ya no hay vuelta atrás.
Elena sintió cómo la línea entre amiga y enemiga se desdibujaba, difusa y peligrosa como un precipicio sin fondo.
—Si no confiamos entre nosotras, ¿quién va a hacerlo? —musitó—. ¿Quién quedará cuando el polvo se asiente?
La respuesta nunca llegó. Solo el eco de pasos apresurados, la presión de un plan revelado y la sombra de un nuevo enemigo observándolas desde la oscuridad.
El abismo callaba, pero lanzaba una última advertencia:
—El doble juego nunca termina.
Y en esa línea entre la luz y la sombra, Elena comprendió que la batalla más cruel no era por el poder. Era por la verdad.
Por el legado.
Por la traición que ahora, más que nunca, era su única certeza.