Chapter 12
Capítulo 12 El Golpe Maestro
Elena apretó el puño contra el respaldo de la silla, los nudillos blancos bajo la piel tensa. El eco de esas palabras resonaba aún en su mente: «vender la empresa». Su empresa, el imperio de los Márquez, estaba a punto de desaparecer en manos de extraños. El peso de la traición la aplastaba con una claridad que casi la dejó sin respiración.
Su despacho en la Torre Márquez se había convertido en una prisión de cristal y acero, ciega ante la ciudad iluminada que se extendía bajo sus pies. Afuera, miles de luces parpadeaban como estrellas caídas, indiferentes al huracán que crecía dentro de esas paredes.
—¿Cómo pudo Álvaro...? —murmuró, pasando la lengua por sus labios secos.
La sombra del traidor se dibujaba en cada esquina de la red que tejía su familia: una tela tan fina que cualquier movimiento podía hacerla romper, pero lo suficientemente densa para asfixiar a quien se atreviera a desafiarla.
El sonido del celular vibrando la sacó de su abismo. Miró la pantalla: era Gabriel.
—¿Qué ocurre? —su voz sonaba áspera, endurecida por la noche en vela—.
—He confirmado la noticia —respondió él con voz urgente, casi apagada—. Álvaro tiene una reunión mañana con el conglomerado Varelli. Quieren cerrar la compra a primera hora.
Un escalofrío recorrió la columna de Elena, elevando sus pestañas húmedas. La realidad apremiaba: cada minuto era un paso más hacia el final.
—¿Y los documentos oficiales? ¿La carta de intención? —preguntó, sin ocultar la ansiedad que la corroía.
Gabriel exhaló con pesadez.
—Guardados en la caja fuerte del despacho de Álvaro. Solo algunas personas conocen la combinación.
Elena sintió el aire vibrar en sus pulmones, una mezcla de miedo y determinación que le quemaba el pecho.
—Necesito entrar allí —decidió sin vacilar—. Esto no se termina hasta que lo detenga.
Colgó y dejó el móvil sobre la mesa con un golpe seco. Luego se levantó y se acercó a la ventana. En lo alto, las estrellas parpadeaban, distantes pero inalcanzables.
Un golpe súbito en la puerta la hizo dar un salto. Giró con rapidez.
—¿Quién es? —ordenó, sin darse tiempo a imaginar.
—Soy Carla —dijo una voz familiar desde el umbral, una sombra fugaz tras la puerta entreabierta—. Tengo información. Necesitas escucharme.
Elena la miró, desconfiada pero hambrienta de aliados.
—Adelante. Pero rápido.
Carla entró, apoyando una carpeta gruesa sobre el escritorio. Sus ojos titilaban con urgencia y miedo, un reflejo oscuro de la tormenta interior de Elena.
—Esto es lo que él ha estado ocultando —dijo, señalando los papeles con un dedo tembloroso—. Contratos, transferencias... incluso sobornos a funcionarios clave para facilitar la venta.
Elena hojeó con avidez cada hoja, sintiendo cómo se revelaba el mapa del ataque que Álvaro había planeado durante meses.
—No podemos confiar en nadie —susurró—. Él habrá previsto que alguien intente frenarlo.
—Ya lo hizo —admitió Carla, tragando saliva—. Tiene a sus hombres infiltrados, y la seguridad del edificio se reforzó hace días.
La tensión cortó el aire como un filo invisible.
—Entonces tenemos que ser más rápidos, más silenciosos —respondió Elena—. Si falla esto, desaparecen años de lucha... y mi futuro se esfumará en un bluff disfrazado de negocio.
Carla asintió, mordiendo su labio inferior.
De repente, un sonido lejano, casi imperceptible: un eco metálico que resonaba en el pasillo vacío.
Ambas giraron al unísono. Elena sintió un frío brutal descolarse por su espalda.
—No estamos solas —dijo en un susurro.
Sacó el teléfono del bolsillo y marcó un número con dedos temblorosos.
—Gabriel, necesito que muevas a tus mejores hombres al garaje. Estoy entrando al despacho de Álvaro para recuperar esos papeles.
—¿Estás segura? —la voz del otro tembló, cargada de preocupación—. Es una trampa.
Elena apretó los labios.
—No tengo otra opción.
Antes de poder agregar palabra, un golpe seco sacudió la enorme puerta de madera. Luego, un clic metálico llenó la estancia.
—¿Quieren jugar? —musitó Elena con una fría determinación—. Pues que comiencen.
El chirrido de la cerradura resonó en el silencio, y la puerta empezó a abrirse lentamente.
En ese instante, su mirada se encontró con la de Carla, que sostenía un arma oculta tras la espalda.
—¿Preparada para el golpe maestro? —susurró la mujer, la voz quebrada por la adrenalina.
Elena asintió, la respiración contenida, mientras las sombras de la traición avanzaban hacia ellas.
¿Podría detener la traición antes de que fuera demasiado tarde?