NoveliqaEntre Sombras y Tronos: El Juego de los Traicionados / Sombras del Pasado :0%
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Chapter 6

Sombras del Pasado

Capítulo 6: Sombras del Pasado

La alfombra bajo sus pies era una promesa de frío. Valeria sintió que cada paso hacia la ventana de su despacho desgarraba la piel de su alma con la misma lentitud que la verdad que le arrojaban los ecos de sus propios pensamientos. Afuera, la tormenta desbordaba los filtros de la noche: relámpagos blancos partían el cielo en dos, como garras invisibles que buscaban hendir la carne de la ciudad.

El crujir de la madera antigua bajo la suela de sus zapatos fue un mantra mortecino que la acompañó hasta la mesa. El vaso de cristal que Leonardo había dejado sobre la superficie carecía de una sola gota, como si el líquido que un día albergó hubiera evaporado junto con cualquier vestigio de confianza.

Ella no necesitaba mirar para saber que la sombra que en ese instante cruzaba el umbral del despacho no era un espectro. Su nombre era Leonardo.

Los tacones resonaron con una distinción adquirida, perfectamente calculada. Una sonrisa fría, sin calor, se dibujó en sus labios cuando la observó apoyada contra el marco de la ventana.

—Valeria —su voz era un cuchillo envuelto en terciopelo—. Eres más peligrosa cuando finges estar rota. Eso me impresiona, debo admitirlo.

Ella le devolvió la mirada sin parpadear. El aire estuvo a punto de cortarse entre sus palabras contenidas y una verdad a medio pronunciar.

—¿Impondrás tu gobierno con halagos o con fuerzas forzadas? —susurró, sin dejar que la pregunta se asomara a su conciencia como una súplica. La duda era un lujo que no podían permitirse.

Leonardo dio un paso, acercándose un centímetro, casi rozando la distancia invisible que Valeria había marcado con siglos de historia familiar y tempestades personales. Los ojos oscuros del hombre parecían absorber la luz, extrayendo cualquier rastro de esperanza que ella hubiera considerado.

—El juego se está acabando —murmuró—. El tablero está dispuesto y solo falta hacer movimientos definitivos.

Valeria sintió que su corazón se encajaba entre las costillas. No de miedo sino de cólera condensada. Aquel hombre era un huracán encubierto de calma, su calculada paciencia escondía un hambre voraz.

—¿Y qué piezas moverás? —inquirió, elevando la voz para que no temblara, pero dejando entrever la fisura oculta en su coraje.

Leonardo sacó de su bolsillo un sobre grueso, ligeramente manoseado, casi deslustrado. Lo dejó caer en la mesa con un sonido seco, metálico, como el golpe seco de un destino implacable.

—Primero esto —dijo. La mirada de Valeria recorrió las letras marcadas en el papel, cada palabra quemaba más que cualquier herida física.

Se trataba de un contrato. Uno sellado con promesas falsas, imposiciones, y amenazas veladas que comprometían no solo su patrimonio sino la libertad de quienes ella amaba. Era un marco legal con trampas diseñadas para arrinconarla hasta el límite de la desesperación.

—¿Para aplastarme? —preguntó, una risa amarga queriendo estallar tras sus labios—. No creas que la trampa de tu puño me hará caer sin luchar.

Leonardo sonrió ampliamente, sin un ápice de humor.

—No solo eso —dijo bajando la voz como si le confesara un secreto prohibido—. Está pensado para que pierdas a quienes tienen el coraje de levantarte la voz.

Entonces, su atención cambió abruptamente. Como si el tiempo marcara para él un compás secreto, la mirada se tornó gélida, calculadora. Sacó un teléfono del bolsillo interior de su chaqueta.

—El incendio en nuestras oficinas satélites fue solo el prólogo. Mañana tus aliados tendrán motivos para dudar. Y lo sabes.

Valeria tragó en seco, sintiendo cómo la opresión en su pecho se convertía en un aliento áspero, urgente.

—¿Qué buscas, Leonardo? —susurró.

Él alzó el teléfono, tecleó y en un suspiro murmuró:

—El silencio de tus voces.

Colgó antes de que ella pudiera responder, dejando en la habitación un aire denso, saturado de decisiones que se habían tomado lejos de la luz.

De repente, el intercomunicador chirrió y una voz suave, entrenada, resonó desde el altavoz:

—Señor Santoro, el equipo de seguridad reporta movimiento inusual en el ala norte. Dos vehículos no autorizados avanzan por el perímetro.

Leonardo apretó la mandíbula, sin perder un ápice de su compostura.

—Prepárense —ordenó—. Que nadie entre ni salga sin mi permiso.

Valeria se acercó un paso, su cuerpo temblaba pero no por miedo.

—¿Eso es todo? —murmuró.

—No —respondió el hombre, volviéndose hacia ella con una chispa que no había visto aún—. Quiero que sepas algo, hermana. No solo haré trizas tu imperio con documentos y fuego.

Una sombra oscura se dibujó en sus ojos.

—Voy a destruir todo aquello que te haga humana, esa fragilidad que llamas familia.

Fue entonces cuando, por la ventana, se vislumbró la silueta negra de un helicóptero que descendía hacia el helipuerto en la azotea.

Valeria contuvo el aliento.

—¿Quién más está en tu lista? —insistió.

Leonardo esbozó una sonrisa torva y dio la espalda, dejando caer otro susurro venenoso en el aire.

—Solo comenzarás a conocer mi juego cuando la oscuridad te envuelva por completo.

El estrépito de la tormenta afuera parecía retumbar en sus huesos, mientras las luces de la ciudad se apagaban lentamente, como si una sombra densa se extendiera más allá del cristal.

En ese instante, en el despacho, la distancia entre ambos dejó de existir. Dos polos opuestos, atrapados en un baile inevitable donde cada sonrisa, cada palabra y cada movimiento era una ficha más en la partida más letal que hubieran jugado.

La verdad se hizo un último eco en la habitación antes de quebrarse en mil fragmentos.

¿Pero qué oscuros planes tramaba Leonardo para aplastar a Valeria?

La respuesta parecía suspendida en el aire, tan inaccesible como la luz que se desvanecía bajo las sombras de la ciudad.

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[Fin del capítulo 6]