Chapter 2
Capítulo 2 El Primer Golpe
El susurro frío desató un vendaval en el salón de juntas. Valeria sintió cómo el aire se volvía denso, como si la temperatura se desplomara en un segundo. Un escalofrío reptó por su espalda y su mirada se clavó en Leonardo, quien no pudo ocultar la punzada de alarma que le atravesó el rostro.
“¿Quién habló?”, exigió Valeria, la voz quebrándose apenas después de la pregunta. Pero el silencio ensordecedor respondía por todos, dejando el eco vacío de la traición suspendida entre ellos.
Su pulso martillaba con furia contenida. La presa estaba atrapada, sí, pero entre las sombras de un juego en el que aún no comprendía todas las reglas. Leonardo, sin apartar los ojos, esbozó una sonrisa afilada como cuchilla. “Parece que hay más secretos en esta sala de los que esperaba”, murmuró.
Valeria retrocedió un paso, con la mirada fija en la puerta cerrada que parecía la frontera entre el mundo que ella conocía y otro, oscuro y desconocido. El ruido sordo de tacones apresurados irrumpió desde el pasillo, el eco metálico resonando en sus oídos como un latido amenazante.
—“Señora Santoro, necesito hablar con usted urgentemente”, anunció una voz familiar, cargada de algo más que simple urgencia. Era Marta, su jefa de seguridad desde que todo empezó a derrumbarse.
—¿Qué pasa? —preguntó Valeria, el orgullo agrietado pero la necesidad urgente de respuestas empujándola a ignorar el dolor punzante en el costado, allí donde aún recordaba el último golpe de su caída.
Marta bajó la voz, como si las paredes tuvieran oídos pero su mirada no pudiera esconder el desastre que llevaba en la mano. Un sobre lacrado con el símbolo de la empresa: el fénix Santoro, el emblema que prometía renacer de las cenizas, pero que ahora parecía una broma cruel.
—Esto acaba de llegar. Alguien ha ejecutado un voto de confianza contra usted en la junta general —dijo, y el peso de sus palabras aplastó a Valeria con la crudeza de un puñal.
“¿Un voto en contra?”, repitió, sintiendo que su cuerpo se derrumbaba sin fuerzas para sostenerla. Las paredes giraban, y el lejano murmullo de la voz de Leonardo retumbaba como un trueno burlón en su mente:
—“Finalmente, el imperio se queda conmigo.”
Valeria no pudo contener el temblor que se alojaba en sus manos; esa mezcla entre furia y desesperación que amenaza con hacerla caer en el abismo. La traición más amarga venía del frío protocolo, del puñal invisible llamado política empresarial, de la lucha sorda por el poder en la alta torre de cristal.
En ese momento, el presidente de la junta, un hombre de rostro impenetrable y voz monocorde, se acercó. —“Valeria, con la mayoría en tu contra, debes entregar el control inmediato de los activos y renunciar a la presidencia”, dictaminó, pero su mirada era un espejo de la fría satisfacción de Leonardo.
—No es posible —murmuró ella, casi sin poder creerlo, negándose a soltar las riendas de aquello que era su vida, su sangre, su nombre.
Pero la realidad estaba doblada y retorcida a su alrededor, opresiva y vívida, como el roce helado de una cadena que se cierra en su cuello.
Se llevó la mano a la frente y aguantó las ganas de gritar, de romper toda la sala con un estrépito, pero sólo el silencio pesado fue su compañía.
Marta permaneció firme, un ancla en medio del caos.
—Necesitamos reagruparnos —dijo en voz baja—. Hay aliados fuera de esta torre que aún creen en ti… pero están divididos, y esto te debilita más de lo que crees.
Valeria apretó los dientes. Su mirada barría la habitación, buscando el brillo de una esperanza que parecía más escurridiza que nunca.
—El imperio... se desploma —susurró, mirando hacia la ventana y observando las sombras móviles de la ciudad que nunca duerme.
La noche les esperaba con brazos oscuros y promesas quebradas.
¿Pero cómo sobrevivir sin su legado?
Sin aliados.
Sin un trono.
Sólo ella, rozando el abismo, con un secreto prohibido ardiendo en su pecho que podría ser la única llave para reconstruir todo lo que creían perdido.
Un suspiro tenso, un eco de pasos alejándose, y la puerta del salón se cerró tras ellos con un estruendo sordo.
Valeria se quedó sola, atrapada entre las sombras del imperio y la traición fresca.
El juego apenas comenzaba, pero esta vez, la reina había perdido la primera batalla.