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Chapter 12

Primeras Cuotas de Venganza

Capítulo 12 Primeras Cuotas de Venganza

El aliento de Valeria salió entrecortado, cada pulmón clamando por aire mientras sus dedos temblaban sobre el respaldo del sórdido banco del bar en el que se había refugiado. A un metro de ella, la botella medio vacía de whisky reposaba como un testigo mudo de sus inseguridades, pero su mirada no estaba en la bebida sino en las sombras que se deslizaban por la calle fuera de esa ventana empañada.

El eco de sus pensamientos retumbaba con fuerza: ¿su mentor—su supuesto aliado—traicionándola por Leonardo? Esa idea mordía con brutal intensidad en su mente, cubriendo sus venas de un frío paralizante.

Pero no había tiempo para dudar.

El tic-tac del reloj de pared estalló en su cabeza justo cuando su teléfono vibró con un mensaje nuevo.

—“Ya está hecho. El cargamento de AlgorCorp desapareció esta tarde. Tu hermano no verá esta jugada venir.” —La tipografía sobre el fondo negro del mensaje parecía burlarse, pesada como una losa.

Valeria apretó los puños. Su pulgar rozó la pantalla, iniciando una serie de acciones que la convertirían, para Leonardo, en un peligro concreto.

*

Dos horas antes, en la penumbra de un lujoso despacho del piso 47 de Torre Santoro, Leonardo estaba relajado. Cigarro en mano, sus ojos fríos y calculadores se clavaban en un informe financiero con cifras que bailaban a su ritmo, como marionetas de su voluntad. Pero la calma se fracturó cuando su teléfono vibró con insistencia.

—¿Qué pasa, Malena? —su voz sonó cortante al contestar.

La asistente respondió con una voz contenida: —Los cargamentos de AlgorCorp están siendo desviados. Esta tarde no han llegado. No hay señales en las cámaras de seguridad.

Leonardo dejó de fumar, el humo serpenteando en el aire como una amenaza.

—¿Una interferencia? —sus labios dibujaron una sonrisa seca—. Eso puede perjudicar seriamente nuestro lanzamiento.

La línea se silenció. Casi al instante, la voz grave y gélida volvió con un aviso: —No, señor. Es algo… más personal.

Leonardo apretó el teléfono con fuerza, un destello de furia cruzando su mirada.

*

Valeria sabía que su movimiento pondría en alerta a toda la familia Santoro. Pero debía ser así. Era la única forma de tambalear el trono que su hermano construía sobre ruinas y mentiras. No había vuelta atrás.

El camión de AlgorCorp era crucial: un contrato millonario por tecnología que podría sellar el dominio empresarial de los Santoro durante décadas. La pérdida no solo afectaría las finanzas, sino que también azotaría directamente el ego de Leonardo, su talón de Aquiles visible para aquellos que conocían sus obsesiones.

Ella dio un sorbo a su whisky, su garganta quemándose con el líquido ambarino.

Afuera, la ciudad seguía girando como un molino indiferente a la guerra que se libraba en sus entrañas.

—¿Y ahora? —su voz se quebró una décima de segundo antes de endurecerse—. Ahora empieza mi juego.

La pantalla del teléfono brilló nuevamente con un mensaje anónimo: “La próxima jugada será en la junta directiva. Cuidado con el lobo disfrazado.”

Valeria apretó la mandíbula. Un suspiro arrastró por la sala, como un fantasma que se escapaba de su pecho.

*

En un lujoso restaurante semivacío, junto a una mesa con ventanales que daban al tumulto de la ciudad nocturna, Martina, la infalible aliada de Valeria, observaba a su lado las pantallas del ordenador portátil.

—He inyectado una orden de compra falsa en el sistema de AlgorCorp —explicó con una sonrisa astuta—. El transporte se tuvo que desviar por protocolos de seguridad.

Valeria asintió, calibrando cada detalle experimentado, las gotas de sudor que le descendían por la sien a pesar de la brisa fresca que colaba el aire acondicionado.

—Con esta jugada, Leonardo perderá el control de esa división y vulnerará toda su red de influencia —sentenció—. Pero debemos mantenernos blindadas. Esta guerra apenas comienza.

Martina tecleó rápidamente y cerró el portátil.

—¿Y el mentor? —preguntó Valeria, sintiendo cómo una sombra de desconfianza se apoderaba otra vez de su pecho—. No podemos permitir más errores ni traiciones.

—Estoy rastreando sus movimientos —respondió—. Pero su lealtad está en duda. Tenemos que vigilarlo de cerca, como el lobo al que le pisamos la cola.

La frase resonó en el silencio cálido del restaurante. Valeria clavó los ojos en el cristal que reflejaba—vaga y quebrada—la silueta de su rostro, marcado por el contorno borroso de una sonrisa que era última y peligrosa.

*

Leonardo se levantó de su despacho, jadeante, con pasos pesados que retumbaban hasta en las paredes de mármol pulido. Sus dedos apretaron con tal fuerza la barra de madera de la cocina que las uñas se clavaron en la carne.

“¿Quién osa retarme tan directamente?”, masculló entre dientes, sus ojos al borde de un resplandor oscuro.

Abrió un cajón y sacó un sobre con la insignia familiar grabada en relieve. Dentro, documentos tachados con nóminas de empleados, planillas y contratos. La guerra que Valeria comenzaba no sería sólo en los negocios.

—Que arranque la partida —gruñó, mientras sus dedos deslizaban un teléfono antiguo hacia su oído. —Activa a la sombra. Quiero saber todo. Todo.

Fuera, la ciudad seguía jugando con sus luces, sus ruidos y sus misterios.

—¿Y ahora? —la voz severa de Leonardo era un cuchillo helado cortando la oscuridad—. ¿Cómo reaccionará esta vez la sangre que se perdió?

Al otro lado del silencio, un golpe seco resonó en la puerta principal.

El corazón de Valeria saltó dentro del pecho justo antes de que la pantalla se fundiera en negro.

[Fin del capítulo 12]