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Chapter 7

Dudas y traiciones

Capítulo 7 Dudas y traiciones

El eco del nombre se desgarró en el aire, un cuchillo invisible que rasgó el silencio detrás de la puerta sellada. Elisa sintió cómo el corazón le martillaba en el pecho, cada latido retumbando contra sus sienes como un tambor de guerra. El frío que la envolvía a esas horas de la noche se intensificó, y su aliento escapaba en nubes cortantes contra el vidrio empañado.

Apoyó la espalda contra la puerta, palpando la madera con la yema de los dedos, como buscando un ancla en aquella tormenta repentina.

—¿Quién dijo mi nombre? —su voz salió rasposa, casi un susurro, entremezclado con un temblor incontenible.

Silencio absoluto.

El pasillo estaba desierto, iluminado solo por la luz mortecina de una lámpara fluorescente que parpadeaba con desesperación. El olor a humedad se colaba desde la grieta bajo la puerta, mezclándose con el tenue aroma a tinta de los archivos que apilaba en la oficina.

Quiso girar el pomo y salir corriendo, escapar de ese peso invisible que había caído sobre sus hombros, pero sus dedos se reagruparon en un puño firme.

—No… No puede ser.

El nombre reverberaba en su mente, cediendo paso a memorias enterradas y susurros de advertencia que jamás entendió hasta ahora.

Una sombra emergió tras la puerta entornada justo cuando tomó aire para avanzar. La figura se detuvo en el umbral, envuelta en la penumbra, con los ojos brillando con una mezcla de culpa y desgaste.

—No quería que lo supieras así, Elisa —dijo la voz, cargada de un tormento contenido—. Yo... Yo solo intentaba protegerte.

Elisa reconoció ese tono. Era un eco familiar que jamás esperó escuchar en un momento tan crucial.

La duda se anidó en su pecho, mayor que cualquier certeza que había tenido en semanas. ¿Cuántas veces ese “cercano” a su esencia había dado la espalda sin que ella siquiera sospechara? ¿Cuántos secretos ocultaba entre esas paredes donde confiaba ciegamente?

Los segundos se alargaron en un juego cruel de miradas. La luz parpadeó una última vez y murió, sumergiéndolos en una penumbra al borde del abismo.

—Dime la verdad —exigió Elisa, la voz firme aunque el temblor interno no cesaba—. ¿Por qué traicionaste a mi familia?

La sombra retrocedió, como un animal acorralado.

—No es lo que crees. Hay fuerzas más grandes en juego, gente que manipula las piezas desde un tablero mucho más oscuro. Te juro que trabajé para ti, aunque no lo entendieras —sus palabras eran una plegaria, un intento desesperado por salvar lo poco que quedaba entre ellos—. Pero cuando descubrí que también ellos tenían tus secretos, que iban a destruirte sin pensar, tuve que elegir.

Un frío mordaz se extendió por las venas de Elisa, transfigurado en una mezcla amarga de ira y dolor. Cada silaba era un golpe que desarmaba sus certezas.

—¿Y debo creer en esa red de mentiras? ¿O en tus palabras disfrazadas de justificación? —su voz se alzó, quebrando el silencio con el filo de una verdad a medias—. ¿Sabes lo que tu traición hizo? Arruinó a mi familia… y casi a mí.

La figura se acercó un paso, iluminada solo por la tenue luz azulada que conseguía colarse por la ventana del pasillo.

—Voy a ayudarte a descubrir quién realmente nos está manipulando. Pero primero, necesito que confíes en mí. Aunque duela. Aunque todo esté teñido por la traición.

Elisa inhaló hondo, sintiendo las lágrimas brotar en el borde de sus ojos, pero las empujó hacia atrás con una voluntad férrea.

Entonces, un ruido seco resonó desde el interior de la oficina. Alguien más. Alguien observaba desde las sombras.

Los dos se giraron, sus miradas encontrándose en un pacto silencioso de desconfianza.

—¿Quién más sabe? —musitó Elisa, la voz apenas audible, un hilo al borde de romperse.

—No puedo decirlo —respondió su interlocutor—. Pero tenemos poco tiempo. Están muy cerca, y sus ojos están en todas partes.

La puerta chirrió otra vez, esta vez lentamente, como si alguien intentara ingresar sin hacer ruido.

Elisa sintió la presión en su pecho aumentando, una carga que parecía aplastarla bajo el peso de las dudas. ¿A quién podía realmente confiar? ¿Quién guardedaba sus verdaderas intenciones tras aquella máscara de normalidad?

El sonido de un móvil vibrando en el bolsillo rompió el instante, su pantalla iluminándose con un mensaje anónimo.

Solo una palabra:

“Cuidado”.

—Debemos movernos —dijo con rapidez el hombre, extendiendo la mano hacia ella—. Antes de que sea demasiado tarde.

La muchacha dudó, cada fibra de su ser pidiendo huir, separarse de ese hombre, de ese nombre fatal que había desgarrado su alma. Pero al final, sus dedos entrelazaron los del desconocido con una electricidad cortante.

El peso de la traición no solo la había alcanzado; la estaba arrastrando hacia una red más profunda, oscura y peligrosa que apenas comenzaba a descubrir.

Mientras las luces de neón se filtraban por la ventana, proyectando sombras que parecían bailar entre sus silencios, Elisa Montenegro supo que la pregunta ya no era quién la había traicionado.

Sino a quién podría seguir creyendo verdad, cuando todos ocultaban algo.

Un golpe seco y urgente retumbó contra la puerta cerrada.

Y la noche se cerró sobre ellos con un susurro de amenaza.