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Chapter 6

Las heridas ocultas

Capítulo 6 Las heridas ocultas

El eco del golpe retumbó en la sala como un disparo a quemarropa. Elisa palpó la irregularidad en el aire, ese ruido siniestro que se mete en la piel y se enreda en la nuca. Suspira, se aferra a la mesa con las yemas de los dedos, porque el cristal estallado a sus pies la hizo tambalear, su corazón se aceleró febril y un hilo de sangre le brotó del labio inferior, gota fría que empapa el suelo.

Damián la observa con la mirada afilada y oscura. Sus músculos tensos son como acero contra acero, pero ahora hay algo más: un destello de vulnerabilidad que él lucha por contener, como un animal atrapado bajo la tormenta.

—No pensé que lo hicieras estallar tan rápido —dice él con voz seca, apenas un susurro áspero—. Pero supongo que a estas alturas poco importa.

Elisa no responde. La respiración se enreda en su pecho, el pulso golpea en sus sienes. El aire entre ellos parece cobrarse vida propia, cargado de un silencio pesado que no se atreve a romper ninguno. Y entonces, Damián da un paso adelante, sus pisadas retumbando sobre las losas de mármol, lentas y con intención.

—Crees que esto es solo un juego de poder —murmura—, pero detrás de cada movimiento, cada palabra calculada, hay algo que ni tú ni nadie conocen.

Sus ojos se clavan en ella, negros como el abismo. Elisa se siente atrapada en un remolino que la tira hacia el fondo, sin saber si ella misma se hundirá o logrará agarrarse a alguna tabla que no se quiebre bajo su peso.

Damián deja caer la cabeza hacia atrás, como si el peso del recuerdo le aplastara los hombros.

—No siempre fui así.

Un escalofrío silencioso cuelga en la sala. Elisa lo mira fascinada y desconcertada.

—¿Qué quieres decir? —pregunta con voz tenue, casi sin atreverse a romper la atmósfera de frágil verdad que acaba de abrirse.

El hombre aparta la mirada y da un paso atrás. Sus dedos se aprietan en puños y una sombra de dolor asoma fugaz entre la dureza que lo protege.

—Hace años, antes de que todo este mundo me devorara, antes de que la traición me marcara de por vida, hubo alguien... alguien que creí imparable, que creí invencible.

Elisa siente cómo el corazón se le encoge, como si esas palabras llevaran un secreto enterrado en la profundidad del subsuelo, justo bajo la superficie donde el miedo acecha.

—¿Quién era? —tose, tratando de recuperar el control, pero su voz tiembla igual que todo su cuerpo.

—Mi hermano —confiesa Damián con un hilo quebrado—. Alejandro.

Un nombre cargado de ecos, tan lejano y a la vez tan cercano. Elisa siente que la pieza que faltaba en el rompecabezas empieza a encajar, aunque la incertidumbre le trague el juicio.

—Perdí a Alejandro hace mucho tiempo —continúa, la voz desgarrada en el borde del recuerdo—. Una tragedia que no solo destruyó mi familia, sino también mi alma.

Él aparta la mirada hacia la ventana, donde la ciudad de neón se extiende en un mar inabarcable de luces y sombras.

—Después de eso, ya no queda lugar para el amor, para la confianza. Solo queda sobrevivir al frío, a la mentira que nos consume.

El corazón de Elisa late con fuerza obscena. Sin darse cuenta, ha retrocedido varios pasos hasta chocar contra la pared helada. La verdad que Damián acaba de abrir le sacude hasta los huesos pero, al mismo tiempo, le produce una punzada familiar.

—¿Qué pasó con Alejandro? —repite, con la voz tan baja que parece un secreto confesado a la oscuridad.

Damián cierra los ojos y su labio tiembla casi imperceptiblemente.

—Él confiaba demasiado en la gente equivocada —dice al fin, con un suspiro entrecortado—. Y por eso, desapareció.

El silencio los envuelve otra vez, pesando como un manto que no se puede levantar.

Un ruido a lo lejos, el murmullo de la ciudad que sigue girando indiferente, pero aquí dentro, en esta habitación destrozada, las heridas ocultas acaban de abrirse para no cerrarse jamás.

De pronto, una imagen atraviesa la mente de Elisa con la fuerza de un relámpago: un viejo retrato familiar, el rostro de una niña que se parece demasiado al reflejo en el espejo.

Y entonces esa conexión invisible, sin que ninguno de los dos lo sepa aún, comienza a unir sus destinos en un lazo oscuro y fatal.

El golpe en el vidrio parece predecir el estallido que se avecina.

Elisa respira profundo, sus ojos se clavan en los de Damián, buscando la respuesta oculta entre las sombras de su voz.

—¿Qué tragedia? —insiste, casi con un susurro sin aliento.

Damián abre los ojos de golpe, como si el viento helado del pasado le atravesara el pecho.

—La que nos ata a ambos sin que siquiera lo sepamos —murmura, y su voz se quiebra en el filo de la verdad.

En ese instante, un golpe resonante se escucha en la puerta principal.

Los dos se giran al unísono, tensos, con el corazón corriendo en la garganta.

El silencio de la metrópolis parece contener el aliento, y fuera, la sombra de alguien que ha llegado para cambiarlo todo.

¿Quién lo es?

Pero nadie habla. Solo queda el latido shared, imparble, entre dos destinos cruzados en la oscuridad.

—Tendremos que abrir —dice Damián, la voz firme aunque el pulso le tiemble—.

El eco del golpe se repite, y con él, el comienzo de una verdad que nadie podrá ignorar nunca más.

Y a pesar de todo el ruido, un susurro se filtra por debajo de la puerta, como viento helado entre las grietas: un nombre que Elisa debería reconocer, pero que aún no espera escuchar.

—Elisa…

El mundo se congela.

Las heridas ocultas apenas comienzan a sangrar.