NoveliqaEntre Sombras y Susurros / Alianzas forzadas :0%
Log in

Chapter 16

Alianzas forzadas

Capítulo 16 Alianzas forzadas

El aire en la sala de juntas parecía haberse solidificado, como si el mundo mismo contuviera el aliento después de aquella última palabra. Elisa sintió la presión en el pecho, un dolor candente que crecía con cada latido, mientras contemplaba a Damián Cruz, el hombre que poco antes había jurado destruir. El reflejo mortecino de la pantalla de cristal detrás de él teñía su rostro con sombras duras, casi grotescas. Sus ojos, sin embargo, no tenían la arrogancia habitual; había miedo, pura urgencia.

—¿Qué demonios pasa aquí? —susurró Elisa, pero la voz le tembló.

Damián no respondió de inmediato. Cerró los ojos un segundo, como si intentara borrar de golpe la tormenta que se avecinaba. Luego estiró una mano hacia la mesa y golpeó con fuerza la superficie de caoba. El sonido retumbó por la sala, despertando a todos los presentes, que ahora posaban sobre ellos miradas cargadas de expectación y desconfianza.

—Hay una amenaza interna, y no es un rumor. —Su voz era firme, cortante—. Alguien está saboteando nuestras operaciones. No puedo permitir que nuestra empresa se venga abajo por un traidor.

Elisa tragó la saliva con dificultad. Sus ojos vagaron entre los rostros tensos de los ejecutivos reunidos, todos en silencio, expectantes ante aquella noticia que traía el eco de un desastre anunciado.

—¿Sabes quién es? —exigió ella, quitándose cualquier atisbo de temor.

Damián le lanzó una mirada intensa, como si la estuviera desafiando a sostener la verdad sin titubeos.

—No. Pero necesito tu ayuda. Y sé que tú también tienes cuentas pendientes aquí.

El tic nervioso en su mandíbula delataba una vulnerabilidad que él rara vez permitía. Elisa sintió un frío recorrerle la espina dorsal. La idea de un enemigo oculto, infiltrado, le recordaba peligros que prefería evitar. Pero más que eso, había en ese tono una invitación a una alianza improbable.

—¿Por qué yo? —preguntó, cruzándose de brazos—. ¿Vamos a fingir que nos importan los mismos intereses?

Damián sonrió, una mueca amarga. Se acercó lentamente, dejando atrás las apariencias de poder inquebrantable.

—Porque sólo tú puedes entrar en esos rincones donde yo no puedo. Porque tú conoces los secretos que yo no. —Se detuvo a un suspiro—. Y porque esta guerra no es contra nosotros; es contra alguien que quiere vernos muertos.

El silencio volvió a caer, pesado como una losa. Elisa sentía que el tiempo se comprimía, que cada instante que tardaba en responder era una cuerda en el cuello.

—¿Qué propones? —murmuró finalmente, dando un paso adelante—. ¿Un equipo conjunto? ¿Una tregua?

—Un pacto tenso —repuso Damián—. Pero necesario. Por ahora, la prioridad es sobrevivir a esta tormenta.

El perfumado olor a café recién hecho se mezcló con el sudor frío que Elisa notaba en sus manos. No podía negar la lógica —ni su propio instinto de supervivencia. Aquel enemigo común que los hacía aliados por necesidad, a pesar del abismo entre ellos.

—De acuerdo —susurró—. Pero con una condición: no caeremos en juegos sucios. Ni tú, ni yo.

Damián asintió, y en ese instante una pantalla enorme detrás de él comenzó a parpadear, mostrando en rojo urgente el nivel crítico de fallas dentro de la red corporativa.

—Mira esto —dijo, señalando—. Cada segundo que perdemos, estamos más cerca del colapso total.

El corazón de Elisa se aceleró. La magnitud del desastre parecía crecer con cada clic y alerta. No había tiempo para resentimientos.

—Entonces empecemos —dijo, tendiéndole la mano con una mezcla de desafío y esperanza.

Damián la tomó sin titubear, y ese choque breve de piel fue una promesa de que lucharán juntos, al menos por ahora, contra las sombras que los amenazan.

Pero detrás de sus ojos brillaba una pregunta sin resolver: ¿podrán superar las heridas profundas, las mentiras enterradas, para evitar un desastre aún mayor?

Y mientras el rugido apagado de las alarmas se intensificaba, un golpe seco sacudió la puerta de la sala.

Un nuevo jugador estaba a punto de entrar en esta guerra silenciosa.

—¿Quién diablos es a estas horas? —murmuró Elisa, la voz cargada de un miedo y una adrenalina que nadie podría apagar.

Y entonces, la cerradura giró lentamente...

...fin del capítulo.