Chapter 13
Capítulo 13 Susurros de noche
Un silencio helado se instaló en el pasillo después de que la figura desapareciera entre las sombras. Solo el eco discreto de unos pasos lejanos, amortiguados por la gruesa moqueta, rompía la quietud sepulcral.
Damián Cruz permaneció congelado en el umbral de su despacho. El aire parecía volverse más denso, como si invisibles dedos le comprimieran el pecho. La tormenta no era solo en el cielo; se gestaba ahora en cada rincón de su imperio.
Sus dedos comenzaron a temblar imperceptiblemente, mientras sus ojos, aún encendidos por la adrenalina y el desconcierto, escudriñaban la penumbra con una mezcla de rabia contenida y desconfianza creciente. No era la primera vez que enemigos intentaban infiltrar su territorio, pero que alguien se atreviera a cruzar la línea de su propio equipo, golpeaba directo donde más dolía.
Damián se obligó a respirar profundo, intentando anclar su mente en la realidad y no dejarse arrastrar por la tormenta emocional. Cada sonido, cada sombra, era ahora una posible amenaza. Con pasos silenciosos, se deslizó hacia la sala contigua, donde las luces nocturnas apenas dibujaban las formas de los muebles y las pantallas apagadas del centro de control corporativo.
De pronto, un murmullo llegó hasta sus oídos, tan suave que al principio creyó imaginarlo. Pero cuando se acercó al extremo del pasillo que conectaba con la sala de reuniones, el susurro se transformó en voces claras, pero encubiertas, cargadas de tensión y urgencia.
—¿Seguro que Damián no está enterado? —preguntó una voz grave, curtida por años de manipulación —. No podemos arriesgarnos a que se entere antes de tiempo. Toda esta jugada depende de que siga confiando en nosotros.
Otra voz, más aguda, casi un filo cortante, respondió:
—Por ahora, sus ojos están puestos en esa periodista. Elisa Montenegro distrae sus fuerzas. Pero si seguimos así, la lealtad podría quebrarse. Necesitamos un plan de contingencia.
Damián se mantuvo inmóvil, sintiendo cómo el puño cerrado le latía entre las costillas. Cada palabra era un puñal en su rincón más oscuro. ¿Su propia gente? ¿Aliados en la sombra tramando contra él?
El silencio entre ellos creció unos instantes antes de que uno de los hombres susurrara:
—Quiero que todo esté listo antes de la reunión de este viernes. No podemos fallar. Si Damián cae, la familia Cruz estará condenada para siempre.
Una sombra se deslizó tras la puerta que protegía la esquina y, sin darse cuenta, Damián hizo un paso atrás, sopesando sus opciones. Sabía que confrontar a esos traidores sin pruebas sólidas solo desataría un terremoto imposible de controlar.
Pero no podía permitirse el lujo de ser un espectador pasivo.
Su voz se quebró en un susurro helado:
—¿Qué clase de traición están tejiendo en mi propia casa?
Un golpe seco contra el marco de la puerta hizo que las voces se callaran de golpe. El corazón le golpeaba con fuerza mientras giraba lentamente, buscando el origen del ruido.
Nada.
Solo el vacío de la noche y un viento helado que colaba por la ventana entreabierta.
Y, aunque no podía verlo, sabía que lo estaban observando. En ese instante, la sombra de la sospecha dejó de ser rumor para volverse una amenaza tangible, capaz de devorar todo a su paso.
¿Quién en su estrecha corte podría volverse contra él? ¿Y cuánto tiempo le quedaba antes de que el verdadero golpe se desatara?
La noche se cerró a su alrededor, y el eco de esos susurros empezó a grabarse en su piel, como un veneno silencioso que no podía ignorar.
¿Qué conspiración estaban gestando en la sombra sus propios aliados?
El golpe final estaba a punto de caer.