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Chapter 8

Conflicto Interno

Capítulo 8 Conflicto Interno

El aire en el despacho de Alejandro se tornó denso, casi irrespirable. La luz mortecina de la lámpara proyectaba sombras largas que se arrastraban por las paredes, oscilantes como las dudas que comenzaban a invadirlo.

Sentado tras su escritorio de madera oscura, Alejandro dejó caer los dedos sobre la superficie con un ruido sordo. La imagen de Lucía seguía clavada en su mente, no como la enemiga fría y calculadora que debió ser, sino como algo... distinto. Sus ojos, llenos de furia y temor, ahora parecían reflejar una vulnerabilidad secreta, una verdad oculta bajo esa máscara de desafío.

Un golpe seco en la ventana lo hizo sobresaltarse. La tormenta nocturna afuera lanzó ráfagas de viento que zarandeaban las persianas, dejando danzar en el cuarto un juego errático de luces y sombras. La lluvia comenzaba a tamborilear contra el cristal, arrullando el espacio con una cadencia implacable, casi hipnótica.

Alejandro se llevó la mano al rostro, frotándose la sien con insistencia. ¿Era posible que en medio del odio, la venganza encontrara un resquicio para la complicación? ¿Una fisura permitiera colarse la simpatía, por mínima que fuera?

Recordó la firmeza con la que Lucía había encarado la verdad, esa mirada que no rogaba ni suplicaba, sino que demandaba algo más que su destrucción. Había en ella, contra todo pronóstico, una dignidad y un fuego que retaban no solo su poder, sino también sus convencimientos más profundos.

Un suspiro escapó seco de sus labios. La guerra que había planeado no contemplaba fisuras. Ni debilidades. Pero ahora, entre la niebla de sus pensamientos, un pensamiento punzante: ¿y si la línea entre enemigo y aliado no era tan clara? ¿Si esa frontera se desdibujaba con cada encuentro, con cada palabra no dicha?

En la pantalla de su laptop, el archivo con el expediente de Lucía parpadeaba, esperando ser cerrado. Pero Aleksandro no pudo apartar la vista. Memorias sutiles emergieron, como cuando ella se atrevió a mostrar un gesto vulnerable al descubrir el alcance de la amenaza que la envolvía. Esa fragilidad inesperada le quemaba como un fuego dulce y doloroso.

Un golpeteo, esta vez suave, en la puerta lo interrumpió. Miró hacia la entrada. “Adelante”, ordenó con voz ronca.

La figura de su asistente, Natalia, apareció al filo del marco, trajeada con la rigidez habitual, pero con una sombra de preocupación en el ceño.

—Señor, la reunión con los inversionistas... me dice que está retrasado—informó, con la mesura de quien teme alterar un equilibrio frágil.

Alejandro desvió la mirada del fondo del despacho, donde una fotografía antigua mostraba a su padre y a él en una inauguración. El rostro de aquel hombre endurecido reflejaba la exigencia de una herencia que él debía honrar, sin excepción.

—Diles que llegaré en veinte minutos—respondió sin perder la compostura, pero con un deje de desdén—. Y dime, Natasha... ¿has notado algo extraño en ella? En Lucía Márquez.

Natalia frunció el ceño, contemplando su propio juicio en el silencio.

—Ella es astuta, señor, y sabe defenderse bien. Pero esta vez noté algo diferente... como si ocultara más de lo que quiere revelar. No creo que sea solo calculadora o una simple víctima. Hay algo que no encaja.

Alejandro dejó caer la cabeza contra el respaldo de su silla. Esa certeza de que la amenaza no era tan sencilla lo carcomía por dentro.

—Exacto —musitó—. Y esa ‘algo’ me está desconcertando más de lo que quisiera admitir.

Un trueno atronó distante, sacudiendo las ventanas con un temblor breve pero intenso. Afuera, la ciudad seguía obsesionada con sus luces y sus secretos, y adentro, el corazón de Alejandro palpitaba más fuerte, arruinando la fría máscara que siempre había usado.

El peso de sus responsabilidades luchaba contra un torbellino de emociones que no podía ordenar. La venganza, el poder, el dominio... ¿serían suficientes para aplastar ese extraño sentimiento que estaba brotando?

De pronto, un mensaje apareció en su teléfono: un video filtrado, una imagen comprometida de Lucía. El material perfecto para destruirla. Podría enviar la orden y verla caer, para siempre.

Sus dedos temblaron en la pantalla táctil. La decisión pendía de un hilo invisible.

Se levantó de un salto, el aire de la habitación pareció enfriarse. Paseó de un lado a otro con la velocidad marcada por una obsesión creciente, sintiendo ese choque brutal entre lo que debía hacer y lo que en secreto deseaba evitar.

“¿Puede un enemigo dejar de serlo, aunque solo sea por un instante?”, pensó, antes de detenerse, mirando fijamente la pantalla.

El sonido seco de un clic interrumpió el silencio. Alejandro había detenido la reproducción del video.

Sus ojos se entrecerraron en una mezcla de resolución y duda.

La misión estaba clara. La batalla no estaba terminada.

Pero aquella chispa extraña —esa simpatía incómoda que apenas comenzaba a tomar forma— lo desafiaba a repensar todo.

El teléfono vibró otra vez. Una notificación urgente que podría tambalearlo: una llamada. El remitente, desconocido. El pulso se aceleró, la sombra interna se hizo más insondable.

¿Podría Alejandro separar sus emociones de su misión?

El eco de aquella pregunta quedó suspendido en el aire mientras la tormenta rugía afuera, y dentro, una guerra aún más feroz comenzaba a cobrar vida.