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Chapter 5

Miradas que Dicen Más

Capítulo 5 Miradas que Dicen Más

El aire en el despacho parecía haberse vuelto denso, casi palpable, como si cada átomo cargara el peso de lo que acababa de suceder. La voz de Alejandro aún reverberaba en su memoria, cada palabra punzante clavándose con la precisión de una daga invisiblemente afilada. Lucía apretó los dedos contra la mesa—una pequeña trenza invisible en sus nudillos—y trató de respirar con calma, pero el pulso le tamborileaba en las sienes.

El silencio, sin embargo, no era vacío. Estaba habitado por una corriente eléctrica que se colaba desde la espalda, reptaba hasta la nuca y envolvía cada poro en un zumbido inquietante.

—¿Quieres que me marche? —dijo ella, baja, sin levantar la vista.

Alejandro la miró, sus ojos oscuros destellando con una mezcla inquietante de furia y otra cosa más tenue, casi imperceptible. Había algo más ahí—algo que no encajaba con el odio furioso que usualmente desprendía.

—No. Por ahora —respondió, y su tono fue más cercano de lo que le habría gustado admitir.

Ella sintió la tensión replegarse entre ellos, tensarse como un hilo a punto de romperse, y entonces desvió la mirada hacia la ventana. La ciudad más allá parecía indiferente, iluminada por luces neón frías y brillantes que bailaban con la lluvia que comenzaba a caer.

Dentro del cuarto, la atmósfera parecía a punto de explotar.

Lucía pudo sentir, más que ver, la forma en que él la estudiaba. No era un estudio cortesano, ni siquiera inescrutable; era un escrutinio afilado, crudo, que la desnudaba sin tacto. Quiso sentirse irritada, ofendida, pero una parte de ella—esa que no quería admitir que existía—se estremeció bajo aquella mirada.

—¿Qué buscas realmente, Alejandro? —preguntó, con la voz contenida, casi un susurro.

Él ladeó apenas la cabeza, como evaluando si valía la pena responder. Pero entonces, y de un modo que la tomó por sorpresa, acercó un paso hacia ella, el sonido de sus botas amortiguado por la alfombra oscura.

—No puedo aburrirme con lo simple, Lucía —murmuró—. Quiero conocer hasta dónde llegarías.

Un hilo de risa amarga escapó de sus labios, como una tormenta contenida. Ella se tensó.

—¿Hasta destruirme? —quiso saber, pero sus palabras carecían del cinismo usual.

Una sombra cruzó el rostro de Alejandro. Por un instante, una chispa de duda o algo cercano al arrepentimiento pareció alzarse. Luego, dijo:

—Hasta que deje de ser divertido.

Su broma negra colapsó la distancia. Ahora estaba a apenas medio metro de ella. Lucía sintió el calor cauteloso de su aliento, mezclado con el aroma a cuero y café fuerte que siempre lo acompañaba.

—¿Y si te dijera que quizás no quiero pelear? —aventuró él, dejando que sus palabras pendieran en el aire como una promesa o una amenaza.

Lucía tragó saliva, sin sacar el labio de entre sus dientes.

—Entonces, ¿qué eres? —inquirió.

El silencio que siguió fue más denso que cualquier intercambio verbal.

Alejandro bajó la guardia por un fracción de segundo, lo suficiente para que ella notara algo: una tensión contenida, un daño apenas disimulado bajo su máscara impenetrable.

Sin poder evitarlo, ella dio un pequeño paso hacia atrás, como si retroceder la hiciera menos vulnerable. Él no la siguió.

“Demasiado cerca,” pensó Lucía, con la urgencia palpitando en su pecho.

Pero algo la frenaba. Algo que no tenía nombre.

Su mirada se cruzó de nuevo con la suya, rígida y eléctrica. En esa intersección hubo un instante de reconocimiento: no sólo eran rivales. Había secretos enterrados en ese silencio, preguntas sin respuesta, una energía peligrosa y magnética.

Alejandro rompió la tensión, volviendo a enderezarse.

—No todo es lo que parece —dijo, con voz firme—. Ni para ti ni para mí.

Antes de que Lucía pudiera replicar, un golpe fuerte resonó en la puerta. Ambos saltaron, alarmados.

—¿Quién…? —empezó ella, pero ya sabía.

Alejandro levantó una mano con un gesto seco.

—No abras —ordenó, y lo dijo con una autoridad innegable, el frío que había quedado entre ellos congelándose de nuevo.

Los dos se quedaron inmóviles, escuchando el eco del ruido en el pasillo.

Un segundo golpe, más insistente.

Quienquiera que estuviera ahí fuera no se daría por vencido tan fácilmente.

Lucía sintió cómo su corazón latía con una fuerza desbocada, no sólo por el peligro evidente, sino por el deseo oscuro que ni ella misma terminaba de entender.

Alejandro alzó la voz, esta vez menos seco, casi cuidadoso.

—Lucía, tenemos que decidir. ¿Esto es solo odio... o es algo mucho más peligroso?

Ella lo miró fijamente, con todos los sentidos alerta.

—No lo sé —confesó—. Pero no puedo escapar de estas miradas. No sin saber qué esconden.

El silencio volvió a caer, pesado y expectante, mientras la puerta vibraba con un tercer golpe.

¿Cómo llamarían a lo que oscilaba entre ellos? ¿Una guerra sin fuego… o una guerra entre llamas?

La respuesta estaba aún suspendida en el aire, atrapada en una mirada que prometía tormenta.

Y entonces...

—Déjame entrar —una voz firme, desconocida y rotunda, cortó el corazón de la escena como un cuchillo.

Ambos giraron hacia la puerta, conscientes de que en ese instante, nada volvería a ser igual.