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Chapter 17

Confesión a Medianoche

Capítulo 17 Confesión a Medianoche

El silencio después del estallido de la verdad se sentía casi imposible de sostener. Lucía tuvo que cerrar los ojos un segundo, como para recuperar el aire que parecía escaparse de sus pulmones en un suspiro entrecortado. La habitación oscura, apenas iluminada por la tenue luz azulada de la ciudad que se filtraba por el ventanal, le parecía ahora un laberinto donde cada sombra ocultaba un pasado que, hasta ese momento, había preferido negar.

Alejandro permanecía de pie frente a ella, la mandíbula tensa, ojos oscuros que buscaban algo más que reproche o distancia. Había algo en su expresión, en esa vulnerabilidad inédita que se colaba entre sus arrugas de dureza, que la descolocaba más que cualquier amenaza o insulto.

—Lucía —susurró él, la voz quebrada por un peso que no había dejado caer hasta ese instante—. No puedo seguir fingiendo.

Ella levantó la cabeza, encontrando su mirada sin apartarla. La frialdad que tantas veces le había retumbado como un vendaval helado, ahora era un fuego que amenazaba con quemar los cimientos de su defensa.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, aunque sabía que esa pregunta era el inicio del fin de todo lo que habían sostenido con mentiras.

Alejandro dio un paso adelante, un avance lento, medido, como si acercarse a ella fuera atravesar un campo minado invisible. Su mano tembló al rozar con un dedo delicado el costado de su rostro, un gesto tan improbable como incendiario.

—No solo te odio, Lucía —confesó, la voz baja, apenas audible—. Te... deseo. Te admiro, a mi manera torcida, sí. Pero sobre todo, te necesito.

La declaración cayó en el aire como una gota de tinta negra extendiéndose sobre un papel blanco: manchando todo, irreparable.

Lucía sintió que el mundo giraba sin control, el vértigo amenazando con derribarla. La rabia que había alimentado durante meses se mezclaba con un calor extraño que brotaba en su pecho, rozando el borde de la confusión.

—Eso es imposible —murmuró—. Somos enemigos. Siempre lo hemos sido.

Pero Alejandro negó con la cabeza, como si desmintiera no solo sus palabras, sino un destino marcado.

—Quizá esa línea entre enemigo y amante nunca fue tan clara como creímos. Hace tiempo que te observaba desde lejos, queriendo destruir tus defensas... y, al mismo tiempo, queriendo descubrir quién eras realmente debajo de esa armadura.

El roce de sus dedos, ahora más firme, la cautivó y asustó a un tiempo.

—¿Y qué has descubierto? —su voz se quebró en la última palabra, una confesión inadvertida de su interés inesperado.

—Que eres más fuerte y frágil de lo que aparentas. Que cada mentira que te cubre es una promesa rota que llevas con orgullo. Y que, de algún modo, también estoy roto, y tú eres el espejo donde veo mis pedazos dispersos.

Las palabras de Alejandro crearon una tensión que no podía romperse con argumentos ni evasivas. Lucía sintió que sus manos se apretaban, que la piel se le erizaba con un deseo prohibido pero innegable.

De pronto, el silencio de la noche fue interrumpido por un golpeteo sutil en la puerta del estudio. Ambos se giraron, y la interrupción fue como una cortina que cayó abruptamente entre ellos.

Pero antes de que cualquiera de los dos pudiera reaccionar, Alejandro susurró:

—¿Lo aceptarás?

Sus ojos, intensos y esperanzados, buscaban en ella una respuesta que ni siquiera ella sabía si estaba preparada para dar.

El reloj marcaba la medianoche, y en ese instante exacto, la línea entre enemigos y amantes se volvió irremediablemente difusa.