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Chapter 15

Alianza Frágil

Capítulo 15 Alianza Frágil

El eco de aquella pregunta, suspendida como un suspiro en el aire cargado de la habitación, se aferraba a Lucía con la densidad de un manto pesado. Afuera, la ciudad seguía respirando, implacable, sus luces titilando como luciérnagas en la oscuridad que parecía devorar aquella tregua improvisada.

Lucía bajó la mirada, y en sus ojos danzaba el reflejo tembloroso de la ventana. Su piel estaba fría, pero su mente ardía en llamas que sólo ella podía sentir: el rumor de una alianza que antes parecía imposible, ahora se tensaba como una cuerda a punto de romperse o de catapultarlos hacia un destino incierto.

—Tenemos que decidir —susurró ella, su voz casi un hilo en la penumbra.

Alejandro, a su lado, evitó su mirada. Sus manos, apretadas en puños, dejaban entrever la lucha interna que convertía su semblante en una máscara rota de ira y dilemas no confesados.

—No es confianza lo que nos une —contestó con esa voz rasposa que solía herir más que cualquier cuchillo—. Es miedo y necesidad. Dos enemigos contra un monstruo mayor.

El silencio volvió a caer, como si la habitación contuviera el aliento, aguardando el siguiente movimiento. Lucía sintió que su propio corazón latía tan fuerte que podía hiperventilar. Una alianza frágil, tejida con los hilos de antiguos rencores y heridas abiertas que apenas tenían costuras. ¿Sería un puente hacia la salvación o una trampa disfrazada?

Un golpe seco resonó contra la puerta y sacudió la frágil burbuja de sus pensamientos.

—Disculpen la intromisión —la voz era clara, firme, pero teñida de urgencia—. Ya perdimos tiempo suficiente.

La puerta se abrió apenas unos centímetros y apareció Adrián, el rival que durante meses había competido con Lucía en la pasarela y en las salas de diseño, pero que, en esta pelea, también podía convertirse en pieza clave.

Lucía guiñó un ojo a Alejandro, una silenciosa invitación a seguir adelante. No tenían otra opción.

—Entramos —ordenó el joven con un gesto que había dejado atrás toda arrogancia, reemplazada por un arduo deseo de supervivencia—. Lo que está en juego es más grande que nuestras diferencias.

En ese instante, Lucía observó algo nuevo en Adrián: la urgencia no sólo nacía del peligro externo, sino de una herida que también mordía su alma.

El trío se cerró en un círculo apretado, donde las palabras se volvieron cuchillas, verdades olvidadas se desplomaban, y pactos se forjaban con promesas que podrían romperse con un suspiro.

—La amenaza —empezó Alejandro mientras clavaba sus ojos en Lucía, su voz baja y controlada como una tormenta contenida—, no permite fisuras. No podemos permitirnos distracciones ni errores.

Lucía asintió, sintiendo cómo su pecho se comprimía. El miedo a ser traicionada latía con fuerza, pero la desesperación por proteger lo que más amaba la empujó a morderse el labio y aceptar aquella realidad.

—Entonces, ¿qué proponemos? —preguntó Adrián, sin rodeos.

—Dividiremos fuerzas —dijo Alejandro, y su mirada se endureció como piedras en el fondo de un río—. Lucía y yo nos encargaremos de controlar el origen. Tú, Adrián, asegurarás las salidas. Nada puede quedar librado al azar.

Mientras hablaban, el aire se calentaba —el roce invisible de años de rencor luchando con la urgencia que los obligaba a tender puentes. En ese instante, Lucía recordó por qué odiaba depender de ellos tanto como los necesitaba.

Pero, cuando la puerta volvió a moverse, esta vez abierta de par en par, la figura que apareció heló la sala.

—¿Una alianza? —La voz era una daga afilada, venenosa—. ¿Ya decidieron quién será el traidor?

Todos giraron al unísono, y el frío destino les mostró una sonrisa oscura bajo la luz mortecina.

Era la sombra que los acechaba. Aquel enemigo común que prometía que la línea entre amigo y enemigo era más insidiosa de lo que jamás imaginaron.

Lucía se quedó paralizada, el corazón dando un vuelco, la garganta seca, mientras Alejandro apretaba la mandíbula y Adrián se preparaba para la batalla que estaba por empezar.

¿Sería esta alianza la clave para sobrevivir o su ruina?

El silencio se rompió solo en susurros y en una tensión que prometía ser su última frontera.

La ciudad afuera nunca había parecido tan despiadada.