NoveliqaEntre Sombras y Promesas Rota / Traiciones a la Vista :0%
Log in

Chapter 12

Traiciones a la Vista

Capítulo 12 Traiciones a la Vista

Lucía apretó los dedos contra el frío del alféizar, con las luces de la ciudad jugando a destellos opacos bajo sus pupilas dilatadas. Su respiración era un hilo tembloroso que se perdía en el silencio de su departamento, como si el ruido del mundo fuera una amenaza demasiado grande para traspasar esa frontera. Aquel pequeño respiro, débil pero constante, escondía la tormenta que se abría en su interior.

Un susurro extraño, casi imperceptible en la memoria fresca de su mente, comenzó a arañar en sus pensamientos: ¿Quién pudo haber revelado sus bocetos? ¿Quién le había vendido a Alejandro esa certeza cruel?. Las sospechas se enroscaban como serpientes invisibles, veneno lento que corredía de a poco.

No podía cerrar los ojos sin revivir el instante en que su diseño más íntimo apareció filtrado en aquella revista de modas, anunciando una traición que destrozaba su confianza pieza por pieza.

—No puede ser Sofía... —murmuró entrecortada, la voz quebrándose como vidrio bajo presión. Pero un pequeño gesto habitual, una frase demasiado ensayada durante la llamada con la diseñadora, se le había quedado grabado en el oído.

En la mesa, el teléfono vibró una y otra vez hasta que ella, ya incapaz de contener el nudo en la garganta, contestó.

—¿Lucía? —la voz al otro lado era temblorosa, como si alguien tratara de ocultar un secreto demasiado pesado. —¿Sofía?—el nombre salió con una mezcla de esperanza y desafío—. ¿Qué sabes?

Hubo un silencio corto, demasiado corto para pasar desapercibido. —Nada que pueda decir ahora... pero no estás sola, prometo ayudarte —la voz se volvió fugaz y luego... silencio.

Cerró los ojos, tratando de ordenar ese rompecabezas que no encajaba. El calor del recuerdo se hizo ceniza, oscuro y amargo. Luca, su asistente, era la otra pieza mal encajada. Su lealtad había sido incuestionable, hasta que aquel mensaje borrado apresuradamente en su pantalla dejó un eco hélido en Lucía.

Decidió entonces dejar que la noche fuera testigo de su investigación. Cada paso, cada conversación, cada mirada cargada de doble sentido tenía ahora un peso insostenible. Recordó con precisión el brillo en los ojos de Diego, el fotógrafo de la última sesión, cuando algo pareció cambiar aquella tarde, como si la cámara hubiera atrapado más que sólo imágenes.

Lucía no confiaba en nadie, y esa era la ironía más cruel: la soledad había sido su refugio y su prisión. La delicada línea entre quien caminaba a su lado y quien le apuñalaba por la espalda se difuminaba cada vez más rápido.

Dos golpes secos en la puerta interrumpieron su tormento. El corazón le saltó a la garganta. En la oscuridad, todo parecía una sospecha viva, un peligro latente.

—¿Quién es? —preguntó con voz firme, aunque casi sin aliento.

—Soy yo, Lucía. Tengo que hablarte. —La voz era conocida y un sobresalto oscuro la recorrió por dentro.

La puerta se abrió apenas unos centímetros. Quien estaba del otro lado era alguien a quien ahora miraba con ojos nuevos, distintos. Un enemigo disfrazado de amigo, un aliado que podía ser la chispa que encendiera el incendio.

—¿Por qué? —susurró ella, temblando entre el deseo de cerrar para siempre esa rendija y la necesidad terrible de saber la verdad.

El juego apenas comenzaba, y en el tablero de sombras, cada movimiento podía ser la condena definitiva.

¿Quién es el enemigo oculto dentro de su círculo de confianza?

Y la noche, silenciosa, aguardó por la respuesta.