Chapter 9
Capítulo 9: El Ataque a Medianoche
El aullido rasgó la penumbra como un puñal afilado. El aire vibraba, cargado de una electricidad que hacía erizar la piel. Kieran clavó los dedos en la tierra húmeda, sintiendo su pulso retumbar en cada vena. La manada, alerta, se agitaba en ráfagas de sombras y movimientos nerviosos.
—¡A sus posiciones! —ordenó Kieran, con la voz grave, cortante como el hielo que parecía congelar cada aliento alrededor.
Los hombres y mujeres que lo rodeaban respondieron sin vacilar; sus ojos brillaban con la lealtad feroz de quienes han nacido para defender algo más que su vida. Selene estaba cerca, y eso hacía que aquel momento fuera una tormenta helada surcando su pecho.
El cielo nocturno, siempre teñido por la niebla perpetua, dejó caer un silencio pesado, como si el bosque contuviera el aliento. De repente, un estrépito seco—troncos quebrándose, hojas pisoteadas—y un grupo invisible de sombras irrumpió con la violencia de un huracán.
Kieran se giró justo a tiempo para atrapar el brazo de un agresor cubierto de colmillos de hierro. Su mirada encontró la de Rael, pero no. No era Rael. Era otro, un traidor que había vendido secretos a los lobos enemigos.
La tempestad de patas, gritos y metal desató una danza sangrienta y caótica.
—¡Proteger a Selene! —gritó Kieran, lanzándose en su defensa, sintiendo la furia ancestral brotar como lava en sus entrañas.
La mujer destinada a romper su mundo estaba a pocos metros, envuelta en el halo azul de la luna que atravesaba la bóveda de niebla. El corazón de Kieran golpeaba sus costillas con fuerza implacable.
Justo cuando un aullido diferente y agudo surgió del linde, un enemigo logró escabullirse entre proyectiles y golpes, y sin que nadie pudiera reaccionar, se abalanzó sobre Selene. Pudo ver la sombra caer sobre ella, su cuerpo enredándose con la suya, antes de que desaparecieran en la oscuridad fumosa del bosque.
Los dedos de Kieran se cerraron con fuerza, temblando de rabia. Tal vez cinco segundos antes, había tenido la oportunidad de impedirlo.
—¡No! —vociferó, sentándose desgarbado, los ojos clavados en el lugar donde la figura de Selene se había esfumado.
Los miembros de la manada se reagruparon, jadeantes, cubiertos de corteza arrancada y sangre fresca. El silencio recuperó su territorio con un peso inconmensurable.
—¿Qué buscan con ella? —El tono de Kieran no admitía réplica, pero nadie podía responder esa pregunta en la negrura que tragó a su destino.
El crepitar distante de ramas bajo pasos sutiles les recordó que la oscuridad aún tenía secretos. Kieran reunió su voluntad, la amenaza arañando la piel como plumas negras.
—Esta noche, la guerra dejó de ser un susurro. Y pagarás por esto, maldito esa… —su voz se quebró un instante antes de cerrarse en un gruñido cavernoso.
Sus ojos se clavaron en la nada, en la ruta que había tomado Selene, incierta pero ineludible.
La luna, testigo silente, reflejó en sus pupilas la chispa de un hombre que no se rendiría ante sombras ni traiciones.
Pero el bosque escondía una verdad devastadora, que esperaba para quebrar su alma.
Un segundo aullido, más cercano, anunció que el peligro estaba aún más cerca.
Kieran tensó los músculos, sus manos buscando su daga como un niño se aferra a un barco en la tormenta.
Su corazón, ahora herido por el vacío, latía por venganza y por amor.
Y la noche, implacable, se llevó a Selene.
Un susurro escalofriante salió del viento:
—No es solo ella lo que quieren.
La manada miró hacia la profundidad malsana del bosque, donde sombras se movían.
Un nuevo combate entre lobos estaba a punto de comenzar.
Pero esta vez, el juego era distinto.
Porque con cada latido, el destino de Kieran se hacía más oscuro y más claro a la vez.
Selene era el todo y la mitad rota de un futuro que pendía de un hilo.
Y mientras la oscuridad tragaba su silueta, una pregunta cayó como cuchillo frío:
¿Qué buscan con ella?
El viento susurró la respuesta en el oído de Kieran, pero su boca permaneció sellada, atrapada entre la rabia y el miedo.
Entonces, una figura emergió de la neblina.
Un enemigo distinto.
Alguien que conocía su nombre.
Y la noche sólo acababa de empezar.