Chapter 8
Capítulo 8 Alianzas Oscuras
El aire vibraba en torno a Rael Thorne cuando cerró los ojos. La bóveda de la cueva resonaba aún con el eco de aquel poder desatado, el mismo que había roto el alma de su hermano para siempre. Un alivio venenoso lo invadió: la tormenta interna de Kieran se había desatado, pero su control, su destino… ahora pendía de un hilo.
—No me subestimes, hermano —susurró Rael con una sonrisa que no alcanzó sus ojos, perdidos en las llamas que bailaban ante él.
En la penumbra, la figura de una mujer emergió de las sombras. Era Alzira, líder del clan humano del Valle Sombrío, conocido por sus artes oscuras y pactos prohibidos. Sus ojos destellaban con una intensidad fría y calculadora, una serpiente que olfateaba el miedo.
—Has traído la sombra hasta aquí —dijo ella, la voz como terciopelo con filo—. Pero también la oportunidad. Rosa negra entre las ruinas, dices que el poder ha despertado, ¿no es así?
Rael asintió, y en sus labios curvó una mueca segura.
—El Alfa de Thorne se encuentra dividido, vulnerable como nunca. La manada ahora puede ser desmembrada... si sabemos cómo golpear. No quiero solo la cabeza de Kieran, quiero que su reina se arrodille delante de mí.
Los dedos de Alzira jugaron con un relicario de plata, tallado con runas olvidadas, mientras pensaba en las multitudes ocultas tras los mitos y en las debilidades que solo los humanos podían explotar.
—Has visto sus cambios, su poder oscuro —dijo—. Pero no entiendes que en medio de esas sombras, la alianza entre lobos y humanos siempre mantuvo el equilibrio. Ahora, la balanza se inclina y tú puedes ser el puente… o el abismo.
Rael avanzó, acercándose a aquella figura enigmática que le ofrecía una alianza con un precio desconocido.
—¿Qué propones? —su voz rugió hacia el hueco del templo.
—Tú me permites acceso al corazón de la manada —respondió Alzira—, y yo desato la tormenta que Kieran no puede controlar. Manipularé a sus humanos y a los lobos que desconfían de él. Mi clan tiene armas que tu raza no puede imaginar, venenos, fogonazos de muerte, secretos antiguos que borran rastros y lealtades.
Los ojos de Rael se encendieron al escuchar las palabras, la promesa de poder palpándose en el aire.
Pero no todos los pactos podían sellarse sin un precio...
Alzira extendió una mano huesuda, la palma abierta. Ante ellos, los tintes del ritual comenzaron a inundar la estancia; el fuego se volvió azul y la humedad de la selva penetró sus huesos.
—Un juramento de sangre —dijo—. Sella tu palabra con la mía, Alfa caído.
Rael negó con la cabeza por un instante, pero luego hundió un cuchillo pequeño en su palma. La sangre brotó oscura, casi negra, y al mezclarla con la de Alzira, un humo denso comenzó a subir, escondiendo figuras antiguas, sonidos incomprensibles, como un susurro ancestral en un idioma olvidado.
Un latido retumbó en sus oídos. El pacto había sido sellado.
Afuera, el bosque parecía contener la respiración. En la distancia, la niebla se volvió más espesa. Los lobos percibieron un cambio imperceptible en el viento, una amenaza que se acercaba con pasos pesados y armados.
Los primeros gruñidos dieron paso a murmullos humanos desde el límite del territorio: soldados enfundados en armaduras improvisadas, mezclados con mercenarios y cazadores. Sus ojos calculadores escudriñaban el dominio salvaje.
Rael salió de la cueva con la sombra de la victoria dibujada en su rostro.
Desde el horizonte, una columna de figuras emergía como una mancha gris en el olvido verde.
El ataque comenzaría en breve.
Y la manada, sin saberlo, estaba a punto de ser devorada desde las entrañas.
Un disparo cortó el silencio, seco y rasgado como una garra invisible.
Kieran, al otro lado del valle, alzó la cabeza hacia esa muerte que anunciaba la guerra.
—Esto apenas comienza —musitó, con la furia de mil lobos latentes en su pecho—.
El viento arrastró un lamento de guerra.
Los lobos respondieron.
La cacería de alianzas oscuras había comenzado.