Chapter 7
Capítulo 7: Poderes Despiertan
La niebla se espesaba, arrastrándose entre los árboles como un aliento frío que ahogaba el último atisbo de luz. Kieran jadeaba, la espalda apoyada contra el áspero tronco de un algarrobo viejo, las manos apretando el colgante que Selene le había entregado cuando la revelación se había desplomado sobre ellos como un torrente incendiado.
Sentía el cuero de su piel erizarse.
El latido en su pecho era un tambor incansable que resonaba en toda la selva. No solo por el miedo o la duda, sino por un fuego interno que emergía como un torrente impetuoso, lento al principio, pero imparable.
En la penumbra, vio la figura de Selene. Sus ojos, iluminados por un brillo extraño, como si las estrellas hubieran quedado atrapadas en ellos. No dijo palabra, pero Kieran supo que en esa mirada había algo más que miedo o incertidumbre: había poder.
—¿Lo sientes? —su voz emergió, suave y profunda al mismo tiempo—. Esto no es solo legado. Es un despertar que puede quebrar o fundar todo lo que conocemos.
Kieran se acercó, sin apartar la vista de aquella luz tenue que emanaba de sus pupilas. Había algo en ella que desafiaba la lógica, un murmullo ancestral que parecía llamar a las raíces mismas de la naturaleza.
De repente, un aullido rompió el silencio, un sonido que perforó el pecho y se extendió como una sombra fugaz por toda la manada. No era un aullido común. Era un llamado cargado de fuerza cruda y antigua, un rugido que parecía venir de las entrañas de la tierra.
Los lobos emergieron de entre la bruma, sus cuerpos cubiertos por una capa plateada que brillaba bajo la luna creciente. Sus ojos destellaban ferocidad, pero también una inexplicable reverencia.
Kieran tensó los músculos. Podía notar cómo cada fibra de su ser vibraba en sintonía con aquel grito salvaje. Selene se acercó más, y de repente juntaron las manos. En ese instante, una chispa recorrió su piel, recorriendo venas, huesos, como si la energía encerrada en años de historia marcada por sangre y memoria se liberara en ellos.
—Esto es lo que nos prometieron —susurró Selene—. El poder de la luna llena. El poder que despierta solo en aquellos que realmente son la manada.
Él miró el cielo y la luna se había ensanchado, lanzando un haz de luz que atravesaba la niebla como una daga. El aura alrededor de Selene y él comenzó a pulsar en sincronía con los latidos del bosque.
Los lobos aullaron de nuevo, esta vez en una melodía que helaba la sangre y calentaba la piel al mismo tiempo, como una canción de cuna y guerra.
Y entonces, sin previo aviso, la tierra tembló levemente, desprendiendo una vibración profunda que revelaba que esa noche nada sería igual.
Un temblor en la selva anunció que algo se movía en las sombras, algo invisible hasta ahora, una fuerza desconocida y ancestral despertaba junto con la luna.
Kieran se giró hacia Selene, el pulso desbocado, consciente de que aquella noche la manada y el destino de todos ellos pendían del filo de un poder que ni él ni su hermano Rael podrían comprender.
El susurro del viento trajo consigo una promesa velada y siniestra: aquello que despertaba no solo protegería, sino también destruiría.
Y entonces ocurrió.
Un golpe seco, un grito desgarrado y la sombra de una figura que emergía de la espesura al borde del claro.
Kieran alzó la mirada justo a tiempo para ver unos ojos que resplandecían con un brillo carmesí y, en un instante, entendió que la lucha por el alma de la manada sólo era el preludio.
La fuerza desconocida comenzaba a manifestarse...
—¡Selene, atrás! —gritó, aunque ya era demasiado tarde para detener la avalancha.
El aire se rasgó con un chasquido, y la selva entera pareció contener la respiración mientras sombras y luces se mezclaban en un torbellino imposible de detener.
Kieran sintió una presión agobiante en el pecho, un llamado ancestral y salvaje que lo arrastraba hacia un destino que, por fin, parecía ineludible.
El poder había despertado.
Y nada volvería a ser igual.