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Chapter 6

El Legado Revelado

Capítulo 6: El Legado Revelado

La niebla no había cedido ni un ápice cuando la puerta se cerró tras el último susurro de la manada. Salieron tras de ella los murmullos de dudas, la sombra alargada del peligro que acechaba entre los árboles miles de ojos invisibles. Kieran Thorne quedó solo en la penumbra del refugio, la madera crujiente bajo sus pies mezclándose con el latido sordo que sentía en el pecho. Cada inhalación le quemaba como una llama contenida, cada exhalación se escapaba trémula, cargada de un presagio que no lograba descifrar del todo.

Las palabras de Selene retumbaban con fuerza en su cabeza, atropellando su raciocinio: «—Soy hija de tu hermano, Kieran. Hija del Alfa desaparecido.»

El eco de esas voces quebrantadas todavía jugaba con sus nervios, como un eco fantasmagórico danzando en el silencio opresivo.

Extendió la mano sin pensarlo, tocó la mesa con la palma abierta y notó el frío punzante del musgo que se había filtrado por las hendiduras. Su mente giraba en espiral. Durante años, la manada había creído en un futuro cimentado sobre su liderazgo, pero ahora la verdad se desvelaba como una sombra desgarbada y letal.

El silencio del lugar fue como un puñal que le atravesó las entrañas. Kieran sintió la urgencia de respirar profundamente, tratando de encontrar un punto fijo en ese torbellino de confusión. Pero la confusión era solo el preludio del terremoto.

Entonces la puerta volvió a abrirse, deslizándose lentamente, y Selene apareció en el umbral. Su rostro estaba bañado por una luz blanquecina, los ojos brillaban con una mezcla confusa de miedo, rabia y una determinación que erizaba la piel.

—Kieran —su voz vibraba como un cuchillo afilado—. No puedo ocultarlo más.

Él la observó, midiendo sus palabras con cada parpadeo. Nada en ella era falso. Algo profundo irrumpió en su pecho, un latido ancestral que no supo reconocer al principio.

—¿Por qué ahora? —su pregunta emergió rasposa, el peso del tiempo acumulado haciéndola casi insoportable.

Selene avanzó unos pasos, la niebla envolviéndola como una corona grisácea. Extendió la mano, pero no para tocarlo, sino para señalar con autoridad el viejo cojín de cuero que descansaba sobre la mesa, gastado por los años.

—Este. Este es el legado que me pertenece. —Sus dedos se cerraron en un puño que parecía contener siglos de silencios.

Kieran se inclinó, sus ojos escrutando el objeto polvoriento: un collar de plata con el símbolo del Alfa, tallado con precisión y cubierto por un diseño extraño que parecía guardar secretos en sus recovecos.

Había escuchado hablar de ese símbolo solo una vez, en flashes heredados de sus ancestros, enterrados bajo la capa de historias olvidadas y traiciones mortales.

—¿Quién te lo dio? —la voz de Kieran contenía el fragor de un trueno contenido.

—Nadie —Selene respondió, la mandíbula tensándose—. Lo encontré en la cueva donde mi padre desapareció hace años. Allí estaba, justo donde me lo había dejado, junto a una carta que nunca antes había tenido valor para enfrentarme a leer.

Suspiró, y por primera vez, una lágrima surcó su mejilla iluminada por la débil luz que colaba la ventana.

—Dice que todas las dudas eran mías para enfrentar. Que ese símbolo es la llave para unir la manada. Que solo la sangre verdadera podrá salvarnos de la sombra que suelta Rael.

Kieran comprendió, en un segundo que lo desmembró, que Rael—su hermano ambicioso, el traidor de ojos fríos—había ocultado esa verdad despiadadamente.

—Si esto es cierto —murmuró, las palabras saliendo del fondo de su garganta—, significa que tú… tú eres la verdadera Alfa.

El tiempo pareció detenerse. La niebla golpeaba con un susurro espeso contra el cristal de la ventana, anunciando la tormenta que se avecinaba.

Selene lo miró con una mezcla de orgullo indómito y miedo profundo.

—Así es —dijo. Y en sus ojos se reflejaba una llamarada desconocida, terrible por su brillo—. Y no voy a dejar que nadie me arrebate lo que por derecho me pertenece, ni siquiera tú, Kieran.

Un silencio cargado de electricidad se estableció entre ellos.

Tenía la dura certeza de que aquel instante marcaba el principio del fin, o quizás, la única posibilidad de un nuevo comienzo para la manada.

Entonces, un golpe violento resonó en la puerta, una llamada inesperada que rompió el momento con violencia.

Kieran clavó la mirada en Selene, y en el brillo profundo de su nariz retorcida por la guerra que había sido su vida, supo que nada volvería a ser igual.

—Tenemos que prepararnos —susurró, sin apartar sus ojos de ella—. La manada está a punto de enfrentarse con su destino.

Y mientras la sombra de su hermano Rael se alzaba invisible pero letal en los confines de la selva, Kieran comprendió que aquel legado revelado era a la vez su salvación y su condena.

La niebla parecía cerrarse a su alrededor, la selva jadeaba y susurraba con voz de lobo.

El combate por el alma de la manada apenas comenzaba.

Fin del capítulo 6.