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Chapter 2

La Llegada de la Extraña

Capítulo 2 La Llegada de la Extraña

Kieran sintió el aire cortarse en su garganta. La figura emergida de la niebla no era Rael, ni sombra alguna de esos conflictos que saturaban su mente. Era ella.

Sus ojos, africanos bajo la luz opaca del amanecer, brillaban con un fuego que parecía arder más allá de lo visible. El viento arrastraba mechones oscuros que rozaban su rostro como dedos susurrantes; la humedad de la selva besaba su piel con un tacto frío y extraño, como si la naturaleza misma reconociera ese instante como único.

Los músculos tensos de Kieran se relajaron involuntariamente, aunque una alerta ancestral seguía anidada en lo profundo de su instinto. No era sólo una mujer que aparecía en su territorio. Era una presencia que retaba el orden del mundo que conocía.

—¿Quién eres? —La voz de Kieran, profunda y ronca, rompió el silencio con un filo cortante, apenas disfrazando la tormenta que ardía por dentro.

Ella avanzó un paso, su mirada fija en la suya. Un halo de misterio la envolvía, y el leve aroma a tierra mojada y madera quemada que exhalaba la conectaba con aquello intangible que definía la selva.

—Selene —respondió ella con voz serena, aunque con un matiz firme que no admitía réplica—. He venido porque hay mucho que depende de esta manada. Y de ti, Kieran Thorne.

El nombre resonó como un eco en la mente del Alfa, despertando recuerdos que aún le dolían en las entrañas. No esperaba conocer a alguien que pronunciara su nombre con tal certeza e intimidad sin ser parte de su círculo más cercano.

El aire se espesó, cargado de presagios que la bruma crecía lentamente a su alrededor, tragando los contornos de la selva. Las hojas susurraron, como si la misma naturaleza quisiera advertir, o quizá bendecir, a ese encuentro.

Rael seguía desaparecido, pero su sombra se sentía en el roce frío que se instaló en el ambiente. Kieran tuvo que cerrrar los puños para apretar un instante el mundo real contra el vértigo que lo arrastraba a un abismo desconocido.

—¿Qué sabes sobre la manada? —su voz, ahora una mezcla resuelta de mando y curiosidad, buscaba aún comprenderla y medirla—. No recibimos visitas sin razones claras.

Selene dio un paso más, mientras la bruma ondulaba a su alrededor como un manto vivo. Quería acercarse, pero había un muro invisible que tanto ella como Kieran percibían: ese abismo tallado por años, por rencores que no se borraban con el tiempo.

—Sé mucho. Sé que la selva no sólo habla a quien la gobierna, sino también a quienes están destinados a unirse a su latido. —Su mirada atrapó la del Alfa otra vez—. Tú y yo... estamos marcados por un destino que la manada debe aceptar.

Las palabras fueron un golpe seco; el corazón de Kieran apretó con fuerza, como si un lobo invisible se retorciera dentro de su pecho.

—Hablas de... un destino —musitó, arrastrando las palabras con incredulidad y un fuego que no lograba ocultar—. Eso solo trae guerras y cadenas.

Selene sonrió, una sonrisa pequeña pero cargada de promesas y secretos que sólo ellos podían comprender en ese instante suspendido.

—No siempre. A veces, trae liberación. Solo si tienes el valor para enfrentarlo.

El silencio volvió entre ambos, sólo roto por el llamado lejano de un cuervo y el murmullo persistente de la selva mojada.

Kieran sintió que algo dentro de él cedía y, al mismo tiempo, se encendía un faro de esperanza tortuosa y quebrada.

Selene, con el viento jugando entre sus cabellos oscuros, parecía más que una extraña. Era la señal viva que golpeaba las antiguas cadenas de su alma.

—¿Eres mi Kader Eşi? —la pregunta se escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla, como si su cuerpo desafiara la razón, respondiendo a un llamado ancestral tan fuerte como la luna llena sobre las cimas de los árboles.

Ella no respondió de inmediato. Sus ojos brillaron con una mezcla de miedo y certeza.

Entonces, con un suspiro que parecía contener el crujido de toda la selva, Selene finalmente murmuró:

—Sí. Y juntos cambparemos el destino de esta manada, para bien o para mal.

Una ráfaga de viento agitó las ramas, y la niebla se cerró abruptamente sobre ellos.

Kieran sintió la conexión desgarradora, ineludible, como una mordida profunda en su alma.

La llegada de Selene no era sólo un acontecimiento más. Era la chispa que prendería la hoguera que consumiera sus pasados rotos y los forjara hacia un futuro escrito en sombras y esperanzas.

Pero afuera, en la espesura, algo se movía aún más oscuro y peligroso, acechando con la paciencia cruel del verdadero enemigo que esperaba su momento para atacar.

Y en aquel preciso instante, con la selva murmullando promesas y amenazas, Kieran supo que nada volvería a ser igual.

La partida de ese despertar estaba marcada.

El juego entre lobos y destinos sellados había comenzado, y esta vez, las piezas no solo se movían por poder ni rencor.

Se movían por amor, traición y un vínculo que ni la muerte conseguiría romper.

Pero el final estaba lejos… muy lejos.

Porque la verdadera batalla apenas empezaba.