Chapter 13
Capítulo 13 Selene y la Maldición
El amuleto resplandecía en la garra de Rael, una luz fría y verde que parecía absorber la propia neblina y devolverla más oscura, más densa. La selva entera contuvo el aliento: el canto leve de los grillos se detuvo, el eco de sus propios latidos retumbaba como un tam-tam en el pecho de Kieran.
Selene sintió que el mundo se disminuía a una esfera minúscula, a ese único destello que Rael sostenía entre sus dedos.
—Rael... —La palabra se quebró en su garganta.
Él la miró con ojos de fuego y hielo, un cruce perfecto entre odio y arrogancia, el rencor punzante de alguien que se sabe capaz de romper los cimientos, porque ya no tiene miedo al abismo.
Kieran dio un paso instintivo hacia adelante, pero su voz salió como un rugido contenido:
—Baja eso, hermano.
Pero Rael no se inmutó.
En ese instante, Selene sintió un dolor punzante que empezó en el centro de su pecho y se extendió hacia las puntas de sus dedos, como si alguien le clavara mil cuchillos invisibles. Una ola de mareo la obligó a agarrarse del tronco más cercano; la corteza rugosa raspó sus palmas, pero no le importó.
—¿Qué te pasa, Selene? —la voz de Kieran era ahora un hilo tembloroso.
Ella trató de hablar, pero las palabras se evaporaban en su boca, vencidas por una fuerza invisible que tiraba de ella hacia abajo, hacia un vacío negro y sin límites.
De repente, una voz susurrante, tan antigua como la tierra y las raíces, le picoteó el oído con un eco familiar y horrendo.
“La sangre Alfa nunca corrompida... salvo por quien lleve la sombra del incendio antiguo...”
Los ojos de Selene se abrieron desmesuradamente, en un terror paralizante que aún no podía explicar.
—Kieran —logró pronunciar con la respiración entrecortada—. Hay algo... en mí.
Él la tomó del brazo con urgencia, su mirada más suave esta vez, cargada de preguntas y miedo.
—Dime.
Con un gesto torpe, buscó en el interior de sí misma y como si las palabras fueran fragmentos de espejos rotos, comenzaron a surgir:
—He sentido... un peso desde que llegué aquí. Una marca invisible. Y esta noche, lo que sentí fue como una maldición despertando.
Kieran frunció el ceño y miró hacia el amuleto que Rael aún sostenía.
—¿Qué clase de maldición?
Los labios de Selene temblaban, pero se obligó a seguir:
—Una que persigue a la línea Alfa... que nace en el sacrificio, en la traición. Que condena a quien la lleva y extermina lo que más ama.
Silencio.
El susurro de la selva volvió, pero cargado de presagios.
Rael, sonriendo con una mezcla de triunfo y crueldad, arrojó el amuleto al suelo. Este se quebró en mil fragmentos antes de tocar la tierra húmeda, liberando una energía que hizo vibrar la niebla.
—Es hora de que lo sepan —dijo él, con voz áspera—. Selene, tu presencia no es casual.
Kieran se interpuso entre Rael y Selene, con el instinto de protegerla, pero también la duda en sus ojos.
—Habla, Rael. ¿Qué has descubierto?
El hermano mayor dio un paso adelante, el resplandor verde por un instante reflejando una terrible esperanza en su rostro.
—Esa maldición se te revelará por completo si decides seguir siendo el Alfa que debe ser. Si renuncias... puede que salvemos algo. Si no, destruirá todo lo que amas: la manada, tu sangre, tu destino.
Selene clavó los ojos en Kieran, la desesperación y el pánico colgando como sombras en su mirada.
—¿Qué harás? —su voz fue apenas un susurro—. ¿Seguirás adelante, incluso si eso significa perderme a mí, a ellos, a ti mismo?
Un estruendo súbito quebró la tensión cuando un aullido lejano se alzó desde el corazón de la selva. Era como si la misma tierra protestara con un grito visceral.
Kieran apretó los puños, sintiendo la presión creciente del sacrificio.
—No puedo dejar que la maldición destruya lo que juré proteger —declaró, con voz firme, aunque su cuerpo temblaba—. Renunciar no está en mi destino.
Selene sintió que cada palabra era un clavo más que se enterraba en su alma.
Entonces, justo cuando el silencio se espesaba y los segundos parecían estirarse hasta un infinito insoportable, un golpe seco resonó en las espaldas de los presentes.
—¿Quién anda ahí? —exigió Kieran, girando en un torbellino de alerta.
La neblina se movió como una bestia viva, y de entre las sombras surgió una figura con ojos tan extraños que la sangre de Selene se heló.
—Si no renuncias a tu destino, la maldición consumirá todo lo que amas —repitió ella, con voz firme y cruel—. Es la ley de esta selva. Y nadie la puede evadir.
La figura se fundió nuevamente en la niebla, dejando detrás un sabor amargo y un frío que traspasaba los huesos.
Kieran miró a Selene. La batalla acababa de comenzar y la oscuridad que envolvía su destino nunca había sido tan profunda, ni tan implacable.
—Debemos prepararnos —susurró—. Porque lo que venga... no perdonará a nadie.
Pero Selene, con las manos temblando y el corazón ardiendo, ya sabía que la verdadera batalla estaba dentro de ella, y que solo un milagro podría romper una maldición sellada por la sangre, el poder y la traición.
Y en ese instante, bajo la opresiva y eterna niebla, la línea Alfa tembló al borde de su fin.
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La luna, pálida y solitaria, dejó caer un rayo que besó la piel fría de Selene. La maldición acababa de despertar. Y con ella, la sombra de un destino que nadie podría evitar.