Chapter 11
Capítulo 11: Pruebas de Lealtad
Kieran se giró con la rapidez de un trueno y el corazón henchido de un peligro que ya conocía demasiado bien. Unas sombras profundas surgieron de entre los árboles, figuras que sus ojos entrenados reconocieron entre mil. Era uno de los suyos, pero sus ojos no reflejaban la firmeza que un hermano debería mostrar. Había algo corrosivo, algo quebradizo en la forma temblorosa con que se acercaba.
—Ten... tenemos que hablar —murmuró el hombre, con la voz entrecortada, como si cargaras con un peso imposible.
El Alfa sintió el aire cortarse a su alrededor. La selva, que hasta hacía instantes había susurrado calma, ahora parecía contener la respiración, afilada por la tensión que ya se palpaba en cada hoja.
—Habla —fue todo lo que acertó a decir Kieran, apretando los puños al borde de la rabia y la desesperación.
—Selene... ya no está. Se perdió por nuestra culpa —la voz venía cargada de culpa, pero entre esa culpa se colaba un veneno mucho más oscuro, la duda que crecía en el corazón de la manada.
Un murmullo se extendió como fuego entre las ramas. Rumores retumbaban dentro del clan, como un latido disonante al ritmo del golpe seco del pecho de Kieran. Había escuchado suficientes voces alzarse en secreto, ecos de resentimiento que se confundían con el viento, pero ahora se materializaban para desafiarlo.
Dio un paso al frente, intentando recuperar la fuerza que Selene había sembrado en su espíritu.
—La manada es fuerte solo si confía en su Alfa. ¿Creen que he fallado de verdad? —su voz era un rugido apagado, una promesa de tormenta contenida.
Pero la presencia de sus hermanos se había dividido. Algunos asentían en silencio, otros bajaban la mirada, y un puñado, apenas unos pocos, le clavaban ojos afilados con cuchillas invisibles.
Entre ellos, un hombre al que había considerado un hermano, un guardián de la manada cuya figura llenaba el espacio con una autoridad que rivalizaba con la suya. Su nombre era Darian.
Darian no levantó la voz, pero su tono era frío como el hielo que corta la carne.
—Kieran, perder a Selene no es solo una herida; es un símbolo de debilidad. La manada necesita un líder que no solo imponga respeto, sino que proteja sin vacilar.
Un susurro emergió de un rincón del círculo, cargado de una tensión que aún no se atrevía a romper el silencio. Pero Kieran lo captó: no se trataba solo de dolor. Era un vendaval de dudas que amenazaba con derribar todo lo que había construido.
Sintió la piel erizarse, un presagio áspero que se adhería a su nuca.
—¿Quién habla así en la sombra? —Su voz era baja, un filo cortante que buscaba los nombres entre las sombras.
Darian dio un paso al frente, la mandíbula tensa, sin esconder ya su desafío.
—Hablaré siempre. Porque la manada necesita un Alfa fuerte. Si tú no lo eres más, alguien debe tomar ese lugar —la frase cayó como un latigazo, y la reacción fue inmediata: ojos que buscaban el compañerismo en un terreno que se fracturaba.
Kieran respiró hondo. La selva abrazaba la noche con su manto oscuro, los insectos cantaban en una armonía inquietante. El aire se impregnaba del olor a tierra húmeda y a hojas ferrosas, un bálsamo que antes calmaba; ahora, la naturaleza parecía conspirar en su contra.
El Alfa apuró un paso, acercándose a Darian, sus miradas atrapadas en una batalla sin armas visibles.
—Si quieres mi lugar, ven y quítamelo —su voz era sombra y fuego al mismo tiempo, un reto que encendió las brasas de la traición.
Darian sonrió, un gesto frío y exánime.
—No necesito una pelea abierta. La manada ya está fragmentada, y la incertidumbre es mi aliada. La próxima luna, tomaremos una decisión —su promesa era una daga envenenada.
Antes de que Kieran pudiera replicar, un crujido súbito entre la maleza anunció la llegada de alguien más. La figura emergió con la ligereza de un lobo que sabe cuándo cazar y cuándo esperar.
Era Lena, la guardabosques de la manada, la única confidente que quedaba para Kieran tras la pérdida de Selene. En sus ojos ardía una mezcla de temor y resolución.
—Kieran, hay noticias en el campamento —dijo con urgencia—. Algunos están hablando de tu caída. Te aconsejo que no bajes la guardia.
El Alfa tragó en seco mientras las palabras pesadas caían sobre sus hombros. La manada, aquella familia que había jurado proteger con uñas y dientes, se estaba convirtiendo en un terreno minado donde cada paso era una amenaza.
Un frágil hilo de confianza se estaba desgarrando, y con él, el destino de Kieran y de todos los suyos.
La selva cerró su abrazo nocturno alrededor del círculo roto.
—¿Quién traicionará primero? —murmuró Kieran, con el corazón latiendo al borde del abismo.
Las estrellas, opacadas por la niebla densa, no ofrecían respuestas.
Solo el susurro afilado de la traición comenzaba a tomar forma.
Y en la penumbra, una sombra se deslizó silenciosa, preparando el golpe final.