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Chapter 10

Una Decisión Difícil

Capítulo 10: Una Decisión Difícil

El aire se volvió más denso, casi sólido, como si la niebla misma se apiadara de la tensión que crecía en la selva. Kieran sintió el roce frío de la humedad en la nuca mientras su corazón tronaba en sus oídos como un lobo herido. Aquella figura, oscura entre las sombras, se plantaba firme, y sin necesidad de apartar la vista, supo que su mundo cambiaba en ese instante.

—Kieran. —La voz era un filo cortante, familiar, veneno en cada sílaba.

Un escalofrío le quemó la piel, recorriendo su espalda como las garras heladas de un depredador. El pasado, ese monstruo que había encerrado entre las rejas de la voluntad y el deber, ahora caminaba ante él, vivo y desafiante.

Su mandíbula se tensó. No podía permitir que Rael rompiera el débil equilibrio que mantenía la paz de la manada. Pero Selene... Selene estaba atrapada en esa red invisible de traiciones y sangre. La visión de su rostro, pálido bajo la luz de la luna, desató un torbellino en su pecho.

—¿Qué quieres? —su voz quiso mantenerse firme, con la autoridad invocada de un alfa, pero había un temblor interno, imperceptible y traicionero.

Rael dio un paso adelante, y la neblina se apartó como rendida ante su sombra. Sus ojos, oscuros y crueles, brillaron con una chispa imposible de ignorar.

—Te doy una opción, hermano. Arriesgas la manada y pierdes todo lo que construiste... o me entregas a Selene, y te alejas para siempre de este lugar.

La amenaza pesó en el aire, más pesada que el frío gélido que mordía las ramas. En un instante, Kieran sintió el mundo temblar bajo sus pies. Podía escuchar los latidos ahogados de la selva: la respiración contenida de cada alma que dependía de él.

El dilema se le incrustó en el corazón como una daga enterrada en el hueso.

—¿Entregarla? —masculló, con un hilo de incredulidad que vibraba entre la rabia y la desesperanza—. ¿Crees que soy tan débil?

Rael se rió, un sonido sin alegría, una carcajada que resonó como trueno en aquel claro cubierto por fantasmas.

—No. Sé que eres un alfa. Sé que harías lo que sea por proteger a los tuyos. Por eso juego con eso. Tu amor por ella es la grieta que puedo abrir para destruirte.

Kieran sintió que la presión en su pecho le cortaba la respiración. No era solo el miedo de perder a Selene, sino la culpa que le oprimía el alma: si ella caía, ¿sería él el responsable? ¿Había fallado al no anticipar la emboscada, la conspiración fraguada en silencio? La sombra del pasado lo cubría otra vez, susurrando que no era digno de liderar.

—Habla —ordenó, la voz lacerada pero firme—. ¿Dónde está? ¿Qué quieres exactamente?

Rael ladeó la cabeza, disfrutando la batalla interna que producía con sus palabras. Luego sacó un pequeño objeto del abrigo: un mechón del cabello de Selene, envuelto en tela negra, como un trofeo siniestro.

—Ella está viva —dijo con calma gélida—, pero el tiempo se acaba. Si no cedes, no sólo perderás a tu manada… perderás todo.

La niebla pareció cerrar filas, como la amenaza misma que Rael sostenía. Kieran apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos. En aquella oscuridad, rodeado por el silencio expectante de los lobos de su manada, su mente arremetió con preguntas y decisiones que quemaban como brasas.

—Dime dónde —exigió, aunque su voz traicionaba la duda—, pero si me engañas, Rael, te juro que arderás en la furia de esta manada.

Una sombra furtiva rozó la periferia de su visión. Selene estaba allí, invisible a la vista común, atada a un destino tan cruel como inevitable. El peso de la responsabilidad lo arrojaba hacia un abismo de incertidumbre.

El enemigo no solo había irrumpido en la selva, sino en el recinto sagrado de su alma. La batalla no sería afuera, sino dentro.

El silencio reventó cuando la figura de Rael empezó a retirarse, dejando una última advertencia.

—La decisión es tuya, hermano. Pero recuerda: a veces, salvar a uno significa perderlo todo.

Kieran quedó solo, con la niebla y el eco de esa amenaza reverberando en su mente.

Su corazón chocaba con su deber.

La luna, testigo silente, se escondió detrás de un cúmulo de nubes negras.

Y la selva, impasible, esperaba el desenlace.

Unos pasos resonaron por el sendero detrás de él. La noche apenas comenzaba, y el enemigo se acercaba implacable.