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Chapter 8

El juego de la seducción

**Capítulo 8 El juego de la seducción**

El eco de sus palabras todavía vibraba en la habitación, como un susurro denso que se enroscaba alrededor del corazón de Isabela. La luz cálida de la lámpara colgante rasgaba la penumbra en círculos dorados, proyectando sombras danzantes sobre la mesa pulida, un escenario donde la disputa y la fragilidad se entretejían como un juego peligroso.

Isabela seguía con la mirada fija en el borde de su copa de vino tinto. Pequeñas gotas, casi imperceptibles, escalaban la superficie del cristal y rodaban hasta la base, reflejando las luces tenues del comedor privado del restaurante. La música, una melodía jazz lenta y sensual, llenaba el espacio con sus notas suaves, pero la tensión bajo la mesa era como un rayo a punto de estallar.

A su frente, Adrián Montoya, impecable con su traje oscuro, las mangas sin abrochar dejando asomar sus puños, escudriñaba su expresión con ojos intensos. Una sonrisa que no alcanzaba a ser amable curvaba sus labios, un gesto calculado que no era ni amenaza ni bienvenida, sino un desafío que exigía respuesta.

—¿Sabes, Isabela?—su voz salió baja, arrastrando un dejo de ironía—, a veces la verdad pesa tanto que uno quisiera esconderla bajo llave y arrojar la llave al mar.

Ella tragó con dificultad, sintiendo cómo el nudo en la garganta se hacía más apretado. Era la primera vez que él se mostraba tan vulnerable, y esa fragilidad inesperada la desarmaba casi tanto como el odio que ambos se habían jurado hacía meses.

—Quizá... pero hay secretos que, cuando se revelan, incendian más de lo que iluminan —replicó ella, su tono un poco desafiado, mientras desviaba la mirada hacia la ventana que ofrecía una panorámica borrosa de la ciudad iluminada.

La paciencia de Adrián pareció agotarse en un parpadeo. Se inclinó levemente hacia adelante, apoyando un antebrazo sobre la mesa. El aroma de su perfume, una mezcla de cuero y madera oscura, le llegó a Isabela como una corriente eléctrica, haciendo que su piel se erizara.

—Entre llamas y secretos prohibidos, al final siempre queda algo que arde —musitó con una sonrisa ladeada, mientras su mirada se clavaba en la de ella, buscando la rendición o, al menos, un titubeo.

Isabela sintió cómo el calor la invadía en oleadas. Quiso apartar la vista, pero unos luminosos ojos cafés la retenían con una fuerza a la que era imposible resistirse. La distancia entre ellos era mínima; ella podía distinguir cada poro en la piel de su rostro, el leve rubor en sus mejillas, el temblor sutil en su mano que también había tomado la copa y apretaba con nerviosismo.

La conversación se desvaneció en un suspiro que parecía repicar en la habitación.

El camarero volvió delicadamente para llenar sus copas sin interrumpir el aire espeso que se estaba formando.

Adrián bajó la voz a un murmullo casi confidencial.

—Tengo la impresión de que ninguno de los dos quiere ganar esta guerra, ¿no es así, Isabela?

Ella alzó una ceja, sorprendida por la sinceridad encubierta en su pregunta.

—Tal vez... solo estamos luchando por no admitir lo que realmente sentimos.

El silencio se instaló entre ellos. Pero entonces, con un movimiento que escapaba a toda lógica, Adrián deslizó una mano hasta tocar la de ella sobre la mesa.

El contacto fue breve, y el roce eléctrico recorrió la piel de Isabela como un fuego frío que despertaba todas sus defensas y, al mismo tiempo, las desmantelaba sin piedad.

Sus dedos entrelazados por un instante desató un torbellino en su pecho, una calma convulsiva que la desconcertaba profundamente.

—Esto... —Empezó ella, con la respiración entrecortada, pero Adrián la interrumpió con una sonrisa ladeada, profunda, y una mirada que parecía leer sus pensamientos más secretos.

—No digas nada. Solo siente.

Los segundos se estiraron hasta volverse interminables, y en esa mezcla de olvido y realidad, la distancia entre la guerra y la tregua se desvaneció.

Pero justo cuando Isabela creyó que la tensión iba a quebrarse en algo irreparablemente dulce, una vibración aguda cortó el momento: su teléfono, olvidado sobre la mesa, iluminó sus miradas con la luz fría de una notificación.

El mensaje era corto, pero suficiente para borrar la tenue complicidad que había surgido entre ellos.

Isabela leyó la pantalla, sus ojos fulminados por un único nombre: Lorenzo.

Adrián la observó, una sombra oscura cruzó su expresión por un instante.

—¿Quién es Lorenzo? —la pregunta se deslizó entre ellos como una daga invisible, mientras el juego apenas había comenzado.

En esa frase quedó suspendido todo lo que nunca se había dicho. La cena adquirió un giro inesperado, y el fuego entre Isabela y Adrián no solo consumía secretos enterrados, sino que amenazaba con revelar heridas ocultas que ni siquiera ellos podían imaginar.

Ella apretó los dientes y sostuvo su mirada.

—Ves, Adrián... el juego apenas comienza.

Y esta vez, la rendición no será una opción para ninguno de los dos.